los libros o textos enunciados existen en el acto de concebirlos, en el momento que precede a la creación.Poco importa que ese momento no llegue nunca, pertenecen ahora a la bibloteca de mi memoria. DAMASCENO MONTEIRO
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martes, 13 de mayo de 2008
Argentina, más aislada que nunca
Argentina, más aislada que nunca
La tercera potencia latinoamericana ha perdido peso internacional. Mantiene un sorprendente conflicto con Uruguay, se desentiende de la crisis de Bolivia, se aleja de Estados Unidos y se escribe poco con España
FERNANDO GUALDONI 13/05/2008
Argentina está sola. Su relación con Venezuela la ha alejado de Estados Unidos, un conveniente socio y aliado. A Bolivia le ha dado la espalda cuando más la necesitaba y su amistad íntima con Uruguay pasa por su peor momento. Poco a poco, Brasil le ha arrebatado todo su poder de influencia regional y con España, la madre patria, apenas si se escribe. El peor efecto a largo plazo de la crisis de 2001 para Argentina ha sido su desaparición del mundo. El país suramericano ha descuidado dos ejes clave de su política exterior: el fortalecimiento del Mercosur y las relaciones con la Unión Europea, ha perdido peso en los foros internacionales y ningún líder mundial se muere por visitarlo. En marzo, la secretaria de Estado de EE UU, Condoleezza Rice, ignoró sin rodeos a Argentina en una visita que hizo a Brasil y Chile.
A la falta de una estrategia en política exterior se ha unido el carácter huraño del matrimonio que lleva en el poder desde 2003. Al ex presidente Néstor Kirchner no le importaban las relaciones internacionales, llegaba el último a casi todas las cumbres donde Argentina tenía algo que decir y se iba el primero. Kirchner es un economicista obseso que no se da cuenta de que la tercera potencia latinoamericana no puede sobrevivir sola y que debe tener una posición sobre los temas que se debaten en su región y el mundo. Lo triste es que con el modelo continuista de su esposa Cristina Fernández, presidenta desde diciembre, tampoco recuperará el lugar que por historia y cultura se merece.
Argentina tuvo una clara oportunidad para hacerse un hueco entre las voces que pesan en la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) de 2003 en Cancún. El país, representado entonces por Martín Redrado, fue parte del grupo que plantó cara a los Estados desarrollados en la lucha por un comercio más equitativo. Allí estaba Argentina, junto a Brasil, India, China y Suráfrica; y la prensa mundial quería saber lo que estos países pensaban. Allí estaba Redrado, junto al ministro de Exteriores brasileño Celso Amorín, la tarde en que el quinteto apoyó a los Gobiernos africanos para echar por tierra una cumbre a la que la UE y EE UU acudieron no sin cierta prepotencia. Argentina y Suráfrica no supieron aprovechar el tirón de popularidad que les dio la cita de México y se cayeron del cartel, mientras que Brasil echó mano de su maquinaria diplomática para lograr que le invitaran a los grandes foros internacionales y China e India se afianzaron como las potencias emergentes que eran. Para la cumbre de la OMC de Hong Kong de finales de 2005 ya sólo importaron las opiniones de Amorín y del ministro indio de Comercio, Humayun Khan. El titular de Exteriores argentino, Jorge Taiana, apareció en alguna de las últimas ruedas de prensa sentado en un extremo de la fila de conferenciantes muy molesto.
Durante el mandato de Néstor Kirchner, Argentina forjó una gran alianza con Venezuela que le valió para firmar contratos de suministro energético, colocar bonos de deuda pública al Estado venezolano y hasta para salvar de la quiebra a una empresa láctea. Pero como otro gran aliado de Venezuela es Irán, Kirchner no dudó en enfrascarse en una feroz batalla dialéctica y judicial con Teherán para evitar una confrontación con Washington y para aplacar la ira de la comunidad judía argentina, segura de que los iraníes han estado detrás de los atentados contra la embajada israelí en 1992 y una mutua médica judía en 1994 que costaron más de 100 vidas. Mientras Kirchner juega a quedar bien con todos, la diplomacia argentina le da la espalda a la crisis que vive Bolivia.
A pesar de que el país andino se sitúa al borde de la guerra civil, Buenos Aires desaprovecha la histórica influencia que tiene sobre La Paz y no hace nada para aliviar una situación que amenaza con desestabilizar toda la región. La política exterior argentina hacia Bolivia siempre se ha esforzado por sacar a La Paz de la órbita de Brasilia y atraerla hacia Buenos Aires. Basta recordar que el presidente Juan Perón accedió a comprar gas boliviano a principios de los setenta no por razones económicas sino estratégicas, para ayudar a Bolivia. Estos acuerdos se mantuvieron tanto durante las dictaduras de Jorge Videla y Hugo Bánzer como ya en las democracias de Raúl Alfonsín y Hernán Siles Suazo. Recientemente, la diplomacia argentina ha decidido ocuparse de la crisis boliviana. Pero ya no sola: Brasil y Colombia también participan en la mediación entre el Gobierno de Evo Morales y las provincias del Oriente, ricas en gas y petróleo.
Incapaz de hacer algo por Bolivia, el Gobierno argentino se enfrasca a tiempo completo en un sorprendente conflicto: la pugna con Uruguay por la construcción de papeleras en la margen uruguaya del río fronterizo. La evolución de este conflicto es probablemente el mejor ejemplo de la inexistencia de una estrategia de política exterior y de la propia crisis de representación interna que vive Argentina, en la que no hay ningún partido que cuestione la marcha de la diplomacia. Entre finales de los ochenta, cuando Uruguay hace pública su intención de crear una zona de reforestación para producir pasta de celulosa, y febrero de 2005, cuando el ex presidente Jorge Battle autoriza a la empresa finlandesa Botnia a construir la segunda planta de pasta de celulosa (con una inversión de 1.200 millones de dólares, la mayor recibida jamás por el país, y la perspectiva de crear cientos de miles de empleos), apenas se mentó el asunto de las papeleras. Durante todo ese tiempo, más de 15 años, ésta fue una cuestión que ambos países supieron gestionar sin mayores inconvenientes.
A partir de abril de 2005, cuando el Gobierno del socialista Tabaré Vázquez ratifica el compromiso uruguayo con las papeleras, la situación desbarra hasta convertirse en el agrio conflicto que ha llegado hasta la Corte de La Haya. Las organizaciones de ambientalistas y los gobiernos municipales y provinciales llenaron el vacío dejado por el Gobierno central en política exterior. Kirchner, por puro populismo, respaldó a estos grupos y Argentina acabó por convertir en papel mojado el tratado del río Uruguay de 1975 y el tratado de Asunción de 1991 que garantiza la libre circulación de bienes y personas en el área del Mercosur, permitiendo el bloqueo sistemático de la frontera fluvial. Era desconcertante ver al ex presidente Kirchner hacer una férrea defensa del medio ambiente cuando de las más de 200 leyes presentadas por su Ejecutivo al Congreso durante su mandato sólo un par fueron de protección ambiental. Mientras Buenos Aires buscaba la condena internacional de los planes uruguayos, Montevideo no paraba de cosechar respaldos a su proyecto.
Cristina Fernández hereda de su marido el conflicto con Uruguay y lo aviva. En su discurso de toma de posesión de diciembre de 2007 la presidenta trata a los uruguayos como hermanos y al mismo tiempo les acusa de violar los tratados internacionales. El presidente Vázquez estaba en la ceremonia, así que las declaraciones como poco pueden calificarse de inoportunas. No es de extrañar que tras este conflicto Uruguay se plantee dejar de ser miembro del Mercosur para convertirse en "asociado" y tener vía libre para negociar un acuerdo de libre comercio con Washington. Poco después de este desplante, otra crisis demostró el poco talante diplomático argentino. La presidenta ordena al Parlamento "repudiar la ofensa" de EE UU porque durante una investigación de las autoridades estadounidenses salta la sospecha de que Fernández ha recibido financiación para su campaña de parte del presidente venezolano Hugo Chávez.
En Europa poco se recuerda la existencia argentina excepto por sus excelentes futbolistas y porque visitar hoy Buenos Aires es barato gracias a la fortaleza del euro. Cristina Fernández pasó recientemente por París sin pena ni gloria. Al volver prefirió reunirse con la modelo Naomi Campbell que contarle a la prensa qué acuerdos clave para Argentina había cerrado con Francia. A España como presidenta aún no ha viajado y, aunque mantiene una relación cordial con el Gobierno de Zapatero, ni el mundo político ni el empresarial español le echan de menos. Tras su paso como candidata en julio del año pasado, a nadie le quedó claro cuál era el proyecto político, económico y social de Fernández. Casi un año después lo que entonces fueron dudas ha dado paso a la indiferencia.
© Diario EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
© Prisacom S.A. - Ribera del Sena, S/N - Edificio APOT - Madrid [España] - Tel. 91 353 7900
La tercera potencia latinoamericana ha perdido peso internacional. Mantiene un sorprendente conflicto con Uruguay, se desentiende de la crisis de Bolivia, se aleja de Estados Unidos y se escribe poco con España
FERNANDO GUALDONI 13/05/2008
Argentina está sola. Su relación con Venezuela la ha alejado de Estados Unidos, un conveniente socio y aliado. A Bolivia le ha dado la espalda cuando más la necesitaba y su amistad íntima con Uruguay pasa por su peor momento. Poco a poco, Brasil le ha arrebatado todo su poder de influencia regional y con España, la madre patria, apenas si se escribe. El peor efecto a largo plazo de la crisis de 2001 para Argentina ha sido su desaparición del mundo. El país suramericano ha descuidado dos ejes clave de su política exterior: el fortalecimiento del Mercosur y las relaciones con la Unión Europea, ha perdido peso en los foros internacionales y ningún líder mundial se muere por visitarlo. En marzo, la secretaria de Estado de EE UU, Condoleezza Rice, ignoró sin rodeos a Argentina en una visita que hizo a Brasil y Chile.
A la falta de una estrategia en política exterior se ha unido el carácter huraño del matrimonio que lleva en el poder desde 2003. Al ex presidente Néstor Kirchner no le importaban las relaciones internacionales, llegaba el último a casi todas las cumbres donde Argentina tenía algo que decir y se iba el primero. Kirchner es un economicista obseso que no se da cuenta de que la tercera potencia latinoamericana no puede sobrevivir sola y que debe tener una posición sobre los temas que se debaten en su región y el mundo. Lo triste es que con el modelo continuista de su esposa Cristina Fernández, presidenta desde diciembre, tampoco recuperará el lugar que por historia y cultura se merece.
Argentina tuvo una clara oportunidad para hacerse un hueco entre las voces que pesan en la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) de 2003 en Cancún. El país, representado entonces por Martín Redrado, fue parte del grupo que plantó cara a los Estados desarrollados en la lucha por un comercio más equitativo. Allí estaba Argentina, junto a Brasil, India, China y Suráfrica; y la prensa mundial quería saber lo que estos países pensaban. Allí estaba Redrado, junto al ministro de Exteriores brasileño Celso Amorín, la tarde en que el quinteto apoyó a los Gobiernos africanos para echar por tierra una cumbre a la que la UE y EE UU acudieron no sin cierta prepotencia. Argentina y Suráfrica no supieron aprovechar el tirón de popularidad que les dio la cita de México y se cayeron del cartel, mientras que Brasil echó mano de su maquinaria diplomática para lograr que le invitaran a los grandes foros internacionales y China e India se afianzaron como las potencias emergentes que eran. Para la cumbre de la OMC de Hong Kong de finales de 2005 ya sólo importaron las opiniones de Amorín y del ministro indio de Comercio, Humayun Khan. El titular de Exteriores argentino, Jorge Taiana, apareció en alguna de las últimas ruedas de prensa sentado en un extremo de la fila de conferenciantes muy molesto.
Durante el mandato de Néstor Kirchner, Argentina forjó una gran alianza con Venezuela que le valió para firmar contratos de suministro energético, colocar bonos de deuda pública al Estado venezolano y hasta para salvar de la quiebra a una empresa láctea. Pero como otro gran aliado de Venezuela es Irán, Kirchner no dudó en enfrascarse en una feroz batalla dialéctica y judicial con Teherán para evitar una confrontación con Washington y para aplacar la ira de la comunidad judía argentina, segura de que los iraníes han estado detrás de los atentados contra la embajada israelí en 1992 y una mutua médica judía en 1994 que costaron más de 100 vidas. Mientras Kirchner juega a quedar bien con todos, la diplomacia argentina le da la espalda a la crisis que vive Bolivia.
A pesar de que el país andino se sitúa al borde de la guerra civil, Buenos Aires desaprovecha la histórica influencia que tiene sobre La Paz y no hace nada para aliviar una situación que amenaza con desestabilizar toda la región. La política exterior argentina hacia Bolivia siempre se ha esforzado por sacar a La Paz de la órbita de Brasilia y atraerla hacia Buenos Aires. Basta recordar que el presidente Juan Perón accedió a comprar gas boliviano a principios de los setenta no por razones económicas sino estratégicas, para ayudar a Bolivia. Estos acuerdos se mantuvieron tanto durante las dictaduras de Jorge Videla y Hugo Bánzer como ya en las democracias de Raúl Alfonsín y Hernán Siles Suazo. Recientemente, la diplomacia argentina ha decidido ocuparse de la crisis boliviana. Pero ya no sola: Brasil y Colombia también participan en la mediación entre el Gobierno de Evo Morales y las provincias del Oriente, ricas en gas y petróleo.
Incapaz de hacer algo por Bolivia, el Gobierno argentino se enfrasca a tiempo completo en un sorprendente conflicto: la pugna con Uruguay por la construcción de papeleras en la margen uruguaya del río fronterizo. La evolución de este conflicto es probablemente el mejor ejemplo de la inexistencia de una estrategia de política exterior y de la propia crisis de representación interna que vive Argentina, en la que no hay ningún partido que cuestione la marcha de la diplomacia. Entre finales de los ochenta, cuando Uruguay hace pública su intención de crear una zona de reforestación para producir pasta de celulosa, y febrero de 2005, cuando el ex presidente Jorge Battle autoriza a la empresa finlandesa Botnia a construir la segunda planta de pasta de celulosa (con una inversión de 1.200 millones de dólares, la mayor recibida jamás por el país, y la perspectiva de crear cientos de miles de empleos), apenas se mentó el asunto de las papeleras. Durante todo ese tiempo, más de 15 años, ésta fue una cuestión que ambos países supieron gestionar sin mayores inconvenientes.
A partir de abril de 2005, cuando el Gobierno del socialista Tabaré Vázquez ratifica el compromiso uruguayo con las papeleras, la situación desbarra hasta convertirse en el agrio conflicto que ha llegado hasta la Corte de La Haya. Las organizaciones de ambientalistas y los gobiernos municipales y provinciales llenaron el vacío dejado por el Gobierno central en política exterior. Kirchner, por puro populismo, respaldó a estos grupos y Argentina acabó por convertir en papel mojado el tratado del río Uruguay de 1975 y el tratado de Asunción de 1991 que garantiza la libre circulación de bienes y personas en el área del Mercosur, permitiendo el bloqueo sistemático de la frontera fluvial. Era desconcertante ver al ex presidente Kirchner hacer una férrea defensa del medio ambiente cuando de las más de 200 leyes presentadas por su Ejecutivo al Congreso durante su mandato sólo un par fueron de protección ambiental. Mientras Buenos Aires buscaba la condena internacional de los planes uruguayos, Montevideo no paraba de cosechar respaldos a su proyecto.
Cristina Fernández hereda de su marido el conflicto con Uruguay y lo aviva. En su discurso de toma de posesión de diciembre de 2007 la presidenta trata a los uruguayos como hermanos y al mismo tiempo les acusa de violar los tratados internacionales. El presidente Vázquez estaba en la ceremonia, así que las declaraciones como poco pueden calificarse de inoportunas. No es de extrañar que tras este conflicto Uruguay se plantee dejar de ser miembro del Mercosur para convertirse en "asociado" y tener vía libre para negociar un acuerdo de libre comercio con Washington. Poco después de este desplante, otra crisis demostró el poco talante diplomático argentino. La presidenta ordena al Parlamento "repudiar la ofensa" de EE UU porque durante una investigación de las autoridades estadounidenses salta la sospecha de que Fernández ha recibido financiación para su campaña de parte del presidente venezolano Hugo Chávez.
En Europa poco se recuerda la existencia argentina excepto por sus excelentes futbolistas y porque visitar hoy Buenos Aires es barato gracias a la fortaleza del euro. Cristina Fernández pasó recientemente por París sin pena ni gloria. Al volver prefirió reunirse con la modelo Naomi Campbell que contarle a la prensa qué acuerdos clave para Argentina había cerrado con Francia. A España como presidenta aún no ha viajado y, aunque mantiene una relación cordial con el Gobierno de Zapatero, ni el mundo político ni el empresarial español le echan de menos. Tras su paso como candidata en julio del año pasado, a nadie le quedó claro cuál era el proyecto político, económico y social de Fernández. Casi un año después lo que entonces fueron dudas ha dado paso a la indiferencia.
© Diario EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
© Prisacom S.A. - Ribera del Sena, S/N - Edificio APOT - Madrid [España] - Tel. 91 353 7900
lunes, 12 de mayo de 2008
D I N A S T I A
Dinastía
ALMUDENA GRANDES 12/05/2008
Está siempre en la peluquería y nunca en su despacho... Hay inflación y lo niega, el campo está ardiendo y lo niega, no hay gasolina en los surtidores y lo niega, ésa es su forma de gobernar, negarlo todo... Oíme, es él quien manda, el que recibe a los ministros, el que hace declaraciones, el que gobierna, Néstor, su marido...
Llevo una semana en Buenos Aires y, aunque he venido a la Feria del Libro, todo el mundo me habla de Cristina. Fernández de Kirchner, naturalmente. Me gustaría más que la identificaran con su apellido, como a Merkel, pero parece que ella no ayuda mucho. Soy consciente de que quienes alegan que ningún presidente varón, ni siquiera un hombre de elegancia tan dudosa como Menem, generó una hostilidad semejante a la que padece esta mujer guapa, con buen tipo, a la que le gusta arreglarse e ir bien vestida, llevan razón. Pero también comprendo a quienes replican que para este viaje no hacían falta alforjas. Si una mujer llega a la presidencia para que gobierne su marido, mejor que no llegue nunca, dicen, y es cierto.
Siempre he pensado que el poder es una avidez que impone sus propias reglas y trasciende todos los límites. También los de género. La sonrosada creencia en la capacidad femenina para suavizar y sensibilizar el gobierno que todavía hoy siguen predicando muchas mujeres, dedicadas o no a la política, me irrita sobremanera. Más triste me parece, sin embargo, que algunas lleguen a la presidencia sin haberla conquistado por y para ellas, como instrumentos de una estrategia dinástica que sólo pretende perpetuar a sus familias en el poder. Pero lo que no puedo aceptar es el escándalo de quienes critican estas nuevas dinastías democráticas como si no vivieran en una democracia tutelada por una vieja dinastía monárquica. Porque la herencia es la herencia, y ni Néstor ni Cristina han inventado nada.
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ALMUDENA GRANDES 12/05/2008
Está siempre en la peluquería y nunca en su despacho... Hay inflación y lo niega, el campo está ardiendo y lo niega, no hay gasolina en los surtidores y lo niega, ésa es su forma de gobernar, negarlo todo... Oíme, es él quien manda, el que recibe a los ministros, el que hace declaraciones, el que gobierna, Néstor, su marido...
Llevo una semana en Buenos Aires y, aunque he venido a la Feria del Libro, todo el mundo me habla de Cristina. Fernández de Kirchner, naturalmente. Me gustaría más que la identificaran con su apellido, como a Merkel, pero parece que ella no ayuda mucho. Soy consciente de que quienes alegan que ningún presidente varón, ni siquiera un hombre de elegancia tan dudosa como Menem, generó una hostilidad semejante a la que padece esta mujer guapa, con buen tipo, a la que le gusta arreglarse e ir bien vestida, llevan razón. Pero también comprendo a quienes replican que para este viaje no hacían falta alforjas. Si una mujer llega a la presidencia para que gobierne su marido, mejor que no llegue nunca, dicen, y es cierto.
Siempre he pensado que el poder es una avidez que impone sus propias reglas y trasciende todos los límites. También los de género. La sonrosada creencia en la capacidad femenina para suavizar y sensibilizar el gobierno que todavía hoy siguen predicando muchas mujeres, dedicadas o no a la política, me irrita sobremanera. Más triste me parece, sin embargo, que algunas lleguen a la presidencia sin haberla conquistado por y para ellas, como instrumentos de una estrategia dinástica que sólo pretende perpetuar a sus familias en el poder. Pero lo que no puedo aceptar es el escándalo de quienes critican estas nuevas dinastías democráticas como si no vivieran en una democracia tutelada por una vieja dinastía monárquica. Porque la herencia es la herencia, y ni Néstor ni Cristina han inventado nada.
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domingo, 11 de mayo de 2008
Porque soy contador,
Porque soy contador,
y de vulgares modos,
y visto simplemente,
y si miro una estrella
o una flor,
la miro como todos,
“Los versos no son de él –dice la gente—
Se los escribe ella”
Asi es, así es:
¡Yo soy la inútil hiedra
Enredada a tus pies ¡
Azules, verdes, rojos,
Tú los versos me das
en cubitos de piedra
de tus ojos
Yo los armo, no más
JOSE PEDRONI
y de vulgares modos,
y visto simplemente,
y si miro una estrella
o una flor,
la miro como todos,
“Los versos no son de él –dice la gente—
Se los escribe ella”
Asi es, así es:
¡Yo soy la inútil hiedra
Enredada a tus pies ¡
Azules, verdes, rojos,
Tú los versos me das
en cubitos de piedra
de tus ojos
Yo los armo, no más
JOSE PEDRONI
La calle del agujero en la media
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
Raúl González Tuñón
La calle del agujero en la media (1930)
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
Raúl González Tuñón
La calle del agujero en la media (1930)
La continuidad de los parques
La continuidad de los parques
JUAN CRUZ - Buenos Aires - 06/05/2008
REPORTAJE: Buenos Aires | CRÓNICAS DE LA VIDA (I)
Por la mañana, en la Biblioteca Miguel Cané, donde leía Jorge Luis Borges hasta que Juan Domingo Perón lo convirtió en perito en aves, había un grupo de niños que visitaba el lugar donde el entonces joven funcionario le robaba tiempo al trabajo para escribir sus relatos, sus poemas e incluso sus libros.
Ninguno de ellos -eran chicos menores de seis años- sabría ni siquiera que Borges fue ciego, o Borges tan siquiera. Tampoco sabrán que su ciudad es acaso una de las ciudades más cultas del mundo, donde (de nuevo) florecen las librerías y donde (esto lo ha dicho Alfredo Alcón) aplauden a los actores en la calle y no les cobran en los taxis.
De ese Buenos Aires raro que no sale habitualmente en los medios (para los medios, y eso es inevitable, Buenos Aires es la que padece los humos de los agricultores, fue para ignominia de nuestro tiempo la ciudad emblema de los tiranos, y más recientemente fue la capital de los corralitos, y ahora vuelve a ser el centro principal de la deuda histórica) salieron gente como Borges, como Ernesto Sábato y como Julio Cortázar, en el último siglo, y es ahora una de las grandes capitales del cine en español, fue el centro en el que se fijó el mundo cuando empezó a hablarse de la cultura del siglo XX, y ha desatado una literatura pasada y presente sin la que resulta imposible concebir la lengua culta castellana.
A pesar de que todo eso verdad, el peso de las tragedias (y la que causaron los militares es la más dramática, la más dura e incomprensible) no ha dejado ver el bosque, así que uno transita por esta sucesión de parques y de barrios y de librerías y de teatros abiertos o en reconstrucción (el Colón estará abierto otra vez en 2010, lo están refaccionando) preguntándose, en efecto, como todo el mundo, y como Borges en su tiempo, cómo fue posible aquella bota militar sobre la conciencia y la vida de la ciudad y del país, y como fueron posibles la complicidad y el silencio.
Por la tarde, ante La Biela, el bar vecino de Adolfo Bioy Casares, el contertulio perpetuo de Borges, un periodista argentino, Hernán Brienza, me comentaba la vergüenza interior, la hipocresía, que estuvo detrás de la reacción pública ante el fenómeno más cruel e incomprensible desatado por la dictadura: los desaparecidos. Desaparecían a la gente, y así parecía que limaban la culpa, no existían los muertos o los asesinados, eran desaparecidos, otra cosa.
En casa de Tomás Eloy Martínez, el escritor que tanto ha novelado a Perón, y a Evita, y que ha estado ahora viendo, con espanto, documentales en los que aquellos asesinos entrenados para hacer desaparecer explican tranquilamente el intríngulis de su fechoría, volvimos a hablar del asunto, esa terrible pregunta: ¿cómo fue posible?
Y por las calles, mientras uno pasea la quietud que regalan la ciudad y Borges, por ejemplo, cuya presencia es cada vez más grande, singular y frondosa en la cultura argentina, porque es un referente a veces risueño para entender a los porteños y a los argentinos en general, las preguntas sobre cómo pudo haber sucedido son como el índice de una enorme enciclopedia de la infamia.
Pero está la ciudad, claro, y esa memoria gris no la puede ensombrecer, no podrá. Después de haber estado en la Biblioteca Miguel Cané, que era como ir al pasado donde aun no se vislumbraba el horror que luego ya marca el territorio con su luz de interrogatorio, Javier Martínez (el responsable cultural de las bibliotecas, e hijo de Tomás Eloy, precisamente) nos llevó a un pequeño café, el Café Margot, del barrio de Boedo, donde está la Miguel Cané, y allí se nos juntó Josefina Delgado, la responsable cultural de la municipalidad bonaerense, escritora y gestora, en cuya tarjeta figura Subsecretaria del Patrimonio Cultural.
Estuvimos hablando de Borges, como no, y de los escritores, de los argentinos y de los de cualquier parte, y surgieron las anécdotas famosas o desconocidas del gran autor de Ficciones. Josefina refrescó una que subraya bien cómo el gran ciego de Buenos Aires reaccionaba ante la mezquindad que conoció tan de cerca. Cuando ya su fama era más europea que argentina, porque en Argentina aún no le reconocía ni Dios, Borges apareció una enciclopedia, y un compañero de trabajo le dijo:
- Mirá, Borges, uno que se llama como vos.
- Ah, sí, asintió Borges, mirá vos la coincidencia.
En el escritorio donde Borges leía, en esa biblioteca, tuve la paciencia de ir anotando, verso a verso, la mitad de un largo poema con el que Borges conmemoraba (en 1978) los nueve años que pasó en la Miguel Cané, hasta 1955, cuando Perón hizo efectiva su cruel represalia y lo convirtió en inspector de huevos y de aves. Decía Borges, en Las dos catedrales: "En esa biblioteca de Almagro Sur/ compartimos la rutina y el tedio/ y la morosa clasificación de los libros/ según el orden decimal de Bruselas/ y me confiaste tu curiosa esperanza/ de escribir un poema que observara,/ verso por vero, estrofa por estrofa,/ las divisiones y las proporciones/ de la remota catedral de Chartres/ (que tus ojos de carne no vieron nunca)/ y que fuera del coro y las naves, / el ábside, el altar y las torres./ Ahora, amigo, estás muerto".
En el Café Margot, que en Madrid sería una reliquia y que aquí es uno de los numerosos cafés que se conserva como si sobre la ciudad y sobre sus barrios y sobre sus parques no hubiera pasado el tiempo, hablamos otra vez de Borges, de la persecución que sufrió cuando lo señaló Perón, cómo lo vigilaban en las conferencias y en la calle, y uno se imagina a aquel hombre indefenso ("Ahora, amigo, estás muerto") imaginando catedrales que sus ojos de carne jamás verían, imaginando ficciones que fueron las ficciones del siglo, y cómo no volver a preguntarse cómo es posible que tanta oscuridad haya ocultado la luz tranquila, insuperable, pero herida, de la ciudad de los parques y de las grandes avenidas y de los libros, la ciudad de Buenos Aires.
© Diario EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
© Prisacom S.A. - Ribera del Sena, S/N - Edificio APOT - Madrid [España] - Tel. 91 353 7900
JUAN CRUZ - Buenos Aires - 06/05/2008
REPORTAJE: Buenos Aires | CRÓNICAS DE LA VIDA (I)
Por la mañana, en la Biblioteca Miguel Cané, donde leía Jorge Luis Borges hasta que Juan Domingo Perón lo convirtió en perito en aves, había un grupo de niños que visitaba el lugar donde el entonces joven funcionario le robaba tiempo al trabajo para escribir sus relatos, sus poemas e incluso sus libros.
Ninguno de ellos -eran chicos menores de seis años- sabría ni siquiera que Borges fue ciego, o Borges tan siquiera. Tampoco sabrán que su ciudad es acaso una de las ciudades más cultas del mundo, donde (de nuevo) florecen las librerías y donde (esto lo ha dicho Alfredo Alcón) aplauden a los actores en la calle y no les cobran en los taxis.
De ese Buenos Aires raro que no sale habitualmente en los medios (para los medios, y eso es inevitable, Buenos Aires es la que padece los humos de los agricultores, fue para ignominia de nuestro tiempo la ciudad emblema de los tiranos, y más recientemente fue la capital de los corralitos, y ahora vuelve a ser el centro principal de la deuda histórica) salieron gente como Borges, como Ernesto Sábato y como Julio Cortázar, en el último siglo, y es ahora una de las grandes capitales del cine en español, fue el centro en el que se fijó el mundo cuando empezó a hablarse de la cultura del siglo XX, y ha desatado una literatura pasada y presente sin la que resulta imposible concebir la lengua culta castellana.
A pesar de que todo eso verdad, el peso de las tragedias (y la que causaron los militares es la más dramática, la más dura e incomprensible) no ha dejado ver el bosque, así que uno transita por esta sucesión de parques y de barrios y de librerías y de teatros abiertos o en reconstrucción (el Colón estará abierto otra vez en 2010, lo están refaccionando) preguntándose, en efecto, como todo el mundo, y como Borges en su tiempo, cómo fue posible aquella bota militar sobre la conciencia y la vida de la ciudad y del país, y como fueron posibles la complicidad y el silencio.
Por la tarde, ante La Biela, el bar vecino de Adolfo Bioy Casares, el contertulio perpetuo de Borges, un periodista argentino, Hernán Brienza, me comentaba la vergüenza interior, la hipocresía, que estuvo detrás de la reacción pública ante el fenómeno más cruel e incomprensible desatado por la dictadura: los desaparecidos. Desaparecían a la gente, y así parecía que limaban la culpa, no existían los muertos o los asesinados, eran desaparecidos, otra cosa.
En casa de Tomás Eloy Martínez, el escritor que tanto ha novelado a Perón, y a Evita, y que ha estado ahora viendo, con espanto, documentales en los que aquellos asesinos entrenados para hacer desaparecer explican tranquilamente el intríngulis de su fechoría, volvimos a hablar del asunto, esa terrible pregunta: ¿cómo fue posible?
Y por las calles, mientras uno pasea la quietud que regalan la ciudad y Borges, por ejemplo, cuya presencia es cada vez más grande, singular y frondosa en la cultura argentina, porque es un referente a veces risueño para entender a los porteños y a los argentinos en general, las preguntas sobre cómo pudo haber sucedido son como el índice de una enorme enciclopedia de la infamia.
Pero está la ciudad, claro, y esa memoria gris no la puede ensombrecer, no podrá. Después de haber estado en la Biblioteca Miguel Cané, que era como ir al pasado donde aun no se vislumbraba el horror que luego ya marca el territorio con su luz de interrogatorio, Javier Martínez (el responsable cultural de las bibliotecas, e hijo de Tomás Eloy, precisamente) nos llevó a un pequeño café, el Café Margot, del barrio de Boedo, donde está la Miguel Cané, y allí se nos juntó Josefina Delgado, la responsable cultural de la municipalidad bonaerense, escritora y gestora, en cuya tarjeta figura Subsecretaria del Patrimonio Cultural.
Estuvimos hablando de Borges, como no, y de los escritores, de los argentinos y de los de cualquier parte, y surgieron las anécdotas famosas o desconocidas del gran autor de Ficciones. Josefina refrescó una que subraya bien cómo el gran ciego de Buenos Aires reaccionaba ante la mezquindad que conoció tan de cerca. Cuando ya su fama era más europea que argentina, porque en Argentina aún no le reconocía ni Dios, Borges apareció una enciclopedia, y un compañero de trabajo le dijo:
- Mirá, Borges, uno que se llama como vos.
- Ah, sí, asintió Borges, mirá vos la coincidencia.
En el escritorio donde Borges leía, en esa biblioteca, tuve la paciencia de ir anotando, verso a verso, la mitad de un largo poema con el que Borges conmemoraba (en 1978) los nueve años que pasó en la Miguel Cané, hasta 1955, cuando Perón hizo efectiva su cruel represalia y lo convirtió en inspector de huevos y de aves. Decía Borges, en Las dos catedrales: "En esa biblioteca de Almagro Sur/ compartimos la rutina y el tedio/ y la morosa clasificación de los libros/ según el orden decimal de Bruselas/ y me confiaste tu curiosa esperanza/ de escribir un poema que observara,/ verso por vero, estrofa por estrofa,/ las divisiones y las proporciones/ de la remota catedral de Chartres/ (que tus ojos de carne no vieron nunca)/ y que fuera del coro y las naves, / el ábside, el altar y las torres./ Ahora, amigo, estás muerto".
En el Café Margot, que en Madrid sería una reliquia y que aquí es uno de los numerosos cafés que se conserva como si sobre la ciudad y sobre sus barrios y sobre sus parques no hubiera pasado el tiempo, hablamos otra vez de Borges, de la persecución que sufrió cuando lo señaló Perón, cómo lo vigilaban en las conferencias y en la calle, y uno se imagina a aquel hombre indefenso ("Ahora, amigo, estás muerto") imaginando catedrales que sus ojos de carne jamás verían, imaginando ficciones que fueron las ficciones del siglo, y cómo no volver a preguntarse cómo es posible que tanta oscuridad haya ocultado la luz tranquila, insuperable, pero herida, de la ciudad de los parques y de las grandes avenidas y de los libros, la ciudad de Buenos Aires.
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