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viernes, 11 de mayo de 2007

Queremos tanto a julio ...

Queremos tanto a julio ...
Julio se pasea por el Pont des Arts
Viernes 9 de febrero de 2007 por Vlad
Tal parece este 07 sera el momento de poder jugar Rayuela, ver de terminar de comenzar a jugarla una vez mas, para seguir jugándola por siempre.
A raíz de la tarde donde jugué con no pocos libros para ver cual era el mas indicado para oficiar de mensajero fue que en cierta forma me volvía a poner en contacto con Rayuela, fue buscando una imagen de la tapa de 26 / Modelo para armar que me cruce con este texto de Fernando Gaspar que paso a compartirles:
"Nunca me olvidaré que cuando vine a París en el año ’51 me ganaba la vida como speaker de las ’Actualités Françaises’, en español se entiende, hasta que un día llegó una carta del concesionario de México diciendo que si no dejaban inmediatamente en la calle a ese speaker ellos se borraban de las Actualidades, con lo cual perdí mi primera y bastante necesaria fuente de recursos de ese momento…" Julio Cortázar
Era una tarde parisina cualquiera. Al menos era una tarde parecida a tantas otras que ocurren en una novela cuyo título estaba predestinado a no ser Mandala, aunque eso no afectara a París, ni a Buenos Aires, ni al Club de la Serpiente en lo más mínimo. En esa tarde lluviosa, en un lejano capítulo 22 de Rayuela, un hombre es golpeado por un automóvil. Ese hombre, curiosamente, es un escritor. Los motivos de un acontecimiento tan común nos son desconocidos, pero puede añadirse que uno de los espectadores es ambiguamente latinoamericano, un tal Oliveira. Del accidentado sabemos únicamente que estaba perplejo luego de su encuentro con el parachoques y que en su departamento no tenía nada más que libros y un gato. En el momento de los hechos, otro de los testigos se atrevió a señalar enfáticamente: "esto le tenía que pasar, los escritores son distraídos", al mismo tiempo que hacía un gesto de profundo desinterés… tenemos la leve sospecha que dicho testigo era francés.
Oliveira, que gustaba de participar de los eventos más cotidianos y absurdos del París de su tiempo, se aseguró que al viejo no le había pasado nada, agregó unas cuantas frases desarticuladas y se fue andando con rumbo desconocido. Tal vez el accidente, la mirada del viejo escritor, el frío y la caída de la tarde, lo incitaron a pensar en sí mismo, en la entrega al otro; a fin de cuentas, en la inquietante pregunta sobre la "posesión" de uno mismo. Todo esto aunado a una duda ontológica que nos parece inaccesible, planteada desde un lugar que podríamos definir como suyo (algo así como la relación entre el mundo de una novela y su personaje principal): ¿cómo acceder a lo otro, al otro, a la verdadera otredad? Oliveira pensó en esa otra mano, una mano "desde el afuera, desde lo otro" que diera respuesta a la mano tendida (seguramente la suya) esperando algo.
Al capítulo 22, como casi todos sabemos, no le sigue el capítulo 23 sino el 62. Ese tipo de cosas, en apariencia anormales, ocurren en este libro cuyo título tampoco fue Almanaque (siendo que, desde un punto de vista estrictamente técnico, le faltó muy poco para serlo). Algo pasaba con ese capítulo 62, tenía un delirio de grandeza fantásticamente desarrollado, a tal punto, que sus pretensiones desorbitadas lo llevaron a convertirse en libro con el paso de los años. También, el susodicho capítulo tenía una cierta inclinación científica. Inclinación, dicho sea de paso, bastante amateur y por lo mismo sustentada en andamios muy frágiles, epistemológicamente hablando. Lo que no puede negársele al capítulo 62 es su premonición a la tendencia cientificista de la literatura décadas después, algo que en la época no era muy bien visto y en nuestros días no sólo es lo contrario sino hasta guarda ciertos tintes de originalidad poco claros. En definitiva, el capítulo 62 reproduce unas cuantas notas dispersas de un proyecto de libro de Morelli. El libro verá la luz (así dicen quienes quieren decir lo mismo que otros dicen de una manera más clara pero menos sugerente) en 1968 bajo la firma de un tal Julio Cortázar, con el título 62. Modelo para armar. En esa obra, a mi juicio, se cumplen una serie de proyecciones e ideas apenas delineadas en Rayuela.
La ciudad de Cortázar, la ciudad de sus novelas, se parece a ese lugar pensado por los "tártaros" de 62. Ese espacio único en la construcción de la ficción sería algo similar a lo que tenían en mente los personajes de la novela: "…todos nosotros estábamos de acuerdo en que cualquier lugar o cualquier cosa podían vincularse con la ciudad, y así a Juan no le parecía imposible que de alguna manera lo que acababa de ocurrirle fuese materia de la ciudad, una de sus irrupciones o sus galerías de acceso abriéndose esa noche en París como hubiera podido abrirse en cualquiera de las ciudades adonde lo llevaba su profesión de intérprete. Por la ciudad habíamos andado todos, siempre sin quererlo, y de regreso hablábamos de ella, comparábamos calles y playas a la hora del Cluny. La ciudad podía darse en París, podía dársele a Tell o a Calac en una cervecería de Oslo, a alguno de nosotros le había ocurrido pasar de la ciudad a una cama en Barcelona, a menos que fuera lo contrario. La ciudad no se explicaba, era". Sería mejor ser más explícitos: podríamos señalar de manera engañosa que París es un "protagonista" o un lugar privilegiado de Rayuela, 62 y de una multitud de cuentos y artículos de Cortázar, hasta llegar a ser el punto de partida de la peculiar travesía de Los autonautas de la cosmopista. Pero es mejor no dejarse engañar. O al menos habría que dejarse engañar sin pretender no serlo. Las obras de Cortázar no nos hablan de París, al menos de ese lugar tan conocido por las guías turísticas o los mapas geográficos, sino de otro París.
En ese París, el de Cortázar, viven el caracol Osvaldo y Tell, también están Calac, Polanco y Hélène con esa muñeca dispuesta a convertirse en el asunto del meollo de 62. En ese París se pasea la Maga dispuesta, sin saberlo ni preguntárselo, a encontrarse a Oliveira quien viene de discutir un poco de metafísica y de jazz con Ronald y Etienne. Es un París de tiempo perpetuo, de charlas interesantes, sin límites, sin los sutiles cortapizas de la normalidad.
Por eso, cuando Cortázar se daba cuenta que un París comenzaba a parecerse demasiado al otro, tomaba el tren a Buenos Aires para visitar a la Talita o a Traveler o simplemente expurgaba esas páginas de la versión definitiva. Así se explica que un texto tan evidente y revelador como el siguiente no dio el gran salto del "Cuaderno de Bitácora" de Rayuela a las páginas definitivas de la novela: "París era en esos días continuamente envés, revés, reverso, trasfondo, traspaso. Todas las palabras con trans, y todos los sentidos del encuentro. […] Inútil mirar estampas, trabajarse, excitarse; la cosa venía naturalmente como las ganas de mear o de irse a dormir."
Ese era el otro París, el de 1950, año del primer viaje de Cortázar a Francia donde inician una cadena inimaginable de coincidencias. Ese año, poco antes de la llegada, conoce en el barco a la mujer que en Rayuela representa la Maga. Su nombre es Edith, era alemana de padres judíos. La coincidencia propicia un intercambio de miradas, un cúmulo de suposiciones y tal vez un primer intento de ensoñación. Cortázar regresa en 1951 a vivir a París, esa misma ciudad donde, sin preveerlo, se encuentra con Edith en una librería del boulevard Saint-Germain. La conversación no entra en mayores detalles y antecede a una despedida sin previsiones ni compromisos. Pero la telaraña de casualidades y juegos del azar recién comenzaba: tiempo después, producto de la suerte, Edith y Julio se encuentran en la fila para entrar a un cine. La película es La pasión de Juana de Arco de Carl Dreyer. No debe asombrarnos, si tomamos en consideración los dictados del mundo cortazariano, que en el reparto de la película se encuentra un tal Antonin Artaud. A la salida, Julio y Edith charlan un poco y se despiden una vez más. Cuenta la leyenda que no pasaron muchos días para que volvieran a coincidir en el Jardín de Luxemburgo, donde iniciaron una larga charla contándose sus vidas. No se conocen los detalles de la conversación de ese día aunque se presume que acordaron no darse cita sino encontrarse cuando el azar los volviera a reunir. Al menos así lo hicieron, en el otro París, Oliveira y la Maga.
Es extraño porque ese otro París, el de Juan y Hélène —los personajes de 62—, se parece un poco al París de Julio y Edith. Algunas de sus calles y ciertos lugares llevan los mismos nombres: St. Germain, la Place Maubert, Bastille, République, la estación de metro Malesherbes, entre muchos otros. Este tipo de coincidencias nos pueden llevar al error, porque no es de sabios asegurar que si algún incrédulo se detiene en la esquina de Vaugirard con M. le Prince, por más esfuerzos y acopios de paciencia que pueda hacer, no verá jamás a ninguno de "los tártaros" ni a ningún miembro del Club de la Serpiente.
Tampoco debemos dejar pasar ese último viaje de "los tártaros". No falta ninguno, están Calac, Nicole, Hélène, Polanco, Juan, Tell, Austin, Silvia, el caracol Osvaldo, mi paredro y Feuille Morte. No hay nadie más en el vagón y el viaje les pertenece. Faltan unas páginas para el fin de la novela y el grupo va en dirección de París. ¿Qué París? No estamos seguros. Tal vez por fin Cortázar se acerca al París de Julio y Edith, tal vez "los tártaros" podrán acercarse a ese año ’68 en el cual aparece publicada la novela. ¿Qué están haciendo? Austin intenta encelar a Hélène abrazando a Celia, objetivo fallido -dicho sea de paso— porque Hélène piensa en cuestiones mucho más trascendentes como qué hacer con la muñeca y qué será de ella con Juan; Juan le pide disculpas a Tell acariciando su cabello y admite haberse acostado con otra; Feuille Morte declama bisbis y Nicole se recupera de un malestar ciertamente ambiguo. Repentinamente, en el transcurso del trayecto a París, "los tártaros" son obligados a bajar por un controlador de billetes quien no tolera la presencia de Osvaldo en el tren y mucho menos que compita por recorrer unos cuantos centímetros en uno de los asientos del vagón, antes de entrar a la Gare de Montparnasse. El viaje se suspende. En unas cuantas líneas más la novela termina. En el colmo de la desesperación una parte del grupo llama por teléfono a Marrast para que los alcance, el descontrol cunde.
A esta confusa historia deberíamos añadir lo que dicen quienes han podido ver el manuscrito de Rayuela (ubicado en la Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas, en Austin). Esos afortunados e ilustres filólogos afirman que en la última versión de Cortázar, anterior a la publicación del libro, no aparecía el capitulo 62 y que dicho capítulo se insertó sólo hasta la versión final que se fue a la prensa. Esta feliz intromisión nos produce ligeras sospechas, al menos de una manera soterrada, y nos hace pensar que algo fuera de lo común ocurrió con la publicación de Rayuela.
Al menos nosotros sabemos que a la novela 62. Modelo para armar le sigue el capítulo 23 de Rayuela. Así aparece en el "Tablero de dirección" de esta última que establece la lectura de la siguiente manera: "… 20-126-21-79-22-62-23-124…".
Oliveira de visita en las calles de Rayuela "De ningún modo admito que esto pueda llamarse una novela" Anotación de la página 44 de la Bitácora de Rayuela.
Oliveira ha caminado un buen tiempo bajo la lluvia parisina. Sigue pensando en la suerte del viejo escritor y lo imagina rodeado de visitas amistosas en el hospital. Luego de haber recorrido algunas líneas del capítulo 23 de Rayuela decide refugiarse de la lluvia en alguna parte. Se detiene frente a un cartel que anuncia un concierto de piano. Va a la sala de conciertos y compra un boleto. La idea de evitar un resfrío escuchando música le parece divertida, al igual que el nombre de la pianista: Berthe Trépat. Con parsimonia ingresa a la sala y se da cuenta que los asistentes recién superan la veintena. Se encoje de hombros. Luego de algunos desatinos y la ejecución errática de Trépat, el público va optando paulatinamente por la lluvia. Al final del concierto, Oliveira es el único espectador que queda y cree conveniente subirse al escenario para gratificar a la extraña ejecutante. A ambos les cuesta salir del asombro ante la peculiar situación y él decide invitarla a tomar algo. Pero no son necesarias muchas cuadras para arrepentirse, Trépat está completamente loca y es imposible mantener una conversación medianamente coherente con ella. Oliveira duda si escapar corriendo en la esquina que sigue pero ella se agarra de su brazo, al final llegan al edificio de la pianista quien en un ataque de pánico, luego de haber insistido durante todo el trayecto en que Oliveira la acompañe a su casa, comienza a gritarle que ha descubierto las intenciones perversas del argentino. Oliveira intenta tranquilizarla pero las cosas empeoran cada vez más así que huye despavorido escaleras abajo. Ya en la calle, algunas cuadras más tarde, sacude la cabeza y piensa en el día desastroso que está por terminar. Busca un hotel donde dormir, trata de encender un cigarro cuando "empezaron a fallarle los fósforos uno tras otro. Era para reírse."
París estaba poblada de rompecabezas y laberintos, de personajes insólitos e historias inconexas. Ese París de Rayuela podría parecer el mismo de Cortázar, o sería cómo aquel del capítulo del manuscrito que no llegó a editarse: "Gente como Ronaldo y yo nos vamos dando cuenta que París no ha sido un encuentro sino la encrucijada sin la esfinge y sin el enigma. Esto es peor que el camino de Tebas, somos nuestra propia esfinge, hay que plantearse el enigma para resolverlo después." ¿En quién pensamos, en Oliveira o Cortázar? En el encuentro de esa encrucijada, entre la ciudad que habita el escritor argentino y aquella de sus novelas, aparece un lugar particular cuyas calles y edificios se construyen a partir de la ficción y la realidad, del deseo y el pasado, la provocación y la certeza.
Tal vez habría que alimentar aún más el juego de imágenes, de ciudades y de espejismos: Sabemos que Julio Cortázar nació en Bruselas el año en que dio inicio la Primera Guerra Mundial. Su lengua materna era el francés y dicha casualidad le produjo algunos problemas para pronunciar el español, dificultad que tuvo consecuencias en su devenir laboral. El primer ensayo que publicó en 1941 en la revista argentina Huella se titulaba lacónicamente "Rimbaud". Luego de obtener el título de Profesor ejerció la profesión en el interior de la Argentina hasta convencerse que siempre había estado en las ciudades equivocadas. En 1951 se mudó a París del cual alguna vez dijo: "París fue un poco mi Camino de Damasco, la gran sacudida existencial". Argentina y París, Buenos Aires y Francia. Alguna vez estableció una comparación que le gusta repetir a Mario Goloboff, uno de sus biógrafos: "De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad como la imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro. En París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad."
Su segundo empleo parisino fue el de repartidor de libros para un librero judío. Su herramienta de trabajo era una motocicleta tipo Vespa, misma con la que tendría un grave accidente en 1953. Se ignora si este acontecimiento produjo algún cambio sustancial en su persona pero pronto abandonará ese empleo por uno que le consigue su amiga Edith en los almacenes Printemps. Más adelante viajará a Italia, contraerá matrimonio con Aurora Bernárdez y publicará algunos libros que le darán fama y prestigio.
Al final de ese largo viaje que fue su vida, conoció a Carol Dunlop. Será su segunda y última mujer. El encuentro, claro está, no tuvo nada de convencional: A finales de los años 70 da una conferencia en Canadá. Luego del evento asiste a una pequeña cena invitado por uno de los profesores canadienses. Una de las asistentes era la ex mujer del anfitrión, el encuentro con Cortázar fue definitivo en su vida. Ambos quedan profundamente enamorados: es el año de 1978. Pasan los meses y los días sin que ocurra nada entre ellos. Cortázar sigue su vida habitual en la capital francesa. Pero un día, en la víspera de un viaje que lo mantendrá fuera de París por tres meses, recibe una carta de Dunlop explicándole que está en París y que quiere verlo. Luego de pensarlo un poco Cortázar le escribe una carta. Se niega a verla antes de su viaje porque le incomoda la idea de un reencuentro fugaz que anteceda una nueva etapa de alejamiento. Deja la carta en un buzón de París a las cuatro de la tarde y se pone a caminar por el barrio latino, tiene una cita en el Marais en la noche con un amigo para ir al teatro, cuando repentinamente, en una "esquina obscura" se encuentra con Carol. Cortázar gustaba de fantasear con la minúscula posibilidad de encontrarse casualmente con alguien en una ciudad de 9 millones de habitantes. Más aún con la persona que amas y no has visto en mucho tiempo. La misma a la que le has enviado una carta negándote a verla. Luego de ese encuentro, la pareja no se separará hasta la muerte de ella el 2 de noviembre de 1982. Carol era treinta y dos años más joven que Cortázar, nació en 1946.
A Cortázar, como a casi todo el mundo, le resultaba difícil entender que Carol hubiese muerto antes que él. Las fechas no mentían: ella tenía 36 años, él 68. Su vida se fue apagando pausadamente, conforme fueron pasando los días. Quedaban muy lejos los años de Banfiel, en la niñez, la lectura de los Ensayos de Montaigne a los 12 años, la primera lectura de Opio de Cocteau en la adolescencia, obra que según sus propias palabras cambiará su vida. Las peleas de box, las clases de Literatura Inglesa en Mendoza, aquella reseña festejando la aparición del Adán Buenosayres, la llegada a Francia, la traducción de los cuentos completos de Edgar Allan Poe, la militancia política, Cuba, Nicaragua. Quince meses después de la muerte de Carol, pasado el medio día según cuenta Goloboff, Cortázar fallece en el hospital St. Lazare en París. Los que lo acompañaban, su primera esposa y el pintor Luis Tomasillo, juran que su doctor se apellidaba Modigliani. Pese a los indicios de que sus restos se encuentran en el cementerio de Montparnasse, todavía la gente se pregunta ¿dónde se encuentra Cortázar? Hay quienes dicen haberlo visto sobresalir entre la gente que viajaba de pie en un vagón de un metro parisino, o incentivando a un caracol al fondo de un bar cerca del Jardín de Luxemburgo, incluso algunos creen haberlo visto en ese otro París, la ciudad aquella de sus novelas. Nosotros preferimos ser más cautelosos, tal vez sea tiempo de aguardar la última de sus genialidades.

Augusto Monterroso: Julio Cortázar




3 de junio del 2002
Julio Cortázar*
Augusto Monterroso
La Jornada
. México, 2 de junio.
I
Recibo un recordatorio de la Editorial Nueva Nicaragua
acerca del libro-homenaje que prepara con el título de Queremos tanto a Julio,
dedicado a Julio Cortázar y con testimonios de muchos escritores amigos a
quienes se les ha pedido lo mismo. He enviado sólo media cuartilla, aduciendo
que el afecto no es cosa de muchas explicaciones. Otra cosa sería -señalo en
ella- si el libro llevara por título Admiramos tanto a Julio o algo así, caso en
el cual el número de páginas de mi contribución sería muy alto.
Ya para mi
obra, recuerdo el alboroto que en los años sesenta armó su novela Rayuela,
cuando las jóvenes inquietas de ese tiempo se identificaron con el principal
personaje femenino, la desconcertante Maga, y comenzaron a imitarla y a bañarse
lo menos posible y a no doblar por la parte de abajo los tubos de dentífrico,
como símbolo de rebeldía y liberación; y luego los cuentos de Julio, que eran
espléndidos y que existían desde antes pero que gracias a Rayuela alcanzaron un
público mucho mayor, y más tarde sus vueltas al día en ochenta mundos y, como si
esto fuera poco, sus cronopios y sus famas; y uno observaba cómo, fascinados por
las cosas que se veían en estos seres de una mitología que suponían al alcance
de sus mentes, los políticos y hasta los economistas querían parecer cronopios y
no solemnes, y lo único que lograban era parecer ridículos. De todo esto, y de
sus hallazgos de estilo y del entusiasmo que despertó entre los escritores
jóvenes, quienes a su vez se fueron con la finta y empezaron a escribir cuentos
con mucho jazz y fiestas con mariguana y a creer que todo consistía en soltar
las comas por aquí y por allá, sin advertir que detrás de la soltura y la
aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y
ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas que
provisionalmente llamaré contemporáneas mejor que modernas; y sus encuentros de
algo con que creó un modo y -hélas-- una moda Cortázar, con su inevitable cauda
de imitadores. Los años han pasado y bastante de la moda también, pero lo real
cortazariano permanece como una de las grandes contribuciones a la modernidad,
ahora sí, la modernidad, de nuestra literatura. La modernidad, ese espejismo de
dos caras que sólo se hace realidad cuando ha quedado atrás y siendo antiguo
permanece.
II
Leo el Cuaderno de bitácora de "Rayuela" de Ana María
Barrenechea, en el que se reproduce el manuscrito del plan original de Rayuela
que Julio Cortázar obsequió a Anita, investigadora y crítica argentina y una de
las primeras que se ocuparon (junto con Emma Susana Esperatti) de la literatura
fantástica en Hispanoamérica. Pero el libro no es sólo eso. Trae además un
estudio de crítica genética que me siento incapaz de resumir sin enredarme, por
lo que prefiero copiar el primer párrafo de la introducción: Los pretextos de
Rayuela:
Se ha dado la circunstancia de que Julio Cortázar me regaló el
Cuaderno de bitácora de "Rayuela" (log-book como él mismo lo llamó en una
ocasión). No es en realidad un verdadero borrador o sea una primera redacción de
la historia novelesca. Es un conjunto heterogéneo de bosquejos de varias
escenas, de dibujos, de planes de ordenación de los capítulos (como índices), de
listas de personajes, algunos con acotaciones (predicados), que los definen, de
propuestas de juegos con el lenguaje, de citas de otros autores (en parte para
los capítulos prescindibles); rasgos positivos y negativos de los argentinos,
meditaciones sobre el destino del hombre, la relación literatura-vida,
lenguaje-experiencia, y aun fragmentos no muy extensos que parecen escritos "de
un tirón" y que luego pasarán a la novela ampliados o con escasas
modificaciones. En resumen el diario que registra el proceso de construcción de
Rayuela con ciertas lagunas.
Es consolador y estimulante ver en la parte
facsimilar del manuscrito los avances y retrocesos, las vacilaciones ante los
temas, la caracterización de las personas, los adjetivos corregidos o
suprimidos, los diagramas, las "rayuelas" con sus números y lo supuestos pies de
un jugador imaginario dibujados por el autor, los planos de edificios que
después serán descritos, todo ese proceso que hace sufrir (según vayan las
cosas) o gozar (según vayan las cosas) a los cuentistas, los novelistas o los
poetas. Recuerdo ahora la edición facsimilar, y he ido por ella, de The Waste
Land (Harcourt Brace Jovanovich, N. York, 1971). Con las correcciones y cambios
de éste que traduzco porque viene al caso:
Entre más cosas conozcamos de
Eliot, mejor. Agradezco que las cuartillas perdidas hayan sido desenterradas. El
ocultamiento del manuscrito de The Waste Land (años de tiempo perdido,
exasperantes para el autor) es puro Henry James. "El misterio del manuscrito
desaparecido" está resuelto. Valerie Eliot ha hecho un trabajo erudito que le
hubiera encantado a su esposo. Por esto y por su paciencia con mis intentos de
elucidar mis propias notas al margen, y por la amabilidad que la distingue, le
doy las Gracias. Ezra Pound.
T. S. Eliot. Julio Cortázar. Dos autores
auténticamente modernos, en estas dos publicaciones de sus manuscritos que se
llevan apenas algo más de una década y en las que se puede ver algo (nunca puede
verse todo) de su forma de encarar eso que algunos llaman creación y que tal vez
no sea sino un simple ordenamiento, su respeto, o su irrespeto, qué diablos, por
la palabra escrita; o su humildad, finalmente, ante la inmensidad de un sí o de
un no que a nadie le importa pero que al artista le importa; de un párrafo que
se conserva o que se suprime, las enormes minucias que diría Chesterton y que el
lector, ese último beneficiario o perdedor invisible, apenas sospecha.
III
Visita a la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse.
Después del sinnúmero de veces que se lo habrán preguntado, el encargado de
guardia sabe muy bien de quién se trata y nos indica el camino en el plano que
los visitantes pueden estudiar en la pared, al lado de la puerta de entrada; y
así, marchamos por la avenida principal en busca de Allée Lenoir tratando de
llegar a la 3ª División, 2ª Sección, 3 Norte, 17 Oeste; pero en este primer
intento uno se pierde en el laberinto de pequeños mausoleos y tumbas y, después
de breves homenajes ante las de Baudelaire y Sartre, vuelve a la oficina de la
entrada con Edgar Quinet sólo para confirmar que la información estaba bien pero
que uno no había tomado la Allée Lenoir y regresa para ahora sí encontrar lo que
busca; y ahí está, blanca, plana, dividida en dos partes iguales y con los
nombres de Carol Dunlop arriba y Julio Cortázar abajo, más fechas.
Durante
unos minutos recuerdo la última vez que vi a Carol, en Managua, mostrándonos
sonriente sus fotografías de niños nicaragüenses; y a Cortázar aquí, en este
departamento (4 rue Martel, C., 4º derecha) que él habitó y en el que por azares
dignos de su imaginación vivo yo ahora y escribo estas líneas, cuando con B. y
Aurora Bernárdez, en diciembre de 1983, acabado de regresar de las Naciones
Unidas en Nueva York, a donde había ido a dar una de sus últimas batallas a
favor del régimen sandinista, hablamos de literatura, de traducciones, de
poesía, particularmente del autor de La ciudad sin Laura, Francisco Luis
Bernárdez ("tan unidas están nuestras cabezas/ y tan atados nuestros
corazones"), hermano de Aurora a quien casi le digo de memoria todo el soneto
que tanta influencia tuvo en nuestra generación de aprendices de escritor:
Si el mar que por el mundo se derrama tuviera tanto amor como agua fría se
llamaría por amor María y no tan sólo mar como se llama; a y de Italo Calvino y
de la vez que cenamos con éste en esta ciudad en casa de Víctor Flores Olea hace
tres años, y yo no hallaba de qué hablar con Calvino hasta que él, en las
mismas, se animó por fin a decirme que conocía Guatemala y de ahí no pasamos,
pues a mí se me hacía ridículo revelarle que yo conocía Italia.
Me despido
en silencio y, otra vez sobre la alameda Lenoir y la avenida, regreso y cuento
cincuenta y cinco pasos desde ésta al lugar en que se halla la tumba, en un acto
de signo absurdo pero así fue. De salida, el guardia nos hace adiós con un gesto
de inteligencia y complicidad que significaba que era donde él decía.
Diez
minutos después, sobre la avenida Montparnasse, en el arroyo, vemos a decenas,
cientos de miles de hombres y mujeres sudorosos que también cuentan sus pasos:
jóvenes y viejos, rubios, morenos, negros, vestidos de pantalón corto y camiseta
y con números visibles sobre el pecho, que han pasado, pasan y vienen corriendo
con los rostros angustiados de quien huye de algo o, me entero, van tras algo:
el final de una carrera de maratón, final que para algunos está llegando antes
de lo previsto. Por la noche, en la televisión, todo ese esfuerzo ocupa en la
pantalla cinco segundos y veinte palabras, casi un epitafio.
IV
Esos
días en que B. y yo estuvimos en Managua se llenaron sin remedio del recuerdo,
allí, de Julio Cortázar y su mujer Carol, Carol Dunlop, novelista (Mélanie dans
le miror, por aparecer en la editorial Nueva Imagen traducido por Fabianne
Bradu) y fotógrafa. Era lo normal. Allí, dos años antes habíamos recorrido las
mismas calles, encontrado a los mismos amigos y discutido, o simplemente
hablado, de los mismos problemas, lejanos o cercanos.
Y allí nos despedimos
de Carol, sin saberlo para siempre, en casa de los Flakoll, admirando juntos las
fotografías originales de lo que más tarde sería su libro Llenos de niños los
árboles (con texto también suyo), que Cortázar nos mostró más tarde en su casa,
en París, ya Carol muerta y Julio llamado a morir menos de dos meses después.
Pero en esta presencia-ausencia había también la parte alegre, como esa tarde
calurosa en que en la calle le dijimos, o B. le dijo: "Tío, cómpranos helado", y
él nos lo compró con su caballerosidad, ceremoniosa a pesar de todo.

L A V A L L E

Galopaban furiosamente hacia la frontera, porque el coronel Pedernera ha dicho: "Esta misma noche debemos estar en tierra boliviana". Detrás se oyen los disparos de la retaguardia. Y aquellos hombres piensan cuántos camaradas y quiénes de los que cubren aquella huida de siete días habrán sido alcanzados por la gente de Oribe. Hasta que en medio de la noche atraviesan la frontera y pueden derrumbarse y por fin descansar y dormir en paz. Una paz, sin embargo, tan desolada como la que reina en un mundo muerto, en un territorio arrasado por la calamidad, recorrido por silenciosos, lúgubres y hambrientos caranchos. Y cuando a la mañana siguiente Pedernera da orden de montar y de reiniciar la marcha hacia Potosí, aquellos hombres montan a caballo pero permanecen largo tiempo mirando hacia el sur. Todos (también el coronel Pedernera), ciento setenta y cinco rostros, pensativos y taciturnos hombres y también una mujer, mirando hacia el sur, hacia la tierra que se conoce con el nombre de Provincias Unidas (¡Unidas!) del Sur, hacia la región del mundo en que esos hombres han nacido, y donde quedan sus hijos, sus hermanos, sus mujeres, sus madres. ¿Para siempre? Todos miran hacia el sur. También el sargento Aparicio Sosa, con su tachito, con aquel corazón apretado contra su pecho, mira hacia allá. Y también el alférez Celedonio Olmos, que a la edad de diecisiete años se unió a la Legión, junto a su padre y a su hermano, ahora muertos en Quebracho Herrado, para combatir por ideas que se escriben con mayúsculas; palabras que luego van borroneándose y cuyas mayúsculas, antiguas y relucientes torres, se han ido desmoronando por la acción de los años y los hombres. Hasta que el coronel Pedernera comprende que ya basta, y da la orden de marcha y todos tiran de sus riendas y hacen volver sus cabalgaduras hacia el norte. Ya se alejan en medio del polvo, en la soledad mineral, en aquella desolada región planetaria. Y pronto no se distinguirán, polvo entre el polvo. Ya nada queda en la quebrada de aquella Legión, de aquellos míseros restos de la Legión: el eco de sus caballadas se ha apagado; la tierra que desprendieron en su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta pero inexorablemente; la carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia el sur por las aguas de un río (¿para convertirse en árbol, en planta, en perfume?). Sólo permanecerá el recuerdo brumoso y cada día más impreciso de aquella Legión fantasma. "En las noches de luna --cuenta un viejo indio-- yo también los he visto. Se oyen primero las nazarenas y el relincho de un caballo. Luego aparece, es un caballo muy brioso y lo muenta el general, un blanco como la nieve (así ve el indio al caballo del general). Él lleva un gran sable de caballería y un morrión alto, de granadero." (¡Pobre indio, si el general era un rotoso paisano, con un chambergo de paja sucia y un poncho que ya había olvidado el color simbólico! ¡Si aquel desdichado no tenía ni uniforme de grandero ni morrión, ni nada! ¡Si era un miserable entre miserables!) Pero es como un sueño: un momento más y en seguida desaparece en la sombra de la noche, cruzando el río hacia los cerros del poniente...

NOTA PRELIMINAR

Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se pueda precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego. Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de esa vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño "Informe sobre ciegos", que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.
[Fragmento de una crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por La Razón de Buenos Aires.]