| Fernando Pessoa |
| Tabaquería |
| No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. Ventanas de mi cuarto, de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?), dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente, a una calle inaccesible a todos los pensamientos, real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente, con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres, con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres, con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada. Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme y no tuviese otra fraternidad con las cosas que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle la fila de vagones de un tren, y una partida pintada desde dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida. Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado. Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro. He fracasado en todo. Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada. El aprendizaje que me impartieron, me apeé por la ventana de las traseras de la casa. Me fui al campo con grandes proyectos. Pero sólo encontré allí hierbas y árboles, y cuando había gente era igual que la otra. Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar? ¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy? ¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas! ¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos! ¿Un genio? En este momento cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo, y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno, ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras. No, no creo en mí. ¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones! Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente? No, ni en mí... ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando? ¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas -sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-, y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero ni encontrarán quien les preste oídos? El mundo es para quien nace para conquistarlo y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón. He soñado más que lo que hizo Napoleón. He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo, he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito. Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla, aunque no viva en ella; seré siempre el que no ha nacido para eso; seré siempre el que tenía condiciones; seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta y cantó la canción del Infinito en un gallinero, y oyó la voz de Dios en un pozo tapado. ¿Creer en mí? No, ni en nada. Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello, y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga. Esclavos cardíacos de las estrellas, conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama; pero nos despertamos y es opaco, nos levantamos y es ajeno, salimos de casa y es la tierra entera, y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido. (¡Come chocolatinas, pequeña, come chocolatinas! Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas, mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería. ¡Come, pequeña sucia, come! ¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes! Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño, lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.) Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré la caligrafía rápida de estos versos, pórtico partido hacia lo Imposible. Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas, noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas, y me quedo en casa sin camisa. (Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas, o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva, o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta, o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada, o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana, o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres, o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-, todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire! Mi corazón es un cubo vaciado. Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco a mí mismo y no encuentro nada. Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad, veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan, veo a los entes vivos vestidos que se cruzan, veo a los perros que también existen, y todo esto me pesa como una condena al destierro, y todo esto es extranjero, como todo.) He vivido, estudiado, amado, y hasta creído, y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo. Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira, y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído (porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso); puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente. He hecho de mí lo que no sabía, y lo que podía hacer de mí no lo he hecho. El disfraz que me puse estaba equivocado. Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí. Cuando quise quitarme el antifaz, lo tenía pegado a la cara. Cuando me lo quité y me miré en el espejo, ya había envejecido. Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado. Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario como un perro tolerado por la gerencia por ser inofensivo y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime. Esencia musical de mis versos inútiles, ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho, y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente, pisoteando la conciencia de estar existiendo como una alfombra en la que tropieza un borracho o una estera que robaron los gitanos y no valía nada. Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta. Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta, y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal. Morirá él y moriré yo. Él dejará la muestra y yo dejaré versos. En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también. Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra, y la lengua en que fueron escritos los versos, morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto. En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras, siempre una cosa enfrente de la otra, siempre una cosa tan inútil como la otra, siempre lo imposible tan estúpido como lo real, siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie, siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra. Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?), y la realidad plausible cae de repente encima de mí. Me incorporo a medias con energía, convencido, humano, y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario. Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos. Sigo al humo como a una ruta propia, y disfruto, en un momento sensitivo y competente, la liberación de todas las especulaciones y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto. Después me echo para atrás en la silla y continúo fumando. Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando. (Si me casase con la hija de mi lavandera a lo mejor sería feliz.) Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana. El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?). Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica. (El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.) Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto. Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído. |
los libros o textos enunciados existen en el acto de concebirlos, en el momento que precede a la creación.Poco importa que ese momento no llegue nunca, pertenecen ahora a la bibloteca de mi memoria. DAMASCENO MONTEIRO
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sábado, 11 de septiembre de 2010
TABAQUERIA de FERNANDO PESSOA
sábado, 28 de agosto de 2010
Esa mujer se parecía a la palabra nunca
Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus
manos.
Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.
Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus
manos.
Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.
Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.
de GOTÁN de Juan Gelman
DIVAGANDO CON LISBOA
DIVAGANDO POR LA LISBOA DE PESSOA.
Juan Bonilla. __________________________________________________________________________
El día de 1958 que colocaron la lápida conmemorativa en la casa en que nació Fernando Pessoa, en el número 4 del Largo de San Carlo, antes de que la autoridad destinada a ello corriese la cortinilla que descubriera el mármol, justo cuando uno de los allí convocados recordaba al poeta en un discurso, el viento se adelantó al protocolo y con un golpe retiró la cortina y descubrió la lápida.
Seguramente a Fernando Pessoa le hubiera entusiasmado que sucediese precisamente así, y tal vez intuiría en el hecho casual una razón oculta, un significado intrigante, pues no en vano hizo participar al viento en algún poema suyo, por ejemplo, en estos versos de su heterónimo Alberto Caeiro: Hola, guardador de rebaños/ Ahí junto al camino ¿qué te dice el viento al pasar?/ Que es viento y que pasa y que pasó antes/ y que después ha de pasar.Un Viento gélido azota Lisboa en los últimos días de 1996. Las lluvias -que también colaboraron a menudo con Pessoa- han convertido a la capital portuguesa en una sucursal de Venecia. Desde el año 58 a hoy, la ciudad se ha llenado de lápidas que conmemoran al poeta. Son muchas las casas que pueden enorgullecerse ahora de haber albergado en alguno en sus pisos a aquel hombre oscuro que, como esos mendigos a los que después de morir se les descubre una fortuna camuflada en el interior del colchón podrido sobre el que dormían, atesoró en un ya mítico arcón un montón de papeles inéditos que ha terminado por consagrarle como uno de los pocos poetas realmente insustituibles de este siglo, con todo lo que esto significa, es decir, tanto ser leído y memorizado por adolescentes de otros tiempos que quedará maravillados por la intensidad y la rara inteligencia de sus versos, como quedar cautivo por esa ralea de especialistas capaces de convertir la publicación de una simple nota de lavandería en un acontecimiento cultural que arroja luz nueva sobre la personalidad del poeta.Suele pasar. Les ha pasado a Lorca, a Juan Ramón, a Eliot, a Borges. Ya advertía este último, al retratar una compleja tribu en El Informe de Brodie: "Otra costumbre de la tribu son los poetas. A un hombre se le ocurre ordenar seis o siete palabras, por lo general enigmáticas. No puede contenerse y las dice a gritos, de pie, en el centro de un círculo que forman, tendidos en la tierra, los hechiceros y la plebe. Si el poema no excita, no pasa nada; si las palabras del poeta los sobrecoge, todos se apartan de él, en silencio bajo el mandato de un horror sagrado. Sienten que lo ha tocado el espíritu; nadie hablará con él ni lo mirará, ni siquiera su madre. Ya no es un hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo". En efecto, cualquiera puede matar al poeta: recuerdo haber visto - aunque no descarto que se tratara de una alucinación- cómo un grupo popfolk masacraba unos versos de Cernuda sustituyendo la música de éstos por unos rasgueos aflamencados de guitarra.Y hoy mismo, qué me decís del anciano Alberti que, a la manera del perro de Pavlov, recita uno de sus poemitas cada vez que le ponen delante una cámara o algún ministro le arroja unas monedas.En la Rua Garret, una anciana ciega y de luto canta fados cada vez que un turista introduce monedad en una de esas cajas negras que en Lisboa llevan los mendigos. Subo por esta calle del Chiado para ver la estatua de de Pessoa en A Brasileira, el mejor café del mundo: el poeta sentado en la terraza del café, fotografiado cientos de veces al día. En la librería Bertrand, techos bajos y abovedados, el escaparate principal está ocupado por ejemplares de una voluminosa fotobiografía de Pessoa, el libro más vendido del mes por encima de las banalidades contemporáneas de Crichton, Forsyth y Stephen King. Estoy a punto de preguntar si con el ejemplar de la fotobiografía regalan un bigotito y unas gafitas a lo Pessoa, pero no me atrevo.Donde sí pueden verse las gafitas de Fernando Pessoa es en una de las vitrinas que en el número 16 de la Rua Coelho da Roche, atesoran algunos objetos personales del poeta junto a las primeras ediciones de los primeros libros que publicara, algún papel suelto y más. En aquel edificio, en el que Pessoa vivió sus últimos 15 años, se ha instalado la casa Fernando Pessoa. Fue inaugurada el 30 de noviembre del año 93 y entre sus principales propósitos se encuentra el de promover y fomentar tanto la obra del poeta como el gusto por la poesía.En la planta baja, se ha habilitado una sala en la que de momento todo son cuadros y obras que tienen al poeta como protagonista. Las hay para todos los gustos: pinturas al óleo y retratos a lápiz, perfiles o composiciones cubistas, caricaturas y bustos.En un pequeño mostrador de la sala se despachan camisetas con la silueta de Fernando Pessoa, graciosas esculturas de escayola de Fernando Pessoa, postales y llaveros de Fernando Pessoa, mecheros (¿me lo estaré inventando?) de Fernando Pessoa. También conservan en esta Casa -cuya austeridad nada tiene que ver con la ampulosidad de por ejemplo la de Juan Ramón Jiménez en Moguer: allí el visitante puede echarse unos minutos en la cama del poeta, y estar tentado -él- de probarse su pijama de rayas o -ella- las preciosas zapatillas con tacones de Zenobia (¿guardará alguno de los cajones de la cómoda preservativos que no llegaron a usar la pareja? ¿usaban preservativos?)- la exigua biblioteca de Fernando Pessoa, aumentada con otras publicaciones poéticas o estrictamente dedicadas al poeta. En le segundo piso está el cuarto donde habitó Pessoa. Se decidió dejarlo vacío para permitir a los visitantes que se lo imaginaran según su sensibilidad. Así pues, una pequeña placa te avisa de que estás pisando el lugar donde residió Pessoa, pero allí no queda nada. Ello no obsta par que se nos muestren los muebles que pertenecieron a Pessoa, en exposición permanente, entre ellos, como no podía ser de otra manera, la famosa cómoda donde Pessoa escribía de pie., donde le asaltaron los demonios de sus heterónimos impulsándole a multiplicarse y cantar los misterios del mundo con tan diversas voces. Un drama em gente, o quizás mejo, un drama en mente. A este respecto los pessoanos de Lisboa siguen discutiendo el reciente libro de Mario Saraiva cobre Pessoa como caso clínico, su distimia cíclica con sintomatológica alternancia de estados de depresión y explayamientos, sus alucinaciones constantes, su astrapefobia -fobia a los relámpagos- y su soledad como rechazo del resto del mundo.Pero la joya de la Casa de Fernando Pessoa es sin lugar a dudas el retrato espléndido que le hizo Almada Negreiros. Preside una pared alta junto a la que va subiendo la escalera de la biblioteca, de manera que se nos permite contemplarlo desde dos perspectivas distintas (dos o quince , dependiendo del punto de la escalera donde te detengas a mirarlo). Es una obra impresionante, de veras. Vista mil veces en ilustraciones se había hecho uno la idea de que se trataba de un cuadro pequeño, coqueto, doméstico. Nada de eso: es espectacular.La iconografía pessoana, de cualquier forma, también se ha trasplantado a algunas calles de Lisboa. En Rua Do Carmo, por ejemplo, hay un colegio cuyos muros exteriores han sido hermoseados por los alumnos que han dejado allí las imágenes de todos los heterónimos de Pessoa para regocijo de los cazadores de instantáneas. No mencionemos, en fin, los escaparates de tantas tiendas que muestran la efigie del poeta impresa en los más inverosímiles artículos(¿habré soñado haber visto su rostro en un pastel de nata, el bigotito hecho con dos líneas de chocolate?). Así pues la presencia del poeta en la ciudad es patente. Pero, ¿y de la ciudad en el poeta?Hay una regla, muy caprichosa y por ello nada científica ni fiable, que asegura que la producción de un escritor acerca de una ciudad será inversamente proporcional al número de años que residió en ella. O sea, que si uno vive un año en un lugar le dedicará un libro; si vive diez, no pasará de escribir algún artículo; y, si permanece en ella toda la vida, entonces, o bien se esfuerza en dedicarle un solo renglón, o bien le queda el recurso de escribir algún un poema. Pessoa no se pasó toda la vida encerrado en Lisboa, pero casi. Regresó a la ciudad en que nación en 1905, después de vivir en Durban, pues su madre se había casado con el cónsul de Portugal en Sudáfrica. A partir de esa fecha apenas se alejará de Lisboa en algún viaje corto y esporádico. Según la regla antes mencionada, Pessoa se habría de conformar con esparcir su relación con la ciudad a los largo de toda su obra, como de hecho así fue (si exceptuamos una pequeña guía para turistas que compuso con mano erudita). Es inevitable recordar, no obstante, un poema de 1926 que no en vano se titula Lisbon Revisited, conde como en tantos otros poemas suyos, se plasma el paradójico espíritu del poeta:Nada me une a nada.Quiero cincuenta cosas al mismo tiempo.Ansío con una angustia de hambre de carneLo que no sé qué sea:Definidamente por lo indefinido…Duermo inquieto y vivo en un sueño inquietoDe quien duerme inquieto, mitad soñando.
Sólo tres años antes de componer ese poema cuya estrofa más propicia a nuestros intereses dice,
Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-Transeúnte inútil de ti y de mí,Extranjero aquí como en todas partes,Tan casual en la vida como en el alma,Fantasma errante por los salones del recuerdoEnvuelto por el ruido de ratas y maderas que crujenEn el castillo maldito de tener que vivir…
Pessoa hizo escribir a su heterónimo Álvaro de Campos otra Lisboa revisitada que concluye entre admiraciones:
¡Oh cielo azul, el mismo de mi infancia!¡Eterna verdad vacía y perfecta!¡Oh suave Tajo, ancestral y mudo, pequeña verdad donde el cielo se refleja!¡Oh pena mía, de nuevo visitada, oh Lisboa de otro tiempo, hoy!Nada me dais, nada me quitáis, nada sois que yo me sienta.¡Dejadme en paz! No he de tardar, que nunca tardo…Y mientras tardan el Abismo y el Silencio ¡quiero estar conmigo a solas!
Como se ve, la Lisboa que patrocina la melancolía del poeta es una ciudad que ya no existe, pues aunque sea la misma que el poeta abandonó en su infancia son otros los ojos que ahora la miran: los de un extranjero aquí y en todas partes, los de un fantasma errante por los jardines del recuerdo.Pero no hemos de olvidar que Pessoa no se limitó a ser un poeta acosado por las dudas metafísicas. También fue un activista cultural y en cierta medida un ciudadano comprometido. Ayudó a fundar algunas revistas cuya importancia nadie cuestiona y en las que alojó producción suficiente como para que carezca de sentido esa superstición según la cual murió prácticamente inédito y olvidado. Provocó más de un escándalo al defender ideas que chocaban frontalmente con lo establecido. Es el caso, por ejemplo , del texto en que defendía al poeta homosexual Antonio Botto y un libro que había sido silenciado por la crítica. Ese texto se titulaba Antonio Botto y el ideal estético de Portugal y en 1922 produjo una serie de reacciones que pasaron a catalogarse como "polémica en Sodoma". Hay un volumen de las Obras de Pessoa que viene publicado en elegantes y austeros tomos de la Editorial Atica, dedicado a acoger las páginas de intervención de Fernando Pessoa, otro en el que se recogen textos sobre Portugal y otro más donde están elucubraciones de sociología política. No se encerró Pessoa en ninguna torre de marfil, y aunque es cierto que los problemas contemporáneos y los hechos circunstanciales de la actualidad política o literaria los utiliza como trampolines para arriesgar sus ejercicios de metafísica , es también evidente que la casi constante presencia del poeta en la vida intelectual portuguesa no nos deja decir que se encastilló entre sus fantasmas para mirar la vida como aquellos a los que la realidad que les rodea les trae al pairo.Pero va llegando la hora de despedir estas divagaciones en la ciudad de Pessoa. Cualquiera que plantease un itinerario siguiendo las huellas del poeta me recomendaría, después de conseguir mesa en Martinho de Arcada, visitar el panteón donde reposan los restos de Pessoa, en el Cementerio dos Prazeres, a las afueras de Lisboa. Pero, pues la ocasión lo exige rebajémonos a la cursilería, uno prefiere despedirse del poeta en ese lugar donde sus restos siguen palpitando contra el tiempo y la muere, o sea, en su versos, y así, lejos de la multiplicación de imágenes que ha padecido la figura convertida en mercancía y souvenir recluirse en su manera de mirar Lisboa:
Si de noche, acostado y despiertoEn la inútil lucidez de no poder dormir,quiero imaginarme alguna cosa (pero siempresurge otra, porque tengo sueño)quiero extender esa mirada con la que imaginohasta los grandes palmares fantásticos,no veo nada más,sobre una especie de lado de dentro de los párpados,que Lisboa con sus casasde varios colores.Sonrío, porque aquí acostado, eso es ya otra cosa.A fuerza de monotonía es diferente.Y a la fuerza de ser yo, duermo y me olvido de que existo.Queda sola sin mi, que olvido porque duermo,Lisboa con sus casasDe varios colores.
Publicado en AJOBLANCO 1996.
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El día de 1958 que colocaron la lápida conmemorativa en la casa en que nació Fernando Pessoa, en el número 4 del Largo de San Carlo, antes de que la autoridad destinada a ello corriese la cortinilla que descubriera el mármol, justo cuando uno de los allí convocados recordaba al poeta en un discurso, el viento se adelantó al protocolo y con un golpe retiró la cortina y descubrió la lápida.
Seguramente a Fernando Pessoa le hubiera entusiasmado que sucediese precisamente así, y tal vez intuiría en el hecho casual una razón oculta, un significado intrigante, pues no en vano hizo participar al viento en algún poema suyo, por ejemplo, en estos versos de su heterónimo Alberto Caeiro: Hola, guardador de rebaños/ Ahí junto al camino ¿qué te dice el viento al pasar?/ Que es viento y que pasa y que pasó antes/ y que después ha de pasar.Un Viento gélido azota Lisboa en los últimos días de 1996. Las lluvias -que también colaboraron a menudo con Pessoa- han convertido a la capital portuguesa en una sucursal de Venecia. Desde el año 58 a hoy, la ciudad se ha llenado de lápidas que conmemoran al poeta. Son muchas las casas que pueden enorgullecerse ahora de haber albergado en alguno en sus pisos a aquel hombre oscuro que, como esos mendigos a los que después de morir se les descubre una fortuna camuflada en el interior del colchón podrido sobre el que dormían, atesoró en un ya mítico arcón un montón de papeles inéditos que ha terminado por consagrarle como uno de los pocos poetas realmente insustituibles de este siglo, con todo lo que esto significa, es decir, tanto ser leído y memorizado por adolescentes de otros tiempos que quedará maravillados por la intensidad y la rara inteligencia de sus versos, como quedar cautivo por esa ralea de especialistas capaces de convertir la publicación de una simple nota de lavandería en un acontecimiento cultural que arroja luz nueva sobre la personalidad del poeta.Suele pasar. Les ha pasado a Lorca, a Juan Ramón, a Eliot, a Borges. Ya advertía este último, al retratar una compleja tribu en El Informe de Brodie: "Otra costumbre de la tribu son los poetas. A un hombre se le ocurre ordenar seis o siete palabras, por lo general enigmáticas. No puede contenerse y las dice a gritos, de pie, en el centro de un círculo que forman, tendidos en la tierra, los hechiceros y la plebe. Si el poema no excita, no pasa nada; si las palabras del poeta los sobrecoge, todos se apartan de él, en silencio bajo el mandato de un horror sagrado. Sienten que lo ha tocado el espíritu; nadie hablará con él ni lo mirará, ni siquiera su madre. Ya no es un hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo". En efecto, cualquiera puede matar al poeta: recuerdo haber visto - aunque no descarto que se tratara de una alucinación- cómo un grupo popfolk masacraba unos versos de Cernuda sustituyendo la música de éstos por unos rasgueos aflamencados de guitarra.Y hoy mismo, qué me decís del anciano Alberti que, a la manera del perro de Pavlov, recita uno de sus poemitas cada vez que le ponen delante una cámara o algún ministro le arroja unas monedas.En la Rua Garret, una anciana ciega y de luto canta fados cada vez que un turista introduce monedad en una de esas cajas negras que en Lisboa llevan los mendigos. Subo por esta calle del Chiado para ver la estatua de de Pessoa en A Brasileira, el mejor café del mundo: el poeta sentado en la terraza del café, fotografiado cientos de veces al día. En la librería Bertrand, techos bajos y abovedados, el escaparate principal está ocupado por ejemplares de una voluminosa fotobiografía de Pessoa, el libro más vendido del mes por encima de las banalidades contemporáneas de Crichton, Forsyth y Stephen King. Estoy a punto de preguntar si con el ejemplar de la fotobiografía regalan un bigotito y unas gafitas a lo Pessoa, pero no me atrevo.Donde sí pueden verse las gafitas de Fernando Pessoa es en una de las vitrinas que en el número 16 de la Rua Coelho da Roche, atesoran algunos objetos personales del poeta junto a las primeras ediciones de los primeros libros que publicara, algún papel suelto y más. En aquel edificio, en el que Pessoa vivió sus últimos 15 años, se ha instalado la casa Fernando Pessoa. Fue inaugurada el 30 de noviembre del año 93 y entre sus principales propósitos se encuentra el de promover y fomentar tanto la obra del poeta como el gusto por la poesía.En la planta baja, se ha habilitado una sala en la que de momento todo son cuadros y obras que tienen al poeta como protagonista. Las hay para todos los gustos: pinturas al óleo y retratos a lápiz, perfiles o composiciones cubistas, caricaturas y bustos.En un pequeño mostrador de la sala se despachan camisetas con la silueta de Fernando Pessoa, graciosas esculturas de escayola de Fernando Pessoa, postales y llaveros de Fernando Pessoa, mecheros (¿me lo estaré inventando?) de Fernando Pessoa. También conservan en esta Casa -cuya austeridad nada tiene que ver con la ampulosidad de por ejemplo la de Juan Ramón Jiménez en Moguer: allí el visitante puede echarse unos minutos en la cama del poeta, y estar tentado -él- de probarse su pijama de rayas o -ella- las preciosas zapatillas con tacones de Zenobia (¿guardará alguno de los cajones de la cómoda preservativos que no llegaron a usar la pareja? ¿usaban preservativos?)- la exigua biblioteca de Fernando Pessoa, aumentada con otras publicaciones poéticas o estrictamente dedicadas al poeta. En le segundo piso está el cuarto donde habitó Pessoa. Se decidió dejarlo vacío para permitir a los visitantes que se lo imaginaran según su sensibilidad. Así pues, una pequeña placa te avisa de que estás pisando el lugar donde residió Pessoa, pero allí no queda nada. Ello no obsta par que se nos muestren los muebles que pertenecieron a Pessoa, en exposición permanente, entre ellos, como no podía ser de otra manera, la famosa cómoda donde Pessoa escribía de pie., donde le asaltaron los demonios de sus heterónimos impulsándole a multiplicarse y cantar los misterios del mundo con tan diversas voces. Un drama em gente, o quizás mejo, un drama en mente. A este respecto los pessoanos de Lisboa siguen discutiendo el reciente libro de Mario Saraiva cobre Pessoa como caso clínico, su distimia cíclica con sintomatológica alternancia de estados de depresión y explayamientos, sus alucinaciones constantes, su astrapefobia -fobia a los relámpagos- y su soledad como rechazo del resto del mundo.Pero la joya de la Casa de Fernando Pessoa es sin lugar a dudas el retrato espléndido que le hizo Almada Negreiros. Preside una pared alta junto a la que va subiendo la escalera de la biblioteca, de manera que se nos permite contemplarlo desde dos perspectivas distintas (dos o quince , dependiendo del punto de la escalera donde te detengas a mirarlo). Es una obra impresionante, de veras. Vista mil veces en ilustraciones se había hecho uno la idea de que se trataba de un cuadro pequeño, coqueto, doméstico. Nada de eso: es espectacular.La iconografía pessoana, de cualquier forma, también se ha trasplantado a algunas calles de Lisboa. En Rua Do Carmo, por ejemplo, hay un colegio cuyos muros exteriores han sido hermoseados por los alumnos que han dejado allí las imágenes de todos los heterónimos de Pessoa para regocijo de los cazadores de instantáneas. No mencionemos, en fin, los escaparates de tantas tiendas que muestran la efigie del poeta impresa en los más inverosímiles artículos(¿habré soñado haber visto su rostro en un pastel de nata, el bigotito hecho con dos líneas de chocolate?). Así pues la presencia del poeta en la ciudad es patente. Pero, ¿y de la ciudad en el poeta?Hay una regla, muy caprichosa y por ello nada científica ni fiable, que asegura que la producción de un escritor acerca de una ciudad será inversamente proporcional al número de años que residió en ella. O sea, que si uno vive un año en un lugar le dedicará un libro; si vive diez, no pasará de escribir algún artículo; y, si permanece en ella toda la vida, entonces, o bien se esfuerza en dedicarle un solo renglón, o bien le queda el recurso de escribir algún un poema. Pessoa no se pasó toda la vida encerrado en Lisboa, pero casi. Regresó a la ciudad en que nación en 1905, después de vivir en Durban, pues su madre se había casado con el cónsul de Portugal en Sudáfrica. A partir de esa fecha apenas se alejará de Lisboa en algún viaje corto y esporádico. Según la regla antes mencionada, Pessoa se habría de conformar con esparcir su relación con la ciudad a los largo de toda su obra, como de hecho así fue (si exceptuamos una pequeña guía para turistas que compuso con mano erudita). Es inevitable recordar, no obstante, un poema de 1926 que no en vano se titula Lisbon Revisited, conde como en tantos otros poemas suyos, se plasma el paradójico espíritu del poeta:Nada me une a nada.Quiero cincuenta cosas al mismo tiempo.Ansío con una angustia de hambre de carneLo que no sé qué sea:Definidamente por lo indefinido…Duermo inquieto y vivo en un sueño inquietoDe quien duerme inquieto, mitad soñando.
Sólo tres años antes de componer ese poema cuya estrofa más propicia a nuestros intereses dice,
Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-Transeúnte inútil de ti y de mí,Extranjero aquí como en todas partes,Tan casual en la vida como en el alma,Fantasma errante por los salones del recuerdoEnvuelto por el ruido de ratas y maderas que crujenEn el castillo maldito de tener que vivir…
Pessoa hizo escribir a su heterónimo Álvaro de Campos otra Lisboa revisitada que concluye entre admiraciones:
¡Oh cielo azul, el mismo de mi infancia!¡Eterna verdad vacía y perfecta!¡Oh suave Tajo, ancestral y mudo, pequeña verdad donde el cielo se refleja!¡Oh pena mía, de nuevo visitada, oh Lisboa de otro tiempo, hoy!Nada me dais, nada me quitáis, nada sois que yo me sienta.¡Dejadme en paz! No he de tardar, que nunca tardo…Y mientras tardan el Abismo y el Silencio ¡quiero estar conmigo a solas!
Como se ve, la Lisboa que patrocina la melancolía del poeta es una ciudad que ya no existe, pues aunque sea la misma que el poeta abandonó en su infancia son otros los ojos que ahora la miran: los de un extranjero aquí y en todas partes, los de un fantasma errante por los jardines del recuerdo.Pero no hemos de olvidar que Pessoa no se limitó a ser un poeta acosado por las dudas metafísicas. También fue un activista cultural y en cierta medida un ciudadano comprometido. Ayudó a fundar algunas revistas cuya importancia nadie cuestiona y en las que alojó producción suficiente como para que carezca de sentido esa superstición según la cual murió prácticamente inédito y olvidado. Provocó más de un escándalo al defender ideas que chocaban frontalmente con lo establecido. Es el caso, por ejemplo , del texto en que defendía al poeta homosexual Antonio Botto y un libro que había sido silenciado por la crítica. Ese texto se titulaba Antonio Botto y el ideal estético de Portugal y en 1922 produjo una serie de reacciones que pasaron a catalogarse como "polémica en Sodoma". Hay un volumen de las Obras de Pessoa que viene publicado en elegantes y austeros tomos de la Editorial Atica, dedicado a acoger las páginas de intervención de Fernando Pessoa, otro en el que se recogen textos sobre Portugal y otro más donde están elucubraciones de sociología política. No se encerró Pessoa en ninguna torre de marfil, y aunque es cierto que los problemas contemporáneos y los hechos circunstanciales de la actualidad política o literaria los utiliza como trampolines para arriesgar sus ejercicios de metafísica , es también evidente que la casi constante presencia del poeta en la vida intelectual portuguesa no nos deja decir que se encastilló entre sus fantasmas para mirar la vida como aquellos a los que la realidad que les rodea les trae al pairo.Pero va llegando la hora de despedir estas divagaciones en la ciudad de Pessoa. Cualquiera que plantease un itinerario siguiendo las huellas del poeta me recomendaría, después de conseguir mesa en Martinho de Arcada, visitar el panteón donde reposan los restos de Pessoa, en el Cementerio dos Prazeres, a las afueras de Lisboa. Pero, pues la ocasión lo exige rebajémonos a la cursilería, uno prefiere despedirse del poeta en ese lugar donde sus restos siguen palpitando contra el tiempo y la muere, o sea, en su versos, y así, lejos de la multiplicación de imágenes que ha padecido la figura convertida en mercancía y souvenir recluirse en su manera de mirar Lisboa:
Si de noche, acostado y despiertoEn la inútil lucidez de no poder dormir,quiero imaginarme alguna cosa (pero siempresurge otra, porque tengo sueño)quiero extender esa mirada con la que imaginohasta los grandes palmares fantásticos,no veo nada más,sobre una especie de lado de dentro de los párpados,que Lisboa con sus casasde varios colores.Sonrío, porque aquí acostado, eso es ya otra cosa.A fuerza de monotonía es diferente.Y a la fuerza de ser yo, duermo y me olvido de que existo.Queda sola sin mi, que olvido porque duermo,Lisboa con sus casasDe varios colores.
Publicado en AJOBLANCO 1996.
_____________________________________
Que quieres alma mia, Lisboa que quieres Alvaro de Campos
Vivemos separados! Ah, mas a alma,
Esta alma incerta, nunca forte ou calma,
Não se distrai de ti, nem bem nem tanto.
Sonho, histérico oculto, um vão recanto...
O rio Furness, que é o que aqui banha,
Só ironicamente me acompanha,
Que estou parado e ele correndo tanto... Tanto?
Sim, tanto relativamente...
Arre, acabemos com as distinções,
As subtilezas, o interstÃcio, o entre,
A metafÃsica das sensações —
Acabemos com isto e tudo mais...
Ah, que ânsia humana de ser rio ou cais!
¡Hace cuánto tiempo, Portugal, hace cuánto
Vivimos separados! Ah, pero el alma,
Este alma incierta, nunca fuerte o calma,
No se distrae de tÃ, ni bien ni tanto. Sueño,
histérico oculto, un vano rincón...
El rÃo Furness, que es lo que aquà baña,
Sólo irónicamente me acompaña,
Que estoy parado y él corriendo tanto...
¿Tanto? SÃ, tanto relativamente...
Arre, acabemos con las distinciones,
Las sutilezas, el intersticio, el entre,
La metafÃsica de las sensaciones —
Acabemos con esto y lo demás...
¡Ah, qué ansia humana de ser rÃo o muelle!
Ãlvaro de Campos
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AMOR 77 - Julio Cortazar
Amor 77
Y después de hacer todo lo que hacen,
se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten,
y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.
Y después de hacer todo lo que hacen,
se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten,
y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.
De Julio Cortazar.
1979
1979
un tal Lucas
miércoles, 25 de agosto de 2010
LAMENTO POR LA MUERTE DE PARSIFAL HOOLIG
LAMENTO POR LA MUERTE DE PARSIFAL HOOLIG
de Juan Gelman
empezó a llover vacas
y en vista de la situación reinante en el país
los estudiantes de agronomía sembraron desconcierto
los profesores de ingeniería proclamaron su virginidad
los bedeles de filosofía aceitaron las grampas de la razón intelectual
los maestros de matemáticas verificaron llorando el dos más dos
los alumnos de lenguaje inventaron buenas malas palabras
esto ocurrió al mismo tiempo
un oleaje de nostalgia invadía las camas del país
y las parejas entre sí se miraban como desconocidos
y el crepúsculo era servido en el almuerzo por padres y madres
y el dolor o la pena iba vistiendo lentamente a los chiquitines
y a unos se les caía el pecho y la espalda a otros y nada a los demás
y a Dios lo encontraron muerto varias veces
y los viejos volaban por el aire agarrados a sus testículos resecos
y las viejas lanzaban exclamaciones y sentían puntadas en la memoria o el olvido según
y varios perros asentían y brindaban con armenio coñac
y a un hombre lo encontraron muerto varias veces
junto a un viernes de carnaval arrancado del carnaval
bajo una invasión de insultos otoñales
o sobre elefantes azules parados en la mejilla de Mr. Hollow
o alrededor de alondras en dulce desafío vocal con el verano
encontraron muerto a ese hombre
con las manos abiertamente grises
y las caderas desordenadas por los sucesos de Chicago
un resto de viento en la garganta
25 centavos de dólar en el bolsillo y su águila quieta
con las plumas mojadas por la lluvia infernal
¡ah queridos!
¡esa lluvia llovió años y años sobre el pavimento de Hereby Street
sin borrar la más mínima huella de lo acontecido!
¡sin mojar ninguna de las humillaciones ni uno solo de los miedos
de ese hombre con las caderas revueltas tiradas en la calle
tarde para que sus terrores puedan mezclarse con el agua y pudrirse y terminar!
así murió parsifal hoolig
cerró los ojos silenciosos
conservó la costumbre de no protestar
fue un difunto valiente
y aunque no tuvo necrológica en el New York Times ni el Chicago Tribune se ocupó de él
no se quejó cuando lo recogieron en un camión del servicio municipal
a él y a su aspecto melancólico
y si alguno supone que esto es triste
si alguno va a pararse a decir que esto es triste
sepa que esto es exactamente lo que pasó
que ninguna otra cosa pasó sino esto
bajo este cielo o bóveda celeste
empezó a llover vacas
y en vista de la situación reinante en el país
los estudiantes de agronomía sembraron desconcierto
los profesores de ingeniería proclamaron su virginidad
los bedeles de filosofía aceitaron las grampas de la razón intelectual
los maestros de matemáticas verificaron llorando el dos más dos
los alumnos de lenguaje inventaron buenas malas palabras
esto ocurrió al mismo tiempo
un oleaje de nostalgia invadía las camas del país
y las parejas entre sí se miraban como desconocidos
y el crepúsculo era servido en el almuerzo por padres y madres
y el dolor o la pena iba vistiendo lentamente a los chiquitines
y a unos se les caía el pecho y la espalda a otros y nada a los demás
y a Dios lo encontraron muerto varias veces
y los viejos volaban por el aire agarrados a sus testículos resecos
y las viejas lanzaban exclamaciones y sentían puntadas en la memoria o el olvido según
y varios perros asentían y brindaban con armenio coñac
y a un hombre lo encontraron muerto varias veces
junto a un viernes de carnaval arrancado del carnaval
bajo una invasión de insultos otoñales
o sobre elefantes azules parados en la mejilla de Mr. Hollow
o alrededor de alondras en dulce desafío vocal con el verano
encontraron muerto a ese hombre
con las manos abiertamente grises
y las caderas desordenadas por los sucesos de Chicago
un resto de viento en la garganta
25 centavos de dólar en el bolsillo y su águila quieta
con las plumas mojadas por la lluvia infernal
¡ah queridos!
¡esa lluvia llovió años y años sobre el pavimento de Hereby Street
sin borrar la más mínima huella de lo acontecido!
¡sin mojar ninguna de las humillaciones ni uno solo de los miedos
de ese hombre con las caderas revueltas tiradas en la calle
tarde para que sus terrores puedan mezclarse con el agua y pudrirse y terminar!
así murió parsifal hoolig
cerró los ojos silenciosos
conservó la costumbre de no protestar
fue un difunto valiente
y aunque no tuvo necrológica en el New York Times ni el Chicago Tribune se ocupó de él
no se quejó cuando lo recogieron en un camión del servicio municipal
a él y a su aspecto melancólico
y si alguno supone que esto es triste
si alguno va a pararse a decir que esto es triste
sepa que esto es exactamente lo que pasó
que ninguna otra cosa pasó sino esto
bajo este cielo o bóveda celeste
LAMENTO POR EL ARBOLITO DE PHILIP
philip se sacó la camisa servil
llena de tardes de oficina y sonrisas al jefe
y asesinatos de su niño románticamente hablando
su niño operado cortado transplantado injertado
de bucólicas primaveras y Ginger Street volando alto verdadera
en la tarde de agosto gris
se quedó en pecho philip y cuando
se quedó en pecho hizo el recuento feliz de cuando:
le sacó la lengua al maestro (a espaldas del maestro)
le hizo la higa a la patria potestad (a espaldas de la patria potestad)
formó cuernitos con la mano contra toda invasión maternal (a espaldas
de toda invasión maternal)
se burló del ejército la iglesia (a espaldas del ejército la iglesia)
en general de cuando
ejerció su rebelde corazón (dentro de lo posible)
fortificó sus entretelas acostumbradas al vuelo (siempre que el tiempo lo permita)
engañó a su mujer (con permiso)
philip era glorioso en esas noches de whisky y hasta vino
exóticamente consumido con referencias a la costa del sol
una palabra encantadora lo retenía semanas y semanas a su alrededor
sol por ejemplo
o sol digamos
o la palabra sol
como si philip buscara lejos de la sociedad industrial
fuentes de luz fuentes de sombra fuentes
qué coraje hablar del sol
como suele ocurrir philip murió
una tarde lenta amarilla buena callada en los tejados
no hablaremos de cómo lo lloró su mujer (a sus espaldas)
o el ejército la iglesia ( a sus espaldas
o el mundo en particular y en general súbitamente de espaldas:
su viuda le plantó un arbolito sobre la tumba en Cincinnati
que creció bendecido por los jugos del cielo
y también se curvó
y si alguien piensa que lo triste es la vida de philip
fíjese en el arbolito le ruego
fíjese en el arbolito por favor
hay varias formas de ser mejor dicho
muchas formas de ser:
llamarse Hughes
hablar arameo mojarlo con té
estallar contra la tristeza del mundo
pero a ustedes les pido que se fijen
en el curvado arbolito
tiernamente inclinado sobre philip
su pecho en pena en piel como se dice
ni un pajarito nunca
philip se sacó la camisa servil
llena de tardes de oficina y sonrisas al jefe
y asesinatos de su niño románticamente hablando
su niño operado cortado transplantado injertado
de bucólicas primaveras y Ginger Street volando alto verdadera
en la tarde de agosto gris
se quedó en pecho philip y cuando
se quedó en pecho hizo el recuento feliz de cuando:
le sacó la lengua al maestro (a espaldas del maestro)
le hizo la higa a la patria potestad (a espaldas de la patria potestad)
formó cuernitos con la mano contra toda invasión maternal (a espaldas
de toda invasión maternal)
se burló del ejército la iglesia (a espaldas del ejército la iglesia)
en general de cuando
ejerció su rebelde corazón (dentro de lo posible)
fortificó sus entretelas acostumbradas al vuelo (siempre que el tiempo lo permita)
engañó a su mujer (con permiso)
philip era glorioso en esas noches de whisky y hasta vino
exóticamente consumido con referencias a la costa del sol
una palabra encantadora lo retenía semanas y semanas a su alrededor
sol por ejemplo
o sol digamos
o la palabra sol
como si philip buscara lejos de la sociedad industrial
fuentes de luz fuentes de sombra fuentes
qué coraje hablar del sol
como suele ocurrir philip murió
una tarde lenta amarilla buena callada en los tejados
no hablaremos de cómo lo lloró su mujer (a sus espaldas)
o el ejército la iglesia ( a sus espaldas
o el mundo en particular y en general súbitamente de espaldas:
su viuda le plantó un arbolito sobre la tumba en Cincinnati
que creció bendecido por los jugos del cielo
y también se curvó
y si alguien piensa que lo triste es la vida de philip
fíjese en el arbolito le ruego
fíjese en el arbolito por favor
hay varias formas de ser mejor dicho
muchas formas de ser:
llamarse Hughes
hablar arameo mojarlo con té
estallar contra la tristeza del mundo
pero a ustedes les pido que se fijen
en el curvado arbolito
tiernamente inclinado sobre philip
su pecho en pena en piel como se dice
ni un pajarito nunca
cantó o lloró sobre ese árbol
verde todo inclinado
inclinado
verde todo inclinado
inclinado
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