Porque soy contador,
y de vulgares modos,
y visto simplemente,
y si miro una estrella
o una flor,
la miro como todos,
“Los versos no son de él –dice la gente—
Se los escribe ella”
Asi es, así es:
¡Yo soy la inútil hiedra
Enredada a tus pies ¡
Azules, verdes, rojos,
Tú los versos me das
en cubitos de piedra
de tus ojos
Yo los armo, no más
JOSE PEDRONI
los libros o textos enunciados existen en el acto de concebirlos, en el momento que precede a la creación.Poco importa que ese momento no llegue nunca, pertenecen ahora a la bibloteca de mi memoria. DAMASCENO MONTEIRO
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domingo, 11 de mayo de 2008
La calle del agujero en la media
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
Raúl González Tuñón
La calle del agujero en la media (1930)
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
Raúl González Tuñón
La calle del agujero en la media (1930)
La continuidad de los parques
La continuidad de los parques
JUAN CRUZ - Buenos Aires - 06/05/2008
REPORTAJE: Buenos Aires | CRÓNICAS DE LA VIDA (I)
Por la mañana, en la Biblioteca Miguel Cané, donde leía Jorge Luis Borges hasta que Juan Domingo Perón lo convirtió en perito en aves, había un grupo de niños que visitaba el lugar donde el entonces joven funcionario le robaba tiempo al trabajo para escribir sus relatos, sus poemas e incluso sus libros.
Ninguno de ellos -eran chicos menores de seis años- sabría ni siquiera que Borges fue ciego, o Borges tan siquiera. Tampoco sabrán que su ciudad es acaso una de las ciudades más cultas del mundo, donde (de nuevo) florecen las librerías y donde (esto lo ha dicho Alfredo Alcón) aplauden a los actores en la calle y no les cobran en los taxis.
De ese Buenos Aires raro que no sale habitualmente en los medios (para los medios, y eso es inevitable, Buenos Aires es la que padece los humos de los agricultores, fue para ignominia de nuestro tiempo la ciudad emblema de los tiranos, y más recientemente fue la capital de los corralitos, y ahora vuelve a ser el centro principal de la deuda histórica) salieron gente como Borges, como Ernesto Sábato y como Julio Cortázar, en el último siglo, y es ahora una de las grandes capitales del cine en español, fue el centro en el que se fijó el mundo cuando empezó a hablarse de la cultura del siglo XX, y ha desatado una literatura pasada y presente sin la que resulta imposible concebir la lengua culta castellana.
A pesar de que todo eso verdad, el peso de las tragedias (y la que causaron los militares es la más dramática, la más dura e incomprensible) no ha dejado ver el bosque, así que uno transita por esta sucesión de parques y de barrios y de librerías y de teatros abiertos o en reconstrucción (el Colón estará abierto otra vez en 2010, lo están refaccionando) preguntándose, en efecto, como todo el mundo, y como Borges en su tiempo, cómo fue posible aquella bota militar sobre la conciencia y la vida de la ciudad y del país, y como fueron posibles la complicidad y el silencio.
Por la tarde, ante La Biela, el bar vecino de Adolfo Bioy Casares, el contertulio perpetuo de Borges, un periodista argentino, Hernán Brienza, me comentaba la vergüenza interior, la hipocresía, que estuvo detrás de la reacción pública ante el fenómeno más cruel e incomprensible desatado por la dictadura: los desaparecidos. Desaparecían a la gente, y así parecía que limaban la culpa, no existían los muertos o los asesinados, eran desaparecidos, otra cosa.
En casa de Tomás Eloy Martínez, el escritor que tanto ha novelado a Perón, y a Evita, y que ha estado ahora viendo, con espanto, documentales en los que aquellos asesinos entrenados para hacer desaparecer explican tranquilamente el intríngulis de su fechoría, volvimos a hablar del asunto, esa terrible pregunta: ¿cómo fue posible?
Y por las calles, mientras uno pasea la quietud que regalan la ciudad y Borges, por ejemplo, cuya presencia es cada vez más grande, singular y frondosa en la cultura argentina, porque es un referente a veces risueño para entender a los porteños y a los argentinos en general, las preguntas sobre cómo pudo haber sucedido son como el índice de una enorme enciclopedia de la infamia.
Pero está la ciudad, claro, y esa memoria gris no la puede ensombrecer, no podrá. Después de haber estado en la Biblioteca Miguel Cané, que era como ir al pasado donde aun no se vislumbraba el horror que luego ya marca el territorio con su luz de interrogatorio, Javier Martínez (el responsable cultural de las bibliotecas, e hijo de Tomás Eloy, precisamente) nos llevó a un pequeño café, el Café Margot, del barrio de Boedo, donde está la Miguel Cané, y allí se nos juntó Josefina Delgado, la responsable cultural de la municipalidad bonaerense, escritora y gestora, en cuya tarjeta figura Subsecretaria del Patrimonio Cultural.
Estuvimos hablando de Borges, como no, y de los escritores, de los argentinos y de los de cualquier parte, y surgieron las anécdotas famosas o desconocidas del gran autor de Ficciones. Josefina refrescó una que subraya bien cómo el gran ciego de Buenos Aires reaccionaba ante la mezquindad que conoció tan de cerca. Cuando ya su fama era más europea que argentina, porque en Argentina aún no le reconocía ni Dios, Borges apareció una enciclopedia, y un compañero de trabajo le dijo:
- Mirá, Borges, uno que se llama como vos.
- Ah, sí, asintió Borges, mirá vos la coincidencia.
En el escritorio donde Borges leía, en esa biblioteca, tuve la paciencia de ir anotando, verso a verso, la mitad de un largo poema con el que Borges conmemoraba (en 1978) los nueve años que pasó en la Miguel Cané, hasta 1955, cuando Perón hizo efectiva su cruel represalia y lo convirtió en inspector de huevos y de aves. Decía Borges, en Las dos catedrales: "En esa biblioteca de Almagro Sur/ compartimos la rutina y el tedio/ y la morosa clasificación de los libros/ según el orden decimal de Bruselas/ y me confiaste tu curiosa esperanza/ de escribir un poema que observara,/ verso por vero, estrofa por estrofa,/ las divisiones y las proporciones/ de la remota catedral de Chartres/ (que tus ojos de carne no vieron nunca)/ y que fuera del coro y las naves, / el ábside, el altar y las torres./ Ahora, amigo, estás muerto".
En el Café Margot, que en Madrid sería una reliquia y que aquí es uno de los numerosos cafés que se conserva como si sobre la ciudad y sobre sus barrios y sobre sus parques no hubiera pasado el tiempo, hablamos otra vez de Borges, de la persecución que sufrió cuando lo señaló Perón, cómo lo vigilaban en las conferencias y en la calle, y uno se imagina a aquel hombre indefenso ("Ahora, amigo, estás muerto") imaginando catedrales que sus ojos de carne jamás verían, imaginando ficciones que fueron las ficciones del siglo, y cómo no volver a preguntarse cómo es posible que tanta oscuridad haya ocultado la luz tranquila, insuperable, pero herida, de la ciudad de los parques y de las grandes avenidas y de los libros, la ciudad de Buenos Aires.
© Diario EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
© Prisacom S.A. - Ribera del Sena, S/N - Edificio APOT - Madrid [España] - Tel. 91 353 7900
JUAN CRUZ - Buenos Aires - 06/05/2008
REPORTAJE: Buenos Aires | CRÓNICAS DE LA VIDA (I)
Por la mañana, en la Biblioteca Miguel Cané, donde leía Jorge Luis Borges hasta que Juan Domingo Perón lo convirtió en perito en aves, había un grupo de niños que visitaba el lugar donde el entonces joven funcionario le robaba tiempo al trabajo para escribir sus relatos, sus poemas e incluso sus libros.
Ninguno de ellos -eran chicos menores de seis años- sabría ni siquiera que Borges fue ciego, o Borges tan siquiera. Tampoco sabrán que su ciudad es acaso una de las ciudades más cultas del mundo, donde (de nuevo) florecen las librerías y donde (esto lo ha dicho Alfredo Alcón) aplauden a los actores en la calle y no les cobran en los taxis.
De ese Buenos Aires raro que no sale habitualmente en los medios (para los medios, y eso es inevitable, Buenos Aires es la que padece los humos de los agricultores, fue para ignominia de nuestro tiempo la ciudad emblema de los tiranos, y más recientemente fue la capital de los corralitos, y ahora vuelve a ser el centro principal de la deuda histórica) salieron gente como Borges, como Ernesto Sábato y como Julio Cortázar, en el último siglo, y es ahora una de las grandes capitales del cine en español, fue el centro en el que se fijó el mundo cuando empezó a hablarse de la cultura del siglo XX, y ha desatado una literatura pasada y presente sin la que resulta imposible concebir la lengua culta castellana.
A pesar de que todo eso verdad, el peso de las tragedias (y la que causaron los militares es la más dramática, la más dura e incomprensible) no ha dejado ver el bosque, así que uno transita por esta sucesión de parques y de barrios y de librerías y de teatros abiertos o en reconstrucción (el Colón estará abierto otra vez en 2010, lo están refaccionando) preguntándose, en efecto, como todo el mundo, y como Borges en su tiempo, cómo fue posible aquella bota militar sobre la conciencia y la vida de la ciudad y del país, y como fueron posibles la complicidad y el silencio.
Por la tarde, ante La Biela, el bar vecino de Adolfo Bioy Casares, el contertulio perpetuo de Borges, un periodista argentino, Hernán Brienza, me comentaba la vergüenza interior, la hipocresía, que estuvo detrás de la reacción pública ante el fenómeno más cruel e incomprensible desatado por la dictadura: los desaparecidos. Desaparecían a la gente, y así parecía que limaban la culpa, no existían los muertos o los asesinados, eran desaparecidos, otra cosa.
En casa de Tomás Eloy Martínez, el escritor que tanto ha novelado a Perón, y a Evita, y que ha estado ahora viendo, con espanto, documentales en los que aquellos asesinos entrenados para hacer desaparecer explican tranquilamente el intríngulis de su fechoría, volvimos a hablar del asunto, esa terrible pregunta: ¿cómo fue posible?
Y por las calles, mientras uno pasea la quietud que regalan la ciudad y Borges, por ejemplo, cuya presencia es cada vez más grande, singular y frondosa en la cultura argentina, porque es un referente a veces risueño para entender a los porteños y a los argentinos en general, las preguntas sobre cómo pudo haber sucedido son como el índice de una enorme enciclopedia de la infamia.
Pero está la ciudad, claro, y esa memoria gris no la puede ensombrecer, no podrá. Después de haber estado en la Biblioteca Miguel Cané, que era como ir al pasado donde aun no se vislumbraba el horror que luego ya marca el territorio con su luz de interrogatorio, Javier Martínez (el responsable cultural de las bibliotecas, e hijo de Tomás Eloy, precisamente) nos llevó a un pequeño café, el Café Margot, del barrio de Boedo, donde está la Miguel Cané, y allí se nos juntó Josefina Delgado, la responsable cultural de la municipalidad bonaerense, escritora y gestora, en cuya tarjeta figura Subsecretaria del Patrimonio Cultural.
Estuvimos hablando de Borges, como no, y de los escritores, de los argentinos y de los de cualquier parte, y surgieron las anécdotas famosas o desconocidas del gran autor de Ficciones. Josefina refrescó una que subraya bien cómo el gran ciego de Buenos Aires reaccionaba ante la mezquindad que conoció tan de cerca. Cuando ya su fama era más europea que argentina, porque en Argentina aún no le reconocía ni Dios, Borges apareció una enciclopedia, y un compañero de trabajo le dijo:
- Mirá, Borges, uno que se llama como vos.
- Ah, sí, asintió Borges, mirá vos la coincidencia.
En el escritorio donde Borges leía, en esa biblioteca, tuve la paciencia de ir anotando, verso a verso, la mitad de un largo poema con el que Borges conmemoraba (en 1978) los nueve años que pasó en la Miguel Cané, hasta 1955, cuando Perón hizo efectiva su cruel represalia y lo convirtió en inspector de huevos y de aves. Decía Borges, en Las dos catedrales: "En esa biblioteca de Almagro Sur/ compartimos la rutina y el tedio/ y la morosa clasificación de los libros/ según el orden decimal de Bruselas/ y me confiaste tu curiosa esperanza/ de escribir un poema que observara,/ verso por vero, estrofa por estrofa,/ las divisiones y las proporciones/ de la remota catedral de Chartres/ (que tus ojos de carne no vieron nunca)/ y que fuera del coro y las naves, / el ábside, el altar y las torres./ Ahora, amigo, estás muerto".
En el Café Margot, que en Madrid sería una reliquia y que aquí es uno de los numerosos cafés que se conserva como si sobre la ciudad y sobre sus barrios y sobre sus parques no hubiera pasado el tiempo, hablamos otra vez de Borges, de la persecución que sufrió cuando lo señaló Perón, cómo lo vigilaban en las conferencias y en la calle, y uno se imagina a aquel hombre indefenso ("Ahora, amigo, estás muerto") imaginando catedrales que sus ojos de carne jamás verían, imaginando ficciones que fueron las ficciones del siglo, y cómo no volver a preguntarse cómo es posible que tanta oscuridad haya ocultado la luz tranquila, insuperable, pero herida, de la ciudad de los parques y de las grandes avenidas y de los libros, la ciudad de Buenos Aires.
© Diario EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
© Prisacom S.A. - Ribera del Sena, S/N - Edificio APOT - Madrid [España] - Tel. 91 353 7900
viernes, 9 de mayo de 2008
Vallejo preocupado

La crisis hipotecaria obliga a suspender pagos a la ciudad californiana de Vallejo
Deberá emitir bonos para pagar a bomberos, policías y recogedores de basuras
SANDRO POZZI - Nueva York - 08/05/2008
La ciudad californiana de Vallejo, al norte de San Francisco, no tiene ni para pagar a sus policías ni bomberos. Es el ejemplo real del golpe financiero que están recibiendo algunas comunidades en EE UU por el colapso del mercado inmobiliario, que se está viendo agravado por la crisis económica.
La ciudad californiana de Vallejo, al norte de San Francisco, no tiene ni para pagar a sus policías ni bomberos. Es el ejemplo real del golpe financiero que están recibiendo algunas comunidades en EE UU por el colapso del mercado inmobiliario, que se está viendo agravado por la crisis económica. Ayer no tuvo otra opción que declararse oficialmente en bancarrota.
Vallejo, que cuenta con 117.000 habitantes, se convierte de esta manera en la mayor ciudad en California que recurre a la suspensión de pagos como vía para contener la espiral que se está llevando por delante su presupuesto. Hasta el punto de que ya no dispone de efectivo para llegar al final de ejercicio, que acaba el próximo 30 de junio.
Ante esta situación, un juez debe aceptar la quiebra y establecer los servicios básicos (policía, bomberos, basuras, etcétera) que deben continuar. Como el ayuntamiento no puede pagarles, emitirá bonos municipales. El problema es que sólo podrá hacer frente a gastos indispensables, es decir, no se puede ampliar plantillas y probablemente, debe reducir los sueldos de los funcionarios.
El ayuntamiento recaudará menos por la caída del valor de las propiedades inmobiliarias y los menores ingresos del comercio. Aunque muchos residentes creen que los funcionarios tienen sueldos muy altos. Se calcula que los salarios de policías y bomberos se comen un 80% de los fondos de la ciudad. Tras varios meses de negociaciones con los sindicatos para rebajarlos, la pasada madrugada se procedió al voto de la suspensión de pagos, que fue unánime. El consejo municipal de Vallejo se acoge a la Ley de bancarrotas de los años de la Gran Depresión.
Osby Davis, alcalde de Vallejo, se opuso en un primer momento a dar este paso. Temía que acabara dañando a la imagen de la ciudad y su desarrollo económico. Pero no tenía otra opción.
Davis garantiza que los servicios básicos seguirán funcionando. Lo que no habrá es dinero para tapar los socavones en el firme. Los problemas fiscales de Vallejo no son exclusivos de los municipios californianos, y se extienden por todos los EE UU, sobre todo, las zonas más castigadas por la crisis en el sector inmobiliario.
otra parte muy importante de la verdad de lo anterior
el dueño de otra de las verdades es
JUAN JOSÉ MILLÁS 09/05/2008
El País
esta es la que comparto, pues la otra, puede que haya otras caras de la misma verdad, es la del Señor Millas. La del Señor Fresan, tomando como ejemplo a Harry son de mostrador. La mia tambien es una parte de la verdad.
firma y tomo mi trago: Victor Lazlo
JUAN JOSÉ MILLÁS 09/05/2008
El País
esta es la que comparto, pues la otra, puede que haya otras caras de la misma verdad, es la del Señor Millas. La del Señor Fresan, tomando como ejemplo a Harry son de mostrador. La mia tambien es una parte de la verdad.
firma y tomo mi trago: Victor Lazlo
el juego (?) de las palabras. UNOS POR MENOS OTROS POR MAS
una parte de la verdaddad
Seis palabras
Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona
UNO
El libro no tiene demasiadas páginas, es de formato pequeño, pero tiene un título muy largo: Not Quite What I Was Planning. Y cuando se trata de traducir el título hay que tener cierto cuidado, porque la gracia y el mandato pasan porque nunca debe superar las seis palabras. Así que rápida y desprolijamente podría quedar así: No exactamente lo que tenía planeado. La motivación para el límite de vocablos queda explicada en el subtítulo también largo y que, por suerte, no impone cupo máximo: Six-Word Memoirs by Writers Famous and Obscure. Es decir: Memorias en seis palabras a cargo de escritores célebres y desconocidos. Y el librito es exactamente eso: autobiografías condensadas al máximo. El diamante que se esconde en el núcleo del carbón. Vidas de famosos o de anónimos reducidas a haikus jíbaros. “¡El libro sobre el que todos están hablando!”, se lee en la esquina superior izquierda de la portada donde se muestra un número 6 hecho de palabras. “Emocionará a los minimalistas e inspirará a los maximalistas”, se promete más abajo, frase aparecida en el mensuario Vanity Fair.
Vi el libro y pensé: “Tengo que comprarme este libro ya”.
Seis palabras.
DOS
La idea la tuvieron Rachel Fersheiler y Larry Smith –los editores de la revista online para escritores Smith– y resultó ser una buena idea.
La idea –lo explican en el prólogo del libro– se les ocurrió a partir de aquel tan citado micro-relato de Ernest Hemingway. La anécdota es bastante conocida: un día alguien desafió al expansivo Hemingway a que escribiera una historia en apenas seis palabras. Hemingway aceptó el reto y ofreció lo que algunos admiradores –y varios odiadores– consideran lo mejor que hizo nunca: “For sale: baby shoes, never worn” (“Vendo: zapatos de bebé, sin usar”). O algo así, me faltan una palabra o dos para que la traducción quede del todo bien y es que el asunto no es sencillo, porque el idioma español suele ampliar aquello que el idioma inglés reduce. Pero la intención está clara, pienso.
En cualquier caso, la gente de Smith tuvo la ocurrencia de llevar todo aún más lejos, hasta alcanzar territorios más complejos. Porque una cosa es miniaturizar una historia en seis palabras, pero otra muy distinta es comprimir toda una existencia. No muy seguros de si la convocatoria para el concurso funcionaría –aunque todos los amigos a quienes se lo comentaban respondían primero con divertido entusiasmo y, enseguida, con profunda dedicación–, lanzaron el concepto y las reglas a ese luminoso agujero negro que es Internet y pronto fueron sepultados por contribuciones de gente que pasaba por ahí. Un promedio de quinientas mini-vidas diarias enviadas desde los lugares más diversos del mundo. Desconocidos absolutos primero y, enseguida, nombres y apellidos ilustres. Pronto abundaron los artículos sobre la fiebre micro-memorística desatada por los responsables de Smith. Pronto, The New York Times y The New Yorker –patria de ficciones largas y sin límites– se hicieron eco del asunto y poco y nada costaba encontrar gente en bares y restaurantes sosteniendo lapiceras, mirando fijo servilletas, calculando palabras, tachando dos para convertirlas en una, tratando de encontrarle sentido a toda una vida contando hasta seis y consolándose pensando aquello de “Lo bueno, si breve...”
TRES
Un breve ejemplo: “Maldecida con cáncer. Bendecida con amigos”. Lo firma Hannah Davis, una enferma de nueve años.
Otro breve ejemplo: “Siempre padecí a tontos con elegancia”. Lo firma Richard Ford.
Un breve ejemplo más: “No pude soportarlo. Entonces escribí canciones”. Lo canta Aimée Mann.
“Nos casamos por dinero. Alguien mintió.” Lo confiesa alguien que no puso su nombre.
“Como un ángel. Del tipo caído.” Lo aletea Rick Bragg.
“Amante embarazada, me dijo mi marido.” Lo resume una mujer cuyo nombre no puedo encontrar ahora (recomiendo leer el libro con un lápiz a mano, ir marcando favoritas y favoritos) entre tantos otros nombres y tantas otras vidas.
“Todavía sigo intentando escribir ese libro.” Lo explica alguien que, me parece, se ha robado mi vida.
CUATRO
Y, por supuesto, no demoraron en aparecer los obsesivos y los comisarios. Los que denuncian las palabras dobles con guión, los que discuten si es apropiado el uso de siglas que comprimen a varias palabras en una (sida, por ejemplo), los que advierten que estamos asistiendo a la vulgarización ingeniosa y simplista de un género noble y laborioso. (En mi descargo diré que mientras picoteo estas minucias leo también el muy recomendable Presuntuoso afán, de Adam Sisman, donde se cuenta el largo proceso y la ardua escritura de las miles de palabras que necesitó James Boswell para escribir su fundadora y acaso invencible Vida de Johnson.) Ahora, sepultados por la avalancha, las páginas electrónicas de Smith (http://www.smithmag.net/) se han visto obligadas a compartimentarse y ordenarse temáticamente. Ya no se trata nada más de destilar muchos años en seis palabras (http://www.smithmag.net/six words/), sino que, también, uno puede dedicarse a cuestiones más específicas pero igualmente exigentes: mamá, Irak, corazones rotos, embarazos, vecinos, el ex y la ex, la ciudad de Philadelphia... Seis palabras. Ni una más.
CINCO
Y la lectura de Not Quite What I Was Planning –donde se recopilan casi mil de estos microbios en 240 páginas con un precio de 12 dólares, aunque se pueden visitar y observar gratis en la red– produce, claro, síntomas inmediatos y, también, efectos residuales y colaterales. El primero –el más obvio– es el de arriesgarse a intentarlo uno mismo. Entonces se descubre que el experimento no es tan sencillo y que de lo que en realidad se trata no es de ser ingenioso sino de ser sincero y decirlo claramente y con todas las (pocas) letras. Superado el trance (no incluiré aquí el mío, estoy pensando en enviarlo al site) uno descubre que el llamémoslo seispalabrismo parece haberlo invadido todo y no sólo comenzamos a contar las palabras en los titulares de los periódicos (y a corregirlos cuando se pasan de la raya) sino a, casi automáticamente, seispalabrear, todo lo que nos rodea. El fino arte de escribir menos para decir más. Lo que pensamos, lo que decimos. Las palabras justas para la expresión exacta. Lo que tenemos cerca y lo que está lejos pero, de pronto, en todas partes. El caso del padre-ogro austríaco Josef Fritzl, por ejemplo: “No soy un monstruo. Soy yo” o “Yo vivo arriba, ellos sobreviven abajo” o “¿Por qué lo hice? Porque sí” o “Mis nietos son hijos para mí” o “Al final todo queda en familia”.
Y que pase el que sigue.
Comienza la cuenta regresiva.
Comienza después y acaba antes.
Seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno...
SEIS
... (1) y (2) esto (3) es (4) todo, (5) mis (6) amigos.
Viernes, 09 de Mayo de 2008
otra parte de la verdad
La conciencia
En la antigüedad teníamos más metros cuadrados que cosas. Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos sólo tienen un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo. Ya me dirán para que sirve la maleta de madera con la que papá se fue a Alemania, el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de una cama o la impresora portátil que compramos hace 15 años por si acaso (¿por si acaso qué?).
Lo bueno, ahora lo comprendemos, eran los metros cuadrados. No hay cosa mejor que cien o doscientos metros cuadrados, todos juntos, sin más objetos que la foto del abuelo en la pared del pasillo y una alacena en el comedor. Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir frases cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como cuarto trastero, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas (las que caben en una columna, por ejemplo). Pero para vivir, para respirar, para estar a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores y tres interiores, además de la cocina, el baño y los aseos. Ahora, dada la escasez de metros cuadrados y la abundancia de cosas, ha aparecido un negocio nuevo, el de los trasteros que guardan toda esa basura doméstica. Hemos vendido el alma (o los metros cuadrados) a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia.
JUAN JOSÉ MILLÁS 09/05/2008
El País
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