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sábado, 14 de mayo de 2011

HIJO GOZOSO DE MI TIEMPO -Javier Goma Lanzon

REPORTAJE: PENSAMIENTO

Hijo gozoso de mi tiempo

JAVIER GOMÁ LANZÓN 14/05/2011
Publicado en El Pais del 14 de mayo de 2011
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La ejemplaridad -más que la reacción o la resignación- es la mejor arma del ciudadano de hoy para elegir formas superiores de libertad
Pocas ideas tejen tantos consensos como la de que el estado actual de la cultura es una calamidad. Y el futuro no promete, a tenor de lo que se observa en esta juventud nuestra, mal criada, sin gramática ni epigramática, ignorante, bárbaramente tecnológica y consumista. La juventud ya no cuida de sí misma -desoyendo las recomendaciones de los estoicos- sino sólo de su coche, que relimpia hasta dejarlo como un sagrario. También yo citaré por una vez a Chesterton, quien escribió que lo malo de que los hombres hayan perdido su fe en Dios no es que no crean en nada sino que creen en cualquier cosa... como su coche, su gimnasio o su móvil, oportunamente encumbrados a deidad de sucedáneo. La liberación de las costumbres no ha hecho más que dar carta de naturaleza a la ramplonería. Y los padres, ay, imitan a sus retoños. Si tomamos una de esas fotos familiares color sepia de hace un siglo, el patriarca, luciendo bigotazos y opulento abdomen, pleno de respetabilidad, suele descansar con severo ademán en la poltrona mientras su mujer posa detrás, de pie, reclinando sus manos sobre el respaldo y, a su lado, la muchachada común en la que destaca un pollo de no más de veinte años que, con su actitud formal, su atuendo de caballero y unos mostachos incipientes, se esfuerza por parecerse a su padre. Ahora ocurre lo contrario: los cincuentones, vigoréxicos y bronceados, se enfundan camisetas estridentes y tejanos rotos y pasan a recoger a su nueva novia en un deportivo aerodinámico. Es decir, emulan el estilo de vida de sus hijos adolescentes pero con la ventaja de disponer de más medios. ¿Y qué decir de los políticos? Su mediocridad ¿no es un clamor general, causante de la desafección de la ciudadanía? Los medios de comunicación social, por su parte, no ayudan a remontar esta degeneración generalizada porque proveen a la sociedad de toneladas industriales de contraejemplos y la zafiedad campea en ellos sin oposición. Pero la culpa de todo reside, en último término, en nuestro deficiente sistema educativo, banalizado, alérgico al mérito y tristemente alejado del bachillerato de nuestros mayores, quienes cursaban hasta siete años de latín y salían de la escuela con dominio de los rudimentos de las ciencias y las letras, y una sólida formación les acompañaba el resto de su vida adulta.

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La transformación consiste en una aceptación positiva, aunque no incondicional ni acrítica, del igualitarismo contemporáneo
Estas o parecidas razones se escuchan con frecuencia entre progresistas y conservadores por igual, los cuales coinciden grosso modo en el análisis de la situación -en su juicio negativo hacia determinadas manifestaciones de la vigente cultura de masas: su mal gusto, su anomia moral, su descreimiento ideológico, su miope presentismo, su autocomplacencia, su inmoderada ansia de entretenimiento, compendiadas todas ellas en la noción de vulgaridad- y sólo discrepan en la posición adoptada ante dicho diagnóstico. Tres son las posibles respuestas a la vulgaridad triunfante. Las denominaré reacción, resignación y transformación.
La reacción es la voz de quien dice: "Veis a lo que ha conducido esa libertad que tanto porfiabais: al caos y nada más que al caos. Volvamos, pues, a esa edad previa donde quizá había menos libertad pero al menos estaban garantizados el orden y la seguridad, reinaba el buen gusto, regían reglas bien definidas y había valores". Por mi parte, he de confesar que cada vez que oigo la palabra "valores" me llevo la mano al revólver porque, usada por Nietzsche y por Scheler, ha sido apropiada ahora por la reacción, que la emplea combativamente para imponer los suyos a una mayoría que no los comparte. Estos reaccionarios se consideran del linaje de los grandes señores de antaño, herederos de la brillante tradición del humanismo aristocrático y, como no soportan una democracia que los nivela con los menestrales, les gustaría dar un puñetazo sobre la mesa -la mesa de la modernidad, definitivamente un gran error- y volver a la dulzura del Antiguo Régimen. Esta actitud está bien representada por ese personaje de la novela de D'Ormesson que, al ser invitado a opinar sobre la tolerancia, uno de los más preciados bienes de nuestra cuestionada modernidad, replicó con desprecio: "¿La tolerancia? Hay casas para eso".
Luego estaría la resignación, cuyo lema se condensaría en el célebre dictum de Churchill: "La democracia es el menos malo de los sistemas políticos". Vale decir: en nuestra época democrática la grandeza ha sido reemplazada por la mediocridad igualitaria, pero esta pérdida del ideal es el precio que hay que pagar por disfrutar de las libertades a las que no estamos dispuestos a renunciar en ningún caso. Se trata, en suma, de tener la madurez de rebajar prudentemente las expectativas y de aprender a convivir con la vulgaridad inevitable.
Y finalmente, la transformación. Consiste en una aceptación positiva, aunque no incondicional ni acrítica, del igualitarismo contemporáneo sin excluir la vulgaridad que le es aneja, pero presentando al mismo tiempo un ideal -la ejemplaridad- dotado de fuerza innovadora que mueva al ciudadano de hoy, por convicción y sin coacción, a reformar su vulgaridad de origen y a elegir formas superiores de libertad. Esta posición se opone a las dos anteriores: reacción y resignación. Al reaccionario le dirige las siguientes preguntas: ¿qué época distinta de ésta elegiría usted para ser pobre? ¿Y para ir al dentista o en general para caer enfermo? ¿Y para ir preso? ¿Y para ser disidente, hereje, extranjero, mujer, niño o anciano? Ninguna mejor que la nuestra, lo que ya debería convencer al otro, al resignado, sobre la altura moral de nuestra cultura y sobre su capacidad de idealismo. El ideal es inexcusable para movilizar las fuerzas latentes en una sociedad y para inspirarle esa extensio ad magna que es condición de progreso moral: todas las épocas lo han tenido y ésta no ha de ser una excepción.
En lo que a mí respecta, orgullosamente me declaro hijo gozoso de mi tiempo.

domingo, 17 de abril de 2011

Sabes quien es Duke Ellington y porque estas aqui?

Primero viajar, después llegar

Por Sergio Sinay

Domingo 17 de abril de 2011 | Publicado en edición impresa de LA NACION
ESTA PREGUNTA SUENA COMO AQUELLA, VOS SABES QUIEN ES DUKE ELLINGTON?? O LA OTRA PORQUE YO ESTOY AQUÍ AHORA?
Esta metáfora ( ¿) esta tomada de “buscando a Damasceno Monteiro” libro de viajes de Damasceno Monteiro, que hace muchos años no se mueve de su casa en  San Telmo Buenos Aires, Argentina, Tierra, Universo..
Señor Sinay: La premura es lo indispensable. La inmediatez apura. "No soporto esperar que algo baje de Internet, quiero apretar un botón y que ya esté", me dice un amigo. ¿Qué quiere bajar? No lo aclara, pero no importa, lo quiere inmediatamente. Como dice la canción de Sumo: "no sé lo que quiero, pero lo quiero ya". Hemos olvidado el significado y la importancia del tiempo de maduración. Y en esta cuestión del apuro, del vaciado de contenidos (como el vaciado del país, de sus empresas, de su tejido social), me pregunto: teniendo en cuenta que todo esto es una gran rueda viciosa, ¿dónde meterle el palo para que pare y así poder arreglarla? ¿Cómo convertirse en ese David que derrotó a Goliat? ¿Cómo transmutarla en una rueda virtuosa?
Juan Matias de la Cámara
Es así. Cuando no se sabe lo que se quiere, se pretende tenerlo ya. Por el contrario, quien sabe a lo que aspira suele conocer también las dificultades que le esperan en el camino, las posibilidades que tiene de alcanzar la meta, los recursos con los que cuenta para la tarea, y también cuáles son sus carencias, la colaboración que necesitará, y dónde pedirla. Quien sabe lo que quiere, para qué lo quiere y cuál es la razón que le da valor y sentido a su deseo, generalmente se siente en paz consigo y con el mundo por el sólo hecho de estar empeñado en la tarea. Piensa, a menudo, que viajar es más importante, más enriquecedor y más nutricio que, simplemente, llegar.
El tiempo de maduración que rescata nuestro amigo Juan Matías es un tiempo en el que aparentemente nada ocurre. La maduración es un proceso interior, silencioso, imposible de apurar. Previo a él hubo una siembra y antes de ella la preparación de la tierra. El sembrador sabía qué quería y estaba dispuesto a esperarlo y a acompañar el proceso con dedicación, con presencia, con paciencia. Había para él un sentido en todo aquello, y ese sentido se ratifica en cada paso del camino.
Hay una relación directa entre urgencia y necesidades insatisfechas. No hablamos aquí de necesidades fisiológicas ni de simples deseos. Las urgencias empiezan a primar cuando se desatienden las necesidades de orden espiritual, emocional, afectivo, existencial. Cuando nuestro mundo vincular es pobre, no por falta de relaciones sino de significado y profundidad en las mismas. Cuando nos embarcamos en carreras cuyo premio no es fundamental para nuestra vida (recompensas económicas, figuraciones, productividad a destajo). Cuando nos preocupamos por satisfacer expectativas ajenas a cambio de que nos "quieran" o "reconozcan". Cuando dejamos de preguntarnos qué queremos o necesitamos y ponemos el acento en lo que debemos o en lo que se nos exige. Cuando confundimos diversión con felicidad y creemos que hay que estar todo el tiempo divertidos, cool, transpirando adrenalina. Aunque lo urgente y lo importante se confundan con frecuencia, casi siempre están en las antípodas el uno del otro. En Primero lo primero, el especialista en relaciones interpersonales Stephen Covey traza con claridad la diferencia entre ambos conceptos. La urgencia está ligada a objetivos, mientras que la importancia se relaciona con valores. Es urgente cumplir lo planificado, encontrar lo que calma mi angustia, alcanzar una meta, cerrar un negocio, completar papeleos, no quedar afuera del conventilleo de las redes sociales, comprar el último modelo de plasma, encontrar pareja, hallar algo para no estar solo el fin de semana y no tener que pensar en mí, en mi vida. Todo eso es urgente. En cambio es importante priorizar mis valores y vivir de acuerdo con ellos, así sea necesario atravesar crisis que los confirmen. Es importante dedicar tiempo a las relaciones que enriquecen mi ser y ensanchan mis recursos emocionales. Es importante darle tiempo a la relación con mis seres queridos.
Hay veces en que lo urgente y lo importante coinciden (enfermedades, crisis). Hay veces en que lo urgente no es importante y otras en que lo importante no es urgente. Poder discernir entre estas opciones requiere poner el freno y hacerse al menos tres preguntas: ¿Qué se supone o espera que yo haga?; ¿qué necesito hacer para estar en paz y en armonía conmigo mismo?; ¿qué estoy haciendo? Cuando las personas realizan los balances de sus vidas difícilmente se arrepienten de no haber hecho más cosas urgentes, pero sí lamentan todo lo importante que dejaron de hacer. Y no hay culpables. Se trató de una elección: pensaron en llegar, antes que en viajar.

domingo, 20 de marzo de 2011

ALGO SOBRE VIAJES.

TRAS EL FANTASMA DE JOYCE
MORI ` PONSOWY
 Para La Nacion
DUBLIN .- El milagro comenzó minutos después de aterrizar en Dublín. Le entregué el pasaporte al oficial de inmigración y él me preguntó: "¿Qué viene a hacer a Irlanda?". Pensé que seguramente habría hecho la misma pregunta decenas de veces durante las últimas horas, y centenares o miles, desde que trabajaba en ese escritorio minúsculo, encerrado entre cuatro paneles transparentes. Estaba por decirle que había ido por turismo, pero a último momento decidí contestar algo más verdadero. "Es que el año pasado leí Ulises ", respondí. El oficial, que al interrogarme no había levantado la vista de mi pasaporte, me miró y se quedó callado, como si yo acabara de pronunciar un conjuro capaz de detener el tictac de su rutina. "Es la mejor respuesta que he escuchado en años", dijo, al fin. Yo no lo podía creer. ¿Qué mejor razón para ir a Dublín que caminar desde el número 7 de la calle Eccles hasta el pub de David Byrne o la farmacia de Sweeny? "¡No puede ser!", dije. Y él contestó: "No se imagina las razones que da la gente".
Como si ese oficial de inmigración hubiera extendido los brazos en señal de bienvenida, sentí que sus palabras me abrían las puertas del país para mostrarme, más allá de las postales, algo más intenso y verdadero de lo que puede capturar la lente de cualquier cámara. Estampó sonoramente los sellos de rigor sin volver a mirar mi pasaporte. Nos despedimos agradecidos: él a mí, porque yo había leído el libro que representa a su gente con más fidelidad que cualquier símbolo patrio; yo a él, porque me había rescatado del anonimato y de la zonza uniformidad de los turistas para tender un camino delante de mí. Una barca amable. Irlanda me acogía con la misma bondad callada con que Leopold Bloom caminaba por Dublín.
Leopold Bloom. Si alguien me preguntara a qué persona del mundo conozco más, aparte de a mí misma, diría que al señor Bloom, el héroe -o, mejor, el antihéroe- de Ulises , la novela de James Joyce publicada en 1922 que revolucionó la literatura para siempre. Joyce es una cumbre literaria comparable a autores como Cervantes y Shakespeare. Un monstruo, como Dante. Una leyenda, como Homero. Y Leopold Bloom es Odiseo, Dédalo y Hamlet al mismo tiempo. Pero además de ser un personaje literario, Leopold Bloom, para mí, es una persona. Alguien cercano, con una existencia real y tan concreta como la de esta mesa sobre la que escribo. Y que conste que no digo esto en sentido metafórico.
"El señor Leopold Bloom comía con fruición órganos internos de bestias y aves." Así lo presenta Joyce: preparando el desayuno en la cocina de su casa de la calle Eccles. "Le gustaba la espesa sopa de menudos, las ricas mollejas que saben a nuez, un corazón relleno asado, los bifecitos de hígado fritos con raspaduras de pan, las ovas de bacalao bien doradas. Pero, sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que dejaban en su paladar un grato sabor a orina ligeramente perfumada."
A diferencia de los personajes de la literatura anterior a él, los de Joyce no llevan vidas dramáticas, no persiguen ballenas, no se enamoran de condesas ni cometen asesinatos. A diferencia de Tolstoi, Melville o Dostoievsky, el héroe de Joyce es un hombre común. "Pensaba en riñoncitos, mientras se movía con suavidad por la cocina, disponiendo las cosas del desayuno de ella sobre la bandeja abollada. En la cocina había una luz y un aire helados, pero afuera la dulce mañana de verano se extendía por todas partes."
No era una dulce mañana de verano cuando llegué a Dublín, pero lo primero que hice después de dejar mi bolso en el hotel fue caminar hasta la calle Eccles, a pesar de que sabía que el número 7 había sido demolido hacía años. Me lo había advertido el escritor Carlos Gamerro -mi profesor y guía en la lectura de Joyce- cuando nos encontramos antes del viaje. "La casa de Bloom ya no está", dijo, mientras extendía un mapa de la ciudad sobre la mesa. "¡Cómo! ¿No la conservaron?", me sorprendí, indignada ante la poca memoria histórica de los irlandeses. Gamerro me miró con curiosidad, amablemente, y entonces reconocí mi error: no era que los irlandeses no tuvieran memoria, sino que Bloom nunca vivió en el 7 porque, en realidad, no vivió en ninguna parte más que en la imaginación de Joyce. "¡Bloom no existió!", dije, como si recién en ese instante captara la diferencia entre persona y personaje, entre realidad y ficción. Gamerro contestó: "Quizá Bloom sea más real que mucho de lo que llamamos realidad".
Con excepción de los automóviles estacionados frente a las casas de ladrillos marrones y manchados, Eccles Street luce hoy tal como el 16 de junio de 1904, día en que transcurre la acción de Ulises . Lo único que ha sido demolido desde entonces es, irónicamente, la esquina donde estaba la casa de Bloom, para construir el Mater Private Hospital, un edificio anodino en cuyas escaleras de entrada me senté a mirar la calle. "Podrían haber demolido la otra esquina", me lamenté, pero no había terminado de formular el pensamiento cuando me di cuenta del privilegio del que estaba siendo protagonista: sentada donde una vez estuvo la casa de Bloom, lo que yo veía era exactamente lo mismo que él veía cada mañana al despertar: las mismas puertas coronadas con tímpanos en arcos de medio punto, la misma calle con declive, los mismos tres escalones que él miró ese 16 de junio cuando salió a comprar un riñón a lo de Dlugacz.
"Cruzó hacia el lado del sol, evitando el agujero del sótano del número setenta y cinco", recordé. Y convertida en la sombra de alguien que nunca existió, crucé la calle esquivando el mismo agujero, pisando sobre sus pasos, sintiéndome un fantasma, una aparición. "El sol se acercaba al campanario de la iglesia de San Jorge." Levanté la vista: ahí, el campanario; ahí, el sol. "Sus párpados se cerraban apaciblemente por momentos mientras caminaba en el agradable calorcito." También yo sentía la tibieza del sol en la cara; también yo cerré los ojos, húmedos por la emoción. Nunca supuse que seguir su rastro me conmovería tanto. Pero ¿qué rastro? ¿El de quién? "¡Qué tonta! -pensé-. ¡Emocionarme así por estar donde estuvo un personaje de ficción!"
Los dos días siguientes fueron una prolongación magnificada y sostenida de esa primera caminata absurda sobre la tenue frontera que separa el mundo intangible de aquel que llamamos real. Una y otra vez, me conmoví al estar donde estuvo Bloom; una y otra vez me dije, abochornada, que Bloom no estuvo en ningún lugar porque nunca existió.
Pero ¿qué significa existir? ¿Sólo existen las rocas, los vegetales, los animales, la fuerza de gravedad y otras entidades por el estilo? No hace falta creer en fuerzas sobrenaturales para sospechar que las fronteras de lo real se hallan bastante más allá. "Los materialistas afirman que hay un solo mundo, el mundo de los objetos físicos, y que todo lo demás es pura ficción", escribió el filósofo Karl Popper para argumentar, acto seguido, que los productos de la mente humana -mitos, teorías científicas, construcciones matemáticas, obras musicales y literarias- son tan reales como las piedras: "Reales en un sentido muy similar a las fuerzas físicas; reales porque pueden provocar cambios en nosotros y en el mundo tangible".
La teoría popperiana puede parecer un simple juego de palabras, una especie de metáfora, pero no lo es: la fuerza de las ideas mueve el mundo con el mismo vigor con que lo hacen la oferta y la demanda. Más aún: creo que, con frecuencia, mucho de lo que llamamos ficción es más poderoso que lo que llamamos realidad. ¿Qué historia reverenciamos? ¿Quiénes son nuestros héroes? ¡Ficciones! ¿Nuestros héroes fueron lo que creemos que fueron? Jesús, Bolívar, Sarmiento, Marx, Perón, Fidel, ¿fueron lo que sus seguidores creen? Probablemente, no. Pero ¿es la verdad histórica lo único que importa, acaso? ¿O también importa la potencia de las ideas, el deseo y la esperanza con que nos abrazamos a algunas teorías? Responder afirmativamente a esta pregunta supondría abrir la puerta a una mirada plural de la historia que haría énfasis no sólo en las acciones "reales" de sus protagonistas, sino también en lo que cada uno de ellos representa en el ámbito de las ideas, los deseos, las fantasías que logran encarnar.
Miro las fotos que tomé en Dublín de lugares reales donde estuvo alguien que nunca existió. ¿Por qué las tomé? Las miro y las vuelvo a mirar y, al fin, encuentro una respuesta: amo lo que esas fotos representan. Hay quien enciende cirios delante de estampitas de santos o de líderes políticos. Leopold Bloom es tan real -¡o tan ficticio!- como ellos.
Cassirer definió al ser humano como un ser simbólico. Popper sostuvo que los objetos abstractos son tan reales como una silla. No importa cómo lo digamos: lo intangible puede ser tan real como la realidad. El arte es un ejemplo. Otro, las ideas políticas de los pueblos. Aunque a veces estén equivocadas, actúan sobre el mundo con la contundencia y el peso de las piedras.
© La Nacion
La autora es escritora. Su último libro es Abundancia