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jueves, 21 de julio de 2011

adios Facebook.
un corto adios, 
todos los que participamos en este blog
hemos dejado de pertenecer a Facebook. 
nos refugiamos en nuestra Bitacora de un fingidor
Consideramos que nuestra decision no merece ninguna 
explicacion, solamente la comunicamos.
Estamos ahora en total libertad. 
Retomamos el Camino abandonado de 
solamente este blog.
nos equivocamos, y bueno adelante con los faroles




DAMASCENO MONTEIRO 

domingo, 26 de junio de 2011

LA TERCERA VERDAD -JAVIER CERCAS

La tercera verdad

JAVIER CERCAS 25/06/2011

La historia y la literatura persiguen objetivos distintos; ambas buscan la verdad, pero sus verdades son opuestas. La naturaleza de la novela es híbrida, sostiene el autor de Anatomía de un instante.
1¿Qué es una novela? Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela. En este sentido no hay duda de que mi libroAnatomía de un instante es una novela. ¿Lo es también en algún otro? No lo sé. Lo que sí sé es que a algunos lectores les ha parecido un libro raro.
Los géneros literarios se distinguen por el tipo de preguntas que plantean y por el tipo de respuestas que dan
Pero la pregunta novelesca queda sin respuesta o la respuesta es la propia pregunta, el propio libro
El 23 de febrero es una ficción colectiva, algo quizá sólo comparable a lo que representa el asesinato de Kennedy en EE UU
Quizá lo es. Anatomía explora el instante en que, durante la tarde del 23 de febrero de 1981, un grupo de militares golpistas entró disparando en el abarrotado Parlamento español y sólo tres de los parlamentarios se negaron a obedecer sus órdenes y tirarse bajo los escaños: el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez; el vicepresidente, general Gutiérrez Mellado; y el secretario general del partido comunista, Santiago Carrillo. Tratar de agotar el significado del instante en que esos tres hombres decidieron jugarse el tipo por la democracia -precisamente ellos tres, que la habían construido tras haberla despreciado durante casi toda su vida- obliga a indagar en sus biografías y en los azares inverosímiles que las unen y las separan, obliga a explicar el golpe del 23 de febrero, obliga a explicar la conquista de la democracia en España. La forma en que el libro lo hace es peculiar. Anatomía parece un libro de historia; también parece un ensayo; también parece una crónica, o un reportaje periodístico; a ratos parece un torbellino de biografías paralelas y contrapuestas girando en una encrucijada de la historia; a ratos incluso parece una novela, tal vez una novela histórica. Es absurdo negar que Anatomía es todas esas cosas, o que al menos participa de ellas. Ahora bien: ¿puede un libro así ser fundamentalmente una novela? De nuevo: ¿qué es una novela?
2 La novela moderna es un género único porque diríase que todas sus posibilidades están contenidas en un único libro: Cervantes funda el género en el Quijote y al mismo tiempo lo agota -aunque sea volviéndolo inagotable-; o dicho de otro modo: en el QuijoteCervantes define las reglas de la novela moderna acotando el territorio en el que a partir de entonces nos hemos movido todos los novelistas, y que todavía no hemos terminado de colonizar. ¿Y qué es ese género único? ¿O qué es al menos para su creador? Para Cervantes la novela es un género de géneros; también, o antes, es un género degenerado. Es un género degenerado porque es un género bastardo, un género sine nobilitate, un género snob; los géneros nobles eran, para Cervantes como para los hombres del Renacimiento, los géneros clásicos, aristotélicos: la lírica, el teatro, la épica. Por eso, porque pertenecía a un género innoble, el Quijote apenas fue apreciado por sus contemporáneos, o fue apreciado meramente como un libro de entretenimiento, como unbest seller sin seriedad. Por eso no hay que engañarse: como dijo José María Valverde, Cervantes nunca hubiese ganado el Premio Cervantes. Y por eso también Cervantes se preocupa en el Quijote de dotar de abolengo a su libro y lo define como "épica en prosa", tratando de injertarlo así en la tradición de un género clásico, y de asimilarlo. Dicho esto, lo más curioso es que es precisamente esta tara inicial la que termina constituyendo el centro neurálgico y la principal virtud del género: su carácter libérrimo, híbrido, casi infinitamente maleable, el hecho de que es, según decía, un género de géneros donde caben todos los géneros, y que se alimenta de todos. Es evidente que sólo un género degenerado podía convertirse en un género así, porque es evidente que sólo un género plebeyo, un género que no tenía la obligación de proteger su pureza o su virtud aristocráticas, podía cruzarse con todos los demás géneros, apropiándose de ellos y convirtiéndose de ese modo en un género mestizo. Eso es exactamente lo que es elQuijote: un gran cajón de sastre donde, atadas por el hilo tenuísimo de las aventuras de don Quijote y Sancho Panza, se reúnen en una amalgama inédita, como en una enciclopedia que hace acopio de las posibilidades narrativas y retóricas conocidas por su autor, todos los géneros literarios de su época, de la poesía a la prosa, del discurso judicial al histórico o el político, de la novela pastoril a la sentimental, la picaresca o la bizantina. Y, como eso es exactamente lo que es el Quijote, eso es exactamente también lo que es la novela, y en particular una línea fundamental de la novela, la que va desde Sterne hasta Joyce, desde Fielding o Diderot hasta Perec o Calvino.
Más aún: quizá cabría contar la historia de la novela como la historia del modo en que la novela intenta apropiarse de otros géneros, igual que si nunca estuviese satisfecha de sí misma, de su condición plebeya y de sus propios límites, y aspirara siempre, gracias a su esencial versatilidad, a ser otra, luchando por ampliar una y otra vez las fronteras del género. Esto es ya visible en el siglo XVIII, cuando sobre todo los ingleses se apoderan de la novela (o a los españoles se nos escapa literalmente de las manos), aprendiendo mucho antes y mucho mejor que nosotros la lección de Cervantes, pero se hace evidente a partir del XIX, que es el siglo de la novela porque es el siglo en que la novela pelea a brazo partido por dejar de ser un mero entretenimiento y conquistar un lugar entre los demás géneros nobles. Balzac aspiraba a equiparar la novela a la historia, y por eso afirma famosamente que "la novela es la historia privada de las naciones". Años después Flaubert, a la vez principal seguidor y principal corrector de Balzac, no se conformaba con ello y, según es posible advertir aquí y allá en su correspondencia, se obsesiona con la ambición de elevar la prosa a la categoría estética del verso, con el sueño de conquistar para la novela el rigor y la complejidad formal de la poesía. Muchos de los grandes renovadores de la narrativa de la primera mitad del siglo XX adoptan a Flaubert como modelo y, cada uno a su modo -Joyce regresando a la multiplicidad estilística, narrativa y discursiva de Cervantes, Kafka regresando a la fábula para construir pesadillas, Proust exprimiendo hasta el límite la novela psicológica-, prolongan el propósito de Flaubert, pero algunos, sobre todo algunos escritores en alemán -un Thomas Mann, un Robert Musil-, pugnan por dotar a la novela del espesor del ensayo, convirtiendo las ideas filosóficas, políticas e históricas en elementos tan relevantes en la novela como los personajes o la trama. Tampoco el periodismo, uno de los grandes géneros narrativos de la modernidad, se ha resistido al apetito omnívoro de la novela. El New Journalism de los años sesenta pretendía, como afirmaba Tom Wolfe, que el periodismo se leyera igual que la novela, entre otras razones porque usaba las estrategias de la novela, pero el resultado no fue sólo que el periodismo canibalizó la novela, sino también que la novela -A sangre fría de Truman Capote, digamos- canibalizó el periodismo, digiriendo los recursos de éste y convirtiendo la materia periodística en materia de novela.
Épica, historia, poesía, ensayo, periodismo: esos son algunos de los géneros literarios que la novela ha fagocitado a lo largo de su historia; esos son también algunos de los géneros de los que, a su modo, participa Anatomía, un libro que, desde este punto de vista, quizá no quede más remedio que considerar como una novela, aunque solo sea porque, de Cervantes para acá, a este tipo de libros mestizos solemos llamarlos novelas. Por lo demás, vale decir que Anatomía no es por supuesto un libro aislado o excepcional; otros libros de autores contemporáneos exploran territorios colindantes con el suyo. De hecho, la hibridación de géneros es, además de un rasgo esencial de la novela, un rasgo esencial del postmodernism. Borges, acaso el fundador involuntario del postmodernism, tardó casi cuarenta años en encontrarse a sí mismo como narrador, y lo hizo con un relato titulado 'El acercamiento a Almotásim' que se publicó en un libro de ensayos, Historia de la eternidad, y que adoptaba la forma de un ensayo, la reseña de un libro ficticio tituladoThe Approach to Al-Mu'tasim. Esta mezcla de ficción y realidad, de narración y ensayo, es lo que le abre a Borges las puertas de sus grandes libros. Así, en Borges el relato y el ensayo se confunden y fecundan; de igual modo lo hacen en determinados autores contemporáneos -de Sebald a Magris, de Kundera a Coetzee- que indagan en los confines del género y tratan así de expandir, o simplemente de colonizar por completo, el territorio cartografiado por el Quijote. En todo caso, a esa tarea de expansión o colonización del territorio de Cervantes quiere sumarse modestamente Anatomía, y esa es otra razón por la que el libro admite una lectura novelesca.
Pero no es la última; ni desde luego la más elemental. La más elemental es que yo soy ante todo un novelista, y que, aunque también he practicado el ensayo o la crónica, en este libro no he operado como un cronista o un ensayista, sino como un novelista: la estructura del libro es novelesca, muchos de sus procedimientos técnicos son novelescos, elementos esenciales de la narración, como la ironía o el multiperspectivismo, son consustanciales al género, igual que lo son la visión ambigua y poliédrica de la realidad que a través de ellos se ofrece; mi preocupación principal mientras escribía el libro, en fin, fue la forma, y un escritor en general -y un novelista en particular- es alguien concernido ante todo por la forma, alguien que siente que en literatura la forma es el fondo y que piensa que sólo a través de la forma es posible acceder a una verdad que de otro modo resultaría inaccesible.
Y hay más. Sin duda los géneros literarios se distinguen por sus rasgos formales, pero tal vez también por el tipo de preguntas que plantean y por el tipo de respuestas que dan. Así, las preguntas centrales que ante el golpe del 23 de febrero formularía un libro de historia, o un ensayo, podrían ser estas: ¿qué ocurrió el 23 de febrero en España?; o ¿quién fue en realidad Adolfo Suárez? En cambio, es muy improbable que un libro de historia o un ensayo formulase la pregunta central que formula Anatomía: ¿por qué permaneció Adolfo Suárez sentado en su asiento el 23 de febrero mientras las balas de los golpistas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso? Para intentar responder a esta última pregunta son desde luego indispensables los instrumentos del historiador, del periodista, del ensayista, del biógrafo, del psicólogo, pero la pregunta es una pregunta moral; una pregunta muy parecida a la que se plantea, por ejemplo,Soldados de Salamina: ¿por qué durante la Guerra Civil un soldado republicano salvó la vida de Rafael Sánchez Mazas cuando todas las circunstancias conspiraban para que lo matase? Dado que son preguntas morales, tanto la pregunta central de Soldados como la de Anatomía son preguntas esencialmente novelescas, y resultan impertinentes o carecen de sentido como preguntas centrales en un libro de historia o un ensayo. Pero además, como digo, un género literario no sólo se distingue por las preguntas que formula sino también por las respuestas que da a esas preguntas. Pues bien, al final deSoldados, después de la larga búsqueda en que consiste el libro, no sabemos por qué el soldado republicano le salvó la vida a Sánchez Mazas, ni siquiera estamos seguros de quién era ese soldado: la respuesta a la pregunta es que no hay respuesta; o mejor dicho: la respuesta a la pregunta es la propia pregunta, la propia búsqueda, el propio libro. Lo mismo ocurre en Anatomía: después de la larga búsqueda en que consiste el libro, no sabemos por qué Adolfo Suárez permaneció inmóvil en su asiento mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo; durante la búsqueda, el libro responde desde luego a las preguntas que se hubieran hecho el historiador o el ensayista -por ejemplo: el 23 de febrero fue el principio de la democracia en España y el final del franquismo y de la Guerra Civil; por ejemplo: Adolfo Suárez fue un colaboracionista del franquismo y un trepador social y político convertido finalmente en héroe de la democracia-; pero la pregunta novelesca, la pregunta central, queda sin respuesta o, de nuevo, la respuesta es la propia pregunta, la propia búsqueda, el propio libro. En suma: si es posible definir la novela como un género que persigue proteger las preguntas de las respuestas, esto es, como un género que rehúye las respuestas claras y unívocas y que sólo admite formularse preguntas que no pueden ser contestadas o preguntas que exigen respuestas ambiguas, complejas, plurales y en todo caso esencialmente irónicas, entonces, si es posible definir así la novela, no hay duda de que Anatomía es una novela.
3 Admitamos entonces que, tal vez, Anatomía de un instante es una novela. No hay duda, sin embargo, de que no es una ficción. ¿Significa esto que a fin de cuentas mi libro no es una novela? ¿Están obligadas todas las novelas a ser ficción? ¿Por qué no es una ficción Anatomía?
En marzo de 2008 yo llevaba más de dos años trabajando en una novela donde mezclaba ficción y realidad para narrar el golpe de Estado del 23 de febrero y el triunfo de la democracia en España a partir del mismo instante en torno al cual gira Anatomía. De hecho, por entonces acababa de terminar un segundo borrador de la novela, pero no estaba satisfecho con él: algo esencial fallaba y no sabía lo que era. Desesperado, para olvidarme unos días de mi novela fracasada me marché de vacaciones con mi familia. Fue entonces cuando leí en un artículo de Umberto Eco que, según una encuesta publicada en el Reino Unido, la cuarta parte de los ingleses pensaba que Winston Churchill era un personaje de ficción. Y fue entonces cuando creí comprenderlo todo. El golpe del 23 de febrero es en España una ficción, una gran ficción colectiva construida durante los últimos 30 años a base de especulaciones noveleras, recuerdos inventados, leyendas, medias verdades y simples mentiras. La explicación de este delirio es compleja, pero guarda relación con un hecho simple: el golpe del 23 de febrero fue un golpe sin documentos o sin eso que gran parte de la historiografía suele llamar documentos, de manera que los historiadores han dejado el trabajo de contar el golpe a los propios golpistas, a periodistas con muchas prisas y pocos escrúpulos y a la fantasía popular, con el resultado de que durante décadas han circulado impunemente por España las más disparatadas versiones del golpe. Una gran ficción colectiva, repito, algo quizá sólo comparable a lo que el asesinato de Kennedy representa en Estados Unidos. Eso es lo que creí comprender durante aquellas vacaciones. Eso y también, de inmediato, que escribir una ficción sobre otra ficción era una operación redundante, literariamente irrelevante; lo que podía ser literariamente relevante era realizar la operación contraria: escribir un relato cosido a la realidad, desprovisto de ficción, despojado de todas las novelerías, leyendas y disparates que a lo largo de tres décadas se habían ido adhiriendo al golpe. Y eso es lo que en definitiva intenta hacer el libro (y de ahí que su primera frase sea la frase de Eco). Partiendo del principal y casi único documento del golpe de Estado -la grabación televisiva de la entrada de los golpistas en el Parlamento, un documento tan evidente que nadie lo ha considerado un documento y que en mi opinión es sin embargo la guía mejor para entender aquellos hechos-, Anatomía trata de contar el golpe del 23 de febrero y el triunfo de la democracia en España con la máxima veracidad, como los contarían un historiador o un cronista, aunque sin renunciar por ello, insisto, a determinados instrumentos y virtudes de la novela, ni por supuesto a que el resultado sea leído como una novela.
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¿Significa esto que, a mi juicio, la novela puede contar la historia mejor que la historia? ¿Significa que la novela puede sustituir a la historia? Mi respuesta es no. La historia y la literatura persiguen objetivos distintos; ambas buscan la verdad, pero sus verdades son opuestas: según sabemos desde Aristóteles, la verdad de la historia es una verdad factual, concreta, particular, una verdad que busca fijar lo ocurrido a determinadas personas en determinado momento y lugar; por el contrario, la verdad de la literatura (o de la poesía, que es como llamaba a la literatura Aristóteles) es una verdad moral, abstracta, universal, una verdad que busca fijar lo que les pasa a todos los hombres en cualquier momento y lugar. Es cierto que Anatomía persigue al mismo tiempo esas dos verdades antagónicas, porque busca una verdad factual, que atañe sobre todo a determinados hombres de la España de los años setenta y ochenta, pero también busca una verdad moral, una verdad que atañe sobre todo a quienes, con un oxímoron, el libro denomina héroes de la traición, esos individuos que, como los tres protagonistas del libro -Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo: dos antiguos franquistas y un antiguo estalinista-, poseen el coraje de traicionar un pasado totalitario para ser leales a un presente de libertad por el que, llegado el caso, en el instante decisivo, aceptan jugarse la vida. Y asimismo es cierto que, visto así, como un libro que ambiciona reconciliar las verdades irreconciliables de la historia y la literatura, Anatomía puede parecer, además de un libro raro, un libro contradictorio, otro oxímoron. Quizá también es eso: un libro donde, idealmente, la verdad histórica ilumina a la verdad literaria y donde la verdad literaria ilumina a la verdad histórica, y donde el resultado no es ni la primera verdad ni la segunda, sino una tercera verdad que participa de ambas y que de algún modo las abarca. Un libro imposible, dirán ustedes. No digo que no. Pero me pregunto si no serán los libros imposibles los únicos que merece la pena intentar escribir, y si un escritor puede aspirar a cosechar algo mejor que un fracaso decente; también me pregunto si yo hubiera buscado la verdad histórica del 23 de febrero si los historiadores no hubieran olvidado hacerlo, o si no la hubiesen considerado irrelevante o inasequible, regalándome así la posibilidad de este extraño libro. Sea como sea, una cosa es segura: yo sólo soy un novelista, no un historiador, y es posible por ello que incluso en Anatomía, donde he buscado con el mismo empeño dos verdades opuestas, la verdad histórica esté al servicio de la verdad literaria, y que ambas nutran aquella tercera verdad conjetural. No lo sé. Lo que sí sé es que, de ser así, ésta sería quizá la razón definitiva para considerar Anatomíauna novela. Pero que eso también lo decida el lector.

miércoles, 18 de mayo de 2011

entender el ‘ulises’ de james joyce

entender el ‘ulises’ de james joyce

En el reciente Encuentro de Irlandeses y Amantes de Irlanda en España salió a colación, más de una vez, la obra Ulises de Joyce. El domingo por la mañana pude escuchar con atención cómo Roger Cumminskey desgranaba el capítulo 4. Pues bien, navegando por la red me he topado con esta guía para comprender mejor la obra. Espero que os sea de utilidad. Yo creo que, siguiendo al pie de la letra todas sus instrucciones, el Ulises se nos abrirá de par en par. ¡Suerte!
Supongo que muchos habréis oído hablar de esta obra cumbre de la literatura universal y de su autor, el escritor irlandés James Joyce. La leyenda urbana que corre por ahí es que nadie consigue acabarse el tocho sin sentirse anonadado por su tremenda incultura o quedarse profundamente dormido. No os preocupéis, es normal. Es imposible entender el contenido si con anterioridad no se ha localizado el continente. Así que, nos hemos dicho, ¿por qué no hacer un manual de ayuda para que entendáis este libro? Y eso hemos hecho. Generosos que somos.
Para los profanos explicar brevemente que “Ulises” es un relato basado según algunos en la estructura de La Odisea de Homero; según otros en la forma de empinar el codo del autor. Por si fuera poco, hace un uso indiscriminado del discurso interior, técnica narrativa no basada en los cánones literarios convencionales, sino en el discurrir aleatorio, incoherente y naufragante que se produce en la mente cuando vas caminando por la calle. Podéis hacer la prueba cuando queráis: iros a dar una vuelta y lo comprobaréis personalmente. Leéis un rótulo donde pone “Camas automáticas” y de repente hacéis una regresión en el tiempo y os acordáis de cuando estuvisteis ingresados por una lesión de ligamentos cruzados del menisco interior derecho y, efectivamente, la cama era automática. De ahí saltáis a “Maribel“, ¿por qué?, por que la enfermera que os traía la sopa se llamaba justamente… ¡Maribel! y unos momentos después estáis pensando en una marca comercial de queso que se llamamini-maribel. Os entra hambre y acabáis frente a un pincho de tortilla en una tasca un poco grasienta. ¿Resultado? En menos de un minuto nos hemos ido de las “camas automáticas” a los “pinchos de tortilla”. Este tío era un genio: te ahorras un pastón en drogas!!!
Por si no tenéis bastante, Joyce tenía un sentido del humor bastante peculiar y hacía un uso desmedido del “private joke“. Para que nos aclaremos: es aquello que nos hace gracia sólo a nosotros porque está relacionado con cosas de nuestra vida particular. Por si fuera poco: aparte del vino, le chiflaban las alegorías, los simbolismos, los mensajes encriptados y los juegos de palabras raros. Y además los usaba a destajo.
¿Preparados?
TODO LO QUE HAY QUE SABER (previamente) PARA ENTENDER ULISES.
* Hay que tener el nivel C de latín, o en su defecto el Latin First Certificate.
* También hay que tener conocimientos profundos de etimología griega y saberse de pé a pá las obras de Aristóteles, Platón y Sócrates (mínimo) Si se pueden leer directamente en griego antiguo es preferible. Si tus conocimientos de griego alcanzan sólo a decir kroña-k-jroña, mejor ni lo intentes.
* Conocimientos profundos de inglés, alemán, francés, español, neerlandés, gaélico, romanche e italiano (muy recomendables)
* Hay que saberse al dedillo todas las oraciones latinas que se utilizan en la liturgia católica y todos los ritos, sacramentos, vestuario, complementos y accesorios relacionados con la misma. Recomendable leerse unos cuantos catecismos y misalitos antes de emprender el combate de lucha libre contra Ulises. Podéis ir si queréis al sermón dominical (opcional) Hacer un estudio de la filosofía eucarística de la Iglesia entre 1904 y 1924 tampoco está de más.
* Es imprescindible conocer en profundidad la situación social, política y económica de la Irlanda de principios del siglo XX, en especial todo lo relacionado con los movimientos independentistas locales, además de todas las marcas de cerveza, ungüentos, linimentos, camafeos, ligueros y sujetadores del momento. Conocer la ubicación de los principales prostíbulos, tabernas, pubs, publicaciones, iglesias, conventos, casas de okupas y mercados de ganado del momento también puede resultar útil. Si no se dispone de un mapa de Dublín es recomendable buscar uno o viajar directamente. Cada 16 de junio se celebra el Bloomsday, rito que consiste en disfrazarse de tío de 1904 (o tía: con ligueros y tal) y desfilar en procesión por el itinerario que Leopold Bloom (uno de los protas) sigue en la novela. Es el momento ideal para hacerlo.
* Es innecesario decir que es absolutamente imprescindible conocer de forma exhaustiva toda la obra de Homero, especialmente La Odisea. Si tenéis unos minutillos, echadle también un vistazo a todas las obras de Shakespeare, Ibsen, Dante, Santo Tomás de Aquino y San Lúcar de Barrameda. Se precisan asimismo, conocimientos elementales sobre autores de la antiguedad greco-romana como Tito Livio, Séneca, Cicerón, Plutarco y Pijus Magníficus.
* Como ya hemos dicho, Joyce hace un uso frecuente de simbologías chistosas relacionadas con su vida privada. Es el momento que estabais esperando, cabrones, lo sé: el de la parte “Salsa Rosa” del relato. Tenéis que conocer todas las anécdotas sobre la vida del personaje. Desde sus relaciones con los jesuítas en el internado de Clongowes y los pormenores de sus relaciones familiares. Su hábitat social también es importante para saber porque se divorció del nacionalismo irlandés. Y, sobre todo, sus relaciones con Nora Barnacle, su mujer, una criada totalmente inculta. También os pueden ser útiles los chismes de sus amigos de barra, como Hemmingway. Hay que leerse todas las biografías habidas y por haber para entender muchos de los chistes herméticos que contiene la novela. Es una realidad. También son útiles obras basadas en su correspondencia particular (que de haberlas, haylas)
* Vino: Si decidís beberos unos vasillos de vino para entender mejor la novela os aconsejamos ciertofendant blanco de las riveras del Rhin que Joyce consideraba pipí de archiduquesa. Nunca se os ocurra beber vino tinto mientras leeis Ulises, pues Joyce lo consideraba un “bistec licuefacto”. Si sois fumadores, es una ocasión para dejarlo. Si no, todo el vino te sabe como el que bebe Asunción.
* Historia: no estaría de más que le echarais un vistazo a la situación política de Europa en la época de entreguerras y al estudio de los gorrones que pululaban por los hoteles de Zurich en esa época. Análisis exhaustivos sobre el consumo de langosta mientras el Imperio Austrohúngaro se hundía en la miseria también son necesarios.
* Previamente a embarcarse en esa odisea llamada Ulysses, hay que leer la obra anterior del autor. La novela contiene spoilers, puesto que uno de los personajes repite papel en sus novelas anteriores,Stephen el Héroe, Retrato del artista adolescente y Dublineses.
* Brevemente, y sin intención de desmoralizar. Con posterioridad a Ulises, Joyce escribió Finnegans Wake (1939), basada en un tabernero borracho que se ha quedado dormido sobre una mesa y se le va la olla. No ha podido ser traducida a ningún idioma por el momento. Y si ha sido traducida tendría que verse cómo.
Creo que con esto tendréis suficiente para empezar.


se dio juego de barajas y hechaste todo a perder

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sábado, 14 de mayo de 2011

HIJO GOZOSO DE MI TIEMPO -Javier Goma Lanzon

REPORTAJE: PENSAMIENTO

Hijo gozoso de mi tiempo

JAVIER GOMÁ LANZÓN 14/05/2011
Publicado en El Pais del 14 de mayo de 2011
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La ejemplaridad -más que la reacción o la resignación- es la mejor arma del ciudadano de hoy para elegir formas superiores de libertad
Pocas ideas tejen tantos consensos como la de que el estado actual de la cultura es una calamidad. Y el futuro no promete, a tenor de lo que se observa en esta juventud nuestra, mal criada, sin gramática ni epigramática, ignorante, bárbaramente tecnológica y consumista. La juventud ya no cuida de sí misma -desoyendo las recomendaciones de los estoicos- sino sólo de su coche, que relimpia hasta dejarlo como un sagrario. También yo citaré por una vez a Chesterton, quien escribió que lo malo de que los hombres hayan perdido su fe en Dios no es que no crean en nada sino que creen en cualquier cosa... como su coche, su gimnasio o su móvil, oportunamente encumbrados a deidad de sucedáneo. La liberación de las costumbres no ha hecho más que dar carta de naturaleza a la ramplonería. Y los padres, ay, imitan a sus retoños. Si tomamos una de esas fotos familiares color sepia de hace un siglo, el patriarca, luciendo bigotazos y opulento abdomen, pleno de respetabilidad, suele descansar con severo ademán en la poltrona mientras su mujer posa detrás, de pie, reclinando sus manos sobre el respaldo y, a su lado, la muchachada común en la que destaca un pollo de no más de veinte años que, con su actitud formal, su atuendo de caballero y unos mostachos incipientes, se esfuerza por parecerse a su padre. Ahora ocurre lo contrario: los cincuentones, vigoréxicos y bronceados, se enfundan camisetas estridentes y tejanos rotos y pasan a recoger a su nueva novia en un deportivo aerodinámico. Es decir, emulan el estilo de vida de sus hijos adolescentes pero con la ventaja de disponer de más medios. ¿Y qué decir de los políticos? Su mediocridad ¿no es un clamor general, causante de la desafección de la ciudadanía? Los medios de comunicación social, por su parte, no ayudan a remontar esta degeneración generalizada porque proveen a la sociedad de toneladas industriales de contraejemplos y la zafiedad campea en ellos sin oposición. Pero la culpa de todo reside, en último término, en nuestro deficiente sistema educativo, banalizado, alérgico al mérito y tristemente alejado del bachillerato de nuestros mayores, quienes cursaban hasta siete años de latín y salían de la escuela con dominio de los rudimentos de las ciencias y las letras, y una sólida formación les acompañaba el resto de su vida adulta.

La noticia en otros webs

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La transformación consiste en una aceptación positiva, aunque no incondicional ni acrítica, del igualitarismo contemporáneo
Estas o parecidas razones se escuchan con frecuencia entre progresistas y conservadores por igual, los cuales coinciden grosso modo en el análisis de la situación -en su juicio negativo hacia determinadas manifestaciones de la vigente cultura de masas: su mal gusto, su anomia moral, su descreimiento ideológico, su miope presentismo, su autocomplacencia, su inmoderada ansia de entretenimiento, compendiadas todas ellas en la noción de vulgaridad- y sólo discrepan en la posición adoptada ante dicho diagnóstico. Tres son las posibles respuestas a la vulgaridad triunfante. Las denominaré reacción, resignación y transformación.
La reacción es la voz de quien dice: "Veis a lo que ha conducido esa libertad que tanto porfiabais: al caos y nada más que al caos. Volvamos, pues, a esa edad previa donde quizá había menos libertad pero al menos estaban garantizados el orden y la seguridad, reinaba el buen gusto, regían reglas bien definidas y había valores". Por mi parte, he de confesar que cada vez que oigo la palabra "valores" me llevo la mano al revólver porque, usada por Nietzsche y por Scheler, ha sido apropiada ahora por la reacción, que la emplea combativamente para imponer los suyos a una mayoría que no los comparte. Estos reaccionarios se consideran del linaje de los grandes señores de antaño, herederos de la brillante tradición del humanismo aristocrático y, como no soportan una democracia que los nivela con los menestrales, les gustaría dar un puñetazo sobre la mesa -la mesa de la modernidad, definitivamente un gran error- y volver a la dulzura del Antiguo Régimen. Esta actitud está bien representada por ese personaje de la novela de D'Ormesson que, al ser invitado a opinar sobre la tolerancia, uno de los más preciados bienes de nuestra cuestionada modernidad, replicó con desprecio: "¿La tolerancia? Hay casas para eso".
Luego estaría la resignación, cuyo lema se condensaría en el célebre dictum de Churchill: "La democracia es el menos malo de los sistemas políticos". Vale decir: en nuestra época democrática la grandeza ha sido reemplazada por la mediocridad igualitaria, pero esta pérdida del ideal es el precio que hay que pagar por disfrutar de las libertades a las que no estamos dispuestos a renunciar en ningún caso. Se trata, en suma, de tener la madurez de rebajar prudentemente las expectativas y de aprender a convivir con la vulgaridad inevitable.
Y finalmente, la transformación. Consiste en una aceptación positiva, aunque no incondicional ni acrítica, del igualitarismo contemporáneo sin excluir la vulgaridad que le es aneja, pero presentando al mismo tiempo un ideal -la ejemplaridad- dotado de fuerza innovadora que mueva al ciudadano de hoy, por convicción y sin coacción, a reformar su vulgaridad de origen y a elegir formas superiores de libertad. Esta posición se opone a las dos anteriores: reacción y resignación. Al reaccionario le dirige las siguientes preguntas: ¿qué época distinta de ésta elegiría usted para ser pobre? ¿Y para ir al dentista o en general para caer enfermo? ¿Y para ir preso? ¿Y para ser disidente, hereje, extranjero, mujer, niño o anciano? Ninguna mejor que la nuestra, lo que ya debería convencer al otro, al resignado, sobre la altura moral de nuestra cultura y sobre su capacidad de idealismo. El ideal es inexcusable para movilizar las fuerzas latentes en una sociedad y para inspirarle esa extensio ad magna que es condición de progreso moral: todas las épocas lo han tenido y ésta no ha de ser una excepción.
En lo que a mí respecta, orgullosamente me declaro hijo gozoso de mi tiempo.