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sábado, 12 de mayo de 2007

WWW.FPESSOA.COM.AR .::. Sobre el Sitio

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Depus A Máscara

Depus a máscara e vi-me ao espelho. —
Era a criança de há quantos anos.
Não tinha mudado nada...
É essa a vantagem de saber tirar a máscara.
É-se sempre a criança,
O passado que foi A criança.
Depus a máscara, e tornei a pô-la.
Assim é melhor, Assim sem a máscara.
E volto à personalidade como a um términus de linha.


Depuse la máscara y me vi al espejo. —
Era el niño de hace cuántos años.
No había cambiado nada...
Es esa la ventaja de saber sacar la máscara.
Se es siempre el niño, El pasado que fue El niño.
Depuse la máscara, y volví a ponerla.
Así es mejor, Así sin la máscara.
Y vuelvo a la personalidad como a un términus(*) de línea.

L I S B O N

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Luis B. Nuñez - Lisbon, revisited 1935

Luis B. Nuñez - Lisbon, revisited 1935


El sol del medio día de enero, se refleja en las tejas de las casas blancas y en el río azul.Qué decir del cielo!. La ciudad está más Lisboa que nunca. El Castelo de San Jorge domina brillante también entre las construcciones vecinas.El habitante del primer piso de la Rua Coelho da Rocha 16, tiene otra visión de este día. Gris y cansado.Las vigilias de tantas noches, muestran a sus enrojecidos ojos: su maltrecho y abandonado presente.Desde que murió su tía, vive solo en las dos salas. Terminaron sus continuos traslados de pensiones y hoteluchos, pero su interior sigue de mudanza.Domingo largo y monótono, es de nunca acabar. Se ha quedado sin cigarrillos. Solo quedan algunos pitillos en los platos de la cocina. Va hacia la ventana, desde allí se ven las desiertas veredas. La portera del edificio, va a visitar a sus parientes de Benfica. Alves no ha venido a abrir la cigarrería, tampoco el almacén de la esquina esta abierto La Brasileira es su única salida. Pero a qué ir a ese lugar un domingo. Sus amigos y las tertulias de los días de semana no estarán hoy. Qué es lo que le hace pensar que todos ellos, sus amigos están hoy fingiendo: ser buenos padres y esposos amantes?. Vuelve de la ventana a la sala donde en el alto escritorio su maquina espera. Cuando comienza a escribir y descansa su pie izquierdo sobre uno de los baúles de debajo del escritorio, no sabe sí esta en lo de Fonseca o en la Rua Coelho 16.Oye pasar un tranvía en camino al final del recorrido: Los Plazzeres. Domingo sin tertulias, cigarros y vino.Desde el atalaya, una ventana, una colina mas de Lisboa, vigila el movimiento del Hospital. En la plazoleta del frente, el busto de Wellington es también pálido testigo del día interminable. Pereira, su medico en él ultimo reconocimiento al estudiar la radiografía, señalando la mancha en el hígado dijo, es dura y seca como esa estatua. No tenemos solución, definitivamente no.


La carta que escribe en el alto escritorio, para su amigo Monteiro, lo aparta de la nada y de la nausea que vuelve y lo ahoga. Alves no llegará. No obstante este dominical ánimo, ayer con la visita de su barbero, se había sentido un poco dandy y joven como en la lejana Dubron. Allí definió que iba a ser un poeta ingles.La carta a Monteiro es todo un hecho que lo hace sentir tal vez esperanzado. Ha podido concluirla y ha escrito como hace tiempo no lo hace. Le explica en ese correo su plan de publicaciones para ese año y la génesis del “drama de gentes”. El drama que duerme debajo de su escritorio, en los papeles dentro de los baúles. Su saudade de sentirse entendido y otra vez niño. Otro año terminado en cinco que traerá dolor pero esta vez paz, alguien le dijo en lo de de Martihno da Arcada “Descansa, pocos te llorarán”.La carta son sus pensamientos que precipitadamente se escriben, tal cual salen de su afiebrada cabeza. Las palabras brotan como en una charla, solitaria tertulia en la sala del frente junto a la ventana. La vieja Royal. En ella golpea las palabras, la angustia, también el plan de escribir que no lo abandonó nunca.Escribir de pie sobre su elevado escritorio es un habito que viene de lejos. Tal vez su trabajo en oficinas comerciales de la Baixa o el despacho de bebidas de Fonseca en la calle Do Ouro. Sus bolsillos con notas y apuntes que dibuja en servilletas que luego pasará a maquina en su casa o en la oficina son el resultado de sus ultimos dias desquisiados. .La carta de ese 13 de enero es todo para el, en su domingo y solitaria tertulia.Para su buena administración le pide a Monteiro que avise lo antes posible, cuando la reciba..Prepara un sobre, que pone con la carta en un bolsillo de su chaqueta. Esta cuelga del picaporte de la ventana. No debe olvidar despacharla mañana. Los últimos años han sido muy duros, ahora desearía tener una entrada regular, para remediar su situación. Tal vez así podrá escribir y ordenar algunos de sus papeles y sacar al fin una publicación decente.Enciende la radio que dejó su tía. Se escuchan canciones inglesas. El ingles es su idioma y desde joven en las colonias quiso ser un poeta ingles.. Ya se lo ha escrito a su amigo. Pero solo es un poeta portugués.

La voz canta:NO MATTER WHAT THE FUTURE BRINGS, AS TIME GOES BY.Qué traerá el mañana? Ya dentro de sus propios versos, finge tan completamente; que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente.Ahora vivo, nadie verá esos papeles de los arcones.AS TIME GOES BY.Va a la cocina, saca un pitillo del plato de restos y trata de encenderlo. Llena una copa del ultimo vino que queda en la casa. THE LAST DRINK, THE BIGINING OF THE END.Unos meses después el poeta, en una cama del Hospital San Luis de los franceses, espera el final. Pide papel, lápiz, anteojos y escribe su ultimo verso, la triste hoja del libro caído de su vida.I KNOW NOT WHAT THE FUTURE WILL BRING.Fue en el momento de despedirse del mundo, cansado, incluso cansado del cansancio, que comprendía que nunca había podido ser nada en la vida porque estaba condenado a fracasar en todo; al final, para comenzar a vivir tenia que comenzar por morir. La ceremonia fue discreta y las lagrimas escasas o ningunas. Estaban en el lunes lluvioso en Los Plazzeres, algunos viejos compañeros, un joven admirador, dos de sus patrones, su amigo el barbero. Este fue el principio.

viernes, 11 de mayo de 2007

Juan Carlos Onetti

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Juan Carlos Onetti

Juan (Una charla con Dolly de Onetti)

“ ‘Puedo ver en sueños, por lo menos, el rostro de lo que no sé’, repetía ella.”
Juan Carlos Onetti, La Vida Breve.


A pesar de los cinco minutos de retraso, el sujeto se detuvo en la cresta de su prisa a mirar el edificio. Finalmente había llegado. Una calle y un ascensor lo separaban del lugar que había deseado visitar, con indecisa avidez, desde hacía muchos años. Los carriles de alta velocidad de la avenida América rugían bajo sus pies. El polvo y el sol de ese verano madrileño, que golpeaban las paredes y los parasoles verdes, le daban al edificio un aspecto de fatiga. Su afán de llegar a ese lugar había surgido años atrás, cuando leyó una noti-cia que decía que su amigo se encontraba recluido en un apartamento del que ya nunca salía. Desde entonces, el sujeto se propuso ir a buscarlo. La única pista que tenía era el nombre de una avenida. A un océano de distancia había intentado inútilmente averiguar la dirección exacta. Su idea era escribirle una carta ineludible. A lo largo de los meses, el sujeto redactó mentalmente centenares de versiones de la carta. Sabía que su amigo era algo huraño, que no accedía fácilmente a las visitas. En la carta le hablaría de lo mucho que significaban para él todos sus libros, le diría que él también escribía, le diría que era periodista y que quería visitarlo —pero no para hacerle una entre-vista—, que su única ambición era poder darle un abrazo, saber que era real, cru-zar con él unas palabras sobre el clima o sobre el tráfico. Pero el amigo había muerto antes de que el sujeto pudiera darle vida a su sueño de viajar a visitarlo. La carta ni siquiera fue escrita. El hombre se había ido sin saber que en un perdido pueblo de ultramar, llamado Cartagena, alguien car-garía para siempre con el peso de no haberle agradecido esa lucha nocturna y so-litaria a la que tanto le debía. En el cruce de la avenida América con la calle Cartagena, el sujeto pensó en las paradojas de la vida. Imaginó lo que habría sentido si su amigo siguiera vivo en ese apartamento que asomaba su penacho vegetal en el último piso. Pensó en los derrotados de los libros de su amigo y se acercó al edificio. "Juan Carlos Onetti vive en el octavo piso", le informó el joven vigilante, in-consciente de la herida que causaba con aquello que decía, dando a entender con su entusiasmo que sabía la importancia del hombre del piso octavo. "Tome usted el ascensor. Queda al final del pasillo." Antes de sonar el timbre, el sujeto miró el gastado tapete de fique frente a la puerta. Pensó que tal vez su amigo se había limpiado allí los zapatos la última vez que entró para nunca más salir. Miró su reloj. También esto sucedía a la hora de los sueños. Pensó que ya poco le importaba llegar un poco tarde a esa cita, cuando su retraso verdadero era casi de año y medio.
* * *
“¿Qué signo sos?”, preguntó la mujer, desenfadada, argentina y fuerte. “Géminis”, dijo el sujeto, sin terminar de hacerse a la idea de que estaba en el apartamento de su amigo. “¿Géminis? ¡Qué bien! También yo soy géminis. Estoy segura de que vamos a entendernos”. Estaban sentados en la mesa del comedor. El sujeto tenía al frente un venta-nal que daba a la terraza, a las plantas con algunas flores obstinadas a pesar de la furia del verano. A un lado estaba la sala, silenciosa, llena de libros. Y a su espal-da, la muda palpitación del cuarto. “Juan es cáncer”, dijo la mujer, en un presente que hacía más notoria la pre-sencia en el cuarto. “Tiene mucho de su signo. Le gustan los espacios cerrados, protegidos. Una vez que se mete en un sitio ya no quiere salir”. A pesar del gris que la envuelve, en su cabello revuelto y con vestigios de amarillo, en sus ojos claros, en su camisa azul pálido, es fácil apreciar la sobria belleza que acompañó al amigo durante muchos años. Se levanta, mueve con pasos vivaces y casi saltarines su cuerpo de bas-quetbolista. Trae un paquete con las últimas fotos que le tomaron a Onetti. Son unas fotos extrañas, de atmósfera triste y pesada, entre sábanas y almohadas. Su mirada es la de un hombre tremendamente digno que ha vivido demasiado. “Juan conocía mucho a la gente. Con sólo ver a una persona unos minutos ya sabía cómo era y qué pensaba...” Dolly se interrumpe, una ceniza roja se apodera de sus ojos, tiene un nudo en la garganta. “Cuando Juan murió me buscaron para hacerme entrevistas pero yo no quise hablar... Pero en fin, yo sé que debo hacerlo. He estado viendo a un psicólogo y me ha dicho que soy afortunada, que tengo todo lo que él escribió, que muchos se van sin dejar nada.” Mira las fotos sobre la mesa, dice sin fuerzas: “Quitalas”. El sujeto las recoge, las oculta de su vista. “Juan hablaba poco de su infancia. Era como un tesoro que no quería que nadie conociera. Sus padres se querían muchísimo. Aún después de veinte años de casados, su padre seguía llevándole flores a su madre, eran como recién casa-dos. Juan siempre lamentó que sus padres hubieran muerto sin conocer sus libros. Creo que sólo alcanzaron a ver el primero”. “Juan supo que escribiría desde muy niño. Es curioso, porque yo siento que Juan escribió bien desde el principio, desde 'El Pozo'. Muchos van evolucionando y van llegando, pero yo siento que Juan era profundo desde los diecinueve años”. “Había leído mucho desde niño. La madre venía y apagaba la luz de noche y él seguía con una vela. En su casa había un armario enorme, uno de esos muebles antiguos, y Juan se metía allí con su gato y el libro que estaba leyendo, y se que-daba horas y horas. Él siempre tuvo esa cosa de encerrarse, que es un poco de los de cáncer, como después se encerró ahí adentro”. Mira hacia el cuarto. Se llena de valor para seguir. “También hacía la rabona en el colegio y se iba a la biblioteca y leía todo Julio Verne, las cosas de los niños...”. El sujeto piensa que a través del dolor de la mujer está sintiendo la presencia de su amigo. Después de la muerte de Onetti había decidido que, igual, iría hasta el lugar donde él había vivido, que a través de Dolly, la violinista de la sinfónica de Madrid, su compañía definitiva, la mujer de sus últimos treinta años, podría estar cerca de él. Piensa en los lazos que los unieron, en lo mucho que su amigo debía conocer a esa mujer, él que tanto conocía esa insólita mezcla de ternura y de fiereza que hay en una mujer. “Juan siempre estuvo entre mujeres. Cuando tenía doce años se iba donde las ‘minas’ y se sentaba en una sillita a mirarlas, hasta que una se acercaba y le decía: ‘Vení, mocoso’ ”. "Me acuerdo de Alcina, un amigo de él, a quien le dedicó Bienvenido Bob. Ellos vivieron juntos en Buenos Aires, cuando eran muy jóvenes y, mientras Juan se anudaba la corbata para salir de noche, el otro le decía: ‘¿Y esta noche qué va a ser? ¿Una rubia? ¿Una morena?’ ”. “En aquel tiempo Juan vivía al tope, con los amigos, con la tertulia. Tuvo una linda época en Buenos Aires, conoció a Roberto Arlt, era un hombre muy nocturno”. “Cuando nos conocimos en Buenos Aires él estaba escribiendo La vida bre-ve y un día me dijo: ‘Te metiste en mi novela’. Así fue, en la novela apareció una violinista que no tenía mucho que ver con el resto de la historia." “Cuando llegué a Montevideo quedé enloquecida. Salía con Juan y con sus amigos, con toda esa gente tan brillante —por algo le decían a Montevideo la Suiza de América— y yo lo que hacía era quedarme con la boca cerrada escu-chando todo esto, que era maravilloso...”. Dolly es incapaz de quedarse mucho tiempo sentada. Siempre hay algo que la obliga a levantarse: una nueva cerveza, una vecina que ha venido a que le presten el teléfono, el deseo de mostrar todas las ediciones de los libros de Onetti —y en todos los idiomas a que han sido traducidas— que guarda en el cajón su-perior del mueble del comedor. “El Astillero y Juntacadáveres los escribió en Montevideo. Juntacadáveres lo empezó en Buenos Aires y un día iba para su casa —para llegar a su aparta-mento debía recorrer un corredor muy largo— y dice que cuando iba por el co-rredor le vino a la mente toda la historia de El Astillero. Supongo que ya la tenía medio metida, pero ahí se le reveló todo y se entusiasmó tanto que dejó Juntaca-dáveres y escribió El Astillero más o menos de un tirón. Lo terminó en Montevi-deo, donde nos fuimos a vivir, y como en esa época no publicaba así no más, porque no era conocido, decidió mandarlo a un concurso en Buenos Aires. Yo se lo copié todo a máquina. Me acuerdo que trabajaba medio día de secretaria y, con el permiso de los jefes, lo pasé a máquina dentro de la oficina porque tenía muy poco que hacer. Entonces lo mandé y cometí un error —no me di cuenta— al po-ner la dirección de Montevideo. Yo no había visto que las bases decían que había que vivir en Buenos Aires.” “El jurado decidió que había que darle el premio, pero cuando vieron el so-bre lo descalificaron. Entonces lo publicaron, pero sin premio... La primera edición de El Astillero es bellísima." Mira pensativa el mueble del comedor. No recuerda si allá arriba está guar-dada esa edición. “Juan conoció El Astillero. Estaba en la Boca, cerca de Buenos Aires, era el astillero en ruinas del que habla en su novela. Allí también vio a la mujer de la casilla, era una mujer muy flaca que le impresionó mucho. Era una mujer de di-nero que lo había dejado todo por irse a vivir allí con un hombre”. “¿Recuerdas la escena en que Larsen huye aterrado de esa mujer, cuando va a dar a luz? Juan siempre decía que era injusto traer hijos a sufrir. Juan no fue ni padre ni abuelo, siempre vivió alejado de sus hijos y de sus nietos. Su primera separación fue muy dolorosa, lo afectó mucho alejarse de su hija de tres años”.
* * *
“Juan solía escribir los viernes en la noche. Como él siempre fue muy noc-turno, por su trabajo como periodista, prefería escribir en las horas de la noche, y los viernes eran especiales”. “A veces, los viernes en la tarde, nos poníamos a hablar y yo veía que él es-taba con la atención en otro lado. Entonces le decía: ‘Ya estás novelando’, y él reía”. “No necesitaba muchas cosas para escribir. Guardaba y le divertía mucho una caricatura de un hombre que se asomaba por la puerta de un iglú, en el polo norte, y le decía a su esposa: ‘aquí tampoco soy capaz de escribir’ ”. “Él simplemente se sentaba, con una copa de vino y con sus cuadernos, y es-cribía. Juan siempre escribió a mano, decía que sentía mucho mejor lo que de-cía”. Dolly se acerca hasta el mueble del comedor y abre uno de los cajones infe-riores. Allí, donde era de esperar una vajilla, hay un mar de cuadernos enormes, cada uno con una etiqueta: Dejemos hablar al viento, Cuando entonces. La últi-ma novela, Cuando ya no importe, fue escrita en una agenda. La letra es clara, amplia, espaciada, una rítmica mezcla de curvas y ángulos. El sujeto pasa sus manos por las hojas, siente, se asoma a las noches de viernes de su amigo. "Juan tenía una letra clarísima. Tú vez que escribía cada letra, letra por letra. Él decía que mientras más lento iba mejor, porque le daba tiempo para ir buscan-do las palabras. Cuando le hablaban de su adjetivación, de la forma como encon-traba la palabra justa, Juan decía: ‘Me da tiempo, por lo despacio que lo hago’ ”. En la primera hoja del cuaderno donde empieza la novela Dejemos hablar al viento, el sujeto encuentra unas misteriosas iniciales. Dolly explica: “Son las ini-ciales de una oración a la Virgen. Cuando Juan escribía algo que le gustaba, reza-ba esa oración. Es curioso, a pesar de que nunca fue muy religioso, Juan siempre tuvo algo especial con la Virgen”. El sujeto piensa en Santa María, en ese pueblo universo cuyo nombre ahora entiende mejor. “Juan era inmensamente feliz cuando escribía. Contento no es la palabra. Se pasaba la noche entera con su cuaderno y al día siguiente me decía: ‘Tenés que trabajar’ y entonces me daba el libro para que lo pasara a máquina. Luego hacía sus correcciones, aunque hacía muy pocos cambios”. “El último libro lo armamos un poco entre el hijo de Juan —Jorge, que se vino a vivir a España hace unos diez años— y yo, porque Juan estaba bastante mal y no tenía muchas ganas”. “Cuando le preguntábamos por un capítulo, decía: ‘pónganlo donde quie-ran’. Yo le decía: ‘no, porque esto tiene un orden’ ”. “Yo creo que él hizo a propósito un capítulo, no sé si te acuerdas, en el que dice que vino como un viento y se llevó todo y las hojas cayeron. Era una manera de decir: ‘Bueno, si está todo desordenado, qué importa’ ”. “Después de la novela, Juan siguió escribiendo —hizo como unas ochenta páginas— pero esto sólo fue un rebote. Estaba escribiendo y seguía escribiendo hasta que realmente se puso mal y no podía más”. “Odiaba...”, Dolly vuelve a conmoverse, vuelve a forcejear con el nudo de su garganta, “...odiaba la vejez. Él amaba a la gente joven, en el comienzo de la vida”. “Hay una parte, creo que en Los niños en el bosque, donde habla de una es-calinata en una universidad, no me acuerdo muy bien cómo era, y decía: “el im-pulso de tirar a un viejo por unas escaleras, porque es viejo...”. “Odiaba la decrepitud, lo que hacía la vida con el cuerpo de uno, la injusti-cia...”. “A veces pienso que deberíamos empezar por la muerte y volver, todo hacia atrás, hacia el nacimiento”. Al final de estas palabras, el sujeto termina de admitir lo que se negaba a admitir, que a veces, en un giro de voz, en una confluencia breve de luces y de sombras, le parece estar viendo, en Dolly, el rostro de su amigo. Como si ella fue-ra un espejo que lo siguiera reflejando.
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“A Juan lo que más le importó, en cuanto a sus libros, fue poder publicar en Gallimard, y lo logró. Había leído todo Proust en Gallimard, en una edición ma-ravillosa y para él, llegar a esa editorial, era el summum del escritor. Estando acá se habló de hacer una obra de Juan con Gallimard y, aunque ellos querían un contrato largo, Carmen Balcells le dijo a Juan que resistiera para que sólo fuera por cinco años (Juan la adoraba, le mandaba flores, le dedicó el último libro, igual que el Gabo). Bueno, lo cierto es que Juan resistió y al final consiguieron los cinco años y se hizo la edición con Gallimard”. “A Juan también le gustó mucho la edición de Aguilar de sus obras comple-tas, que ahora no son para nada completas. Quería mucho esa edición, la tenía bien guardadita ahí, que nadie se la llevara y muchas veces miraba sus hojas del-gaditas y sus tapas marrones”. “Ese libro, la biblia y su diccionario de sinónimos eran los que siempre tenía cerca”. “La introducción era de Rodríguez Monegal, que murió también. Lo que pa-sa es que todos se mueren, todos... todos se van yendo”.
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“Él había hecho como un pequeño Uruguay dentro de esa habitación: con los amigos que venían, con la prensa uruguaya, con las llamadas telefónicas. Uruguay era un recuerdo constante y Juan no miraba otra ciudad, podría decirse que nunca estuvo del todo en España, a pesar de los casi veinte años que llevá-bamos aquí”. “Una vez vino una periodista que, después de mucho insistir, al final llegó a Juan y él le dijo: ‘Bueno, hija, qué quieres’, y ella le dijo: ‘Quiero que me diga qué es lo que siente por Madrid, ¿le gusta la ciudad?’ Juan le contestó: ‘Pues has venido en vano porque no conozco la ciudad’ ”. “Juan leía cuando iba a cualquier lado. En el auto, en el tren, en el avión... donde íbamos leía. No miraba nada, no se enteraba. Lo único que conocía de acá era esta cuadra. Cuando salíamos, íbamos ahí abajo a un restaurante y cenába-mos. Ahí no más, no quería ir más lejos. Allí todo el mundo lo conocía, cenába-mos con los amigos uruguayos, con todo el que caía”. “Juan no conocía la ciudad. Yo le hablaba de las calles cuando escribió Pre-sencia, uno de sus últimos cuentos, que tenía que ver un poco con Madrid —se trataba de un detective que tenía que encontrar una persona que realmente no existía porque estaba presa en Uruguay—, él me preguntaba por nombres de ca-lles para ponerlas, porque no sabía”.
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“Cuando Juan estuvo preso en Uruguay —por formar parte de un jurado que premió un cuento que el gobierno consideró peligroso—, pensamos que se iba a morir, se deprimió muchísimo y no comía. Juan tenía unas depresiones terribles. Yo hablaba con psicólogos, les preguntaba qué podía hacer. Juan sólo aceptó una vez hablar con un psicólogo, era un tío de Eduardo Galeano, hablaron largo rato y le recetó unos medicamentos”. “Cuando pudimos sacarlo de la cárcel, en el 75, y nos vinimos a España, Juan estaba deshecho”. “Por fortuna le ofrecieron escribir un artículo periodístico mensual y todos le ayudábamos a buscar temas y se fue entusiasmando nuevamente con su trabajo”. “Juan no vivió de sus libros, ni siquiera cuando nos vinimos para acá. Sólo después de recibir el Premio Cervantes, en 1980, fue cuando se hizo más famoso y pudimos comprar este piso y un par de oficinas”. “Juan no quiso volver a Montevideo porque odiaba viajar y porque muchos de sus amigos habían muerto”. “Las últimos días leyó más bien revistas —uruguayas y argentinas—, pero poco, porque ya no tenía fuerzas. También tuve que comprarle libros más livia-nos porque se cansaba de sostenerlos y la vista no le ayudaba mucho”.
* * *
"Vení a ver mi terraza", dice Dolly, desahogada, contenta por haber podido hablar. Explica el método que utilizó para seguir regando las matas durante el viaje a Holanda e Inglaterra que acaba de hacer con su hermana: la enorme man-guera negra que recorre las macetas y deja caer en cada una chorritos mínimos. Puede decirse que su jardín, a pesar de ese verano de temperaturas criminales, es una de las zonas más verdes de Madrid. El verde rodea todo el piso, se asoma por la ventana de la sala y arroja su bullicio vital a la atmósfera de la sala y el cuarto. Dolly recuerda que a las cinco tiene un ensayo y entra apurada a la sala. “¿Querés comer algo?” Vuelve a mirar las fotos. “Saqué muchas copias de todo esto para el homenaje a Juan que harán en octubre en Uruguay. Trabajé como tres semanas sacando copias láser de las casi setenta fotos que tengo de Juan”. Mira con ternura la cansada ternura del hombre de las fotos. “A Juan le han sacado tantas fotos. Pobrecito, lo han martirizado con las fo-tos y las entrevistas. Siempre le preguntaban lo mismo. Una vez vino alguien a saludarlo y a decirle que lo admiraba mucho, que no había leído nada suyo pero que lo admiraba mucho, ¿te imaginás?” “Antes de venir los periodistas les decía: ‘Está bien, hablamos, pero nada de fotos’ ”. “Las mejores fotos se las sacó una argentina, era fabulosa. Juan se reía con ella, le decía cosas, le mandaba piropos y estaba muy distendido. A Juan le gus-taba hablar con chicas periodistas, antes de recibirlas me preguntaba: ‘¿Y es bo-nita?’ ”. Se queda atrapada nuevamente por las últimas fotos, por ese rostro de niño maltrecho que no se resigna a ser vencido. “A Juan no le gustaban estas fotos, decía que estaba muy viejo. Juan de jo-ven era maravilloso”. Va a la cocina, vuelve, practica algo de solfeo, abre uno de los cajones del comedor en el que sí hay una vajilla, pone unos platos en la mesa. “No me gusta mirarlas mucho porque se gastan, dejan de ser él y se vuelven simples fotos”. Vuelve a la cocina, deja al sujeto solo en el comedor, inhalando esa atmósfe-ra que pronto va a dejar, mirando los libros de los estantes, las novelas policiacas, pensando que lo mejor era no ver ese cuarto y marcharse con la idea de que el amigo seguía allí dormitando y quizá había escuchado y aprobado o censurado algunas de las cosas que se dijeron esa tarde. “Me alegro cuando alguien me muestra fotos de Juan que no conozco”, dice Dolly desde la cocina. “Me gusta que me cuenten cosas de él que yo no sé”. Regresa, mira el rostro conmovido del sujeto que ha venido a visitarla, su temblor de orfandad. Toma un osito de tela del estante de los libros y se lo entrega. “Tomá”, le dice, maternal, sonriente, vieja amiga del dolor y la tristeza. “Llevá este recuerdo de Onetti”.
Madrid, agosto de 1995.

Una flor amarilla en Montparnasse

Una flor amarilla en Montparnasse

“El día en que morimos no cantan ruiseñores, ni nos sostiene en sus brazos el amor, ni las cuentas están bien saldadas”.
John Keats

“But I know by now why did you sit here in the grave”.
Dolores O’Riordan


Julio Cortazar


¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Llamar a esto y aquello dormir y despertar. Y a eso otro llamarlo cuarto de hotel y al color azul claro que se ve por la ventana llamarlo, con un júbilo tranquilo, el cielo de París, el cielo de la última mañana de París, cielo del fin de un sueño del que será posible regresar a la vigilia con flores y cuadernos, con recuerdos y ampollas que los meses irán desdibujando. Por un momento el sujeto consideró la idea de no levantarse, de no moverse de esa cama por el resto de su vida: perder el desayuno del hotel, perder esa mañana, perder el tren de las seis de la tarde que debía conducirlo a Madrid, perder su nombre para siempre, la vida vivida hasta ese entonces. Pero el teléfono lo sacó del ensueño de vacío y una voz con cierto aire de disgusto soltó una retahíla en la que sólo pudo comprender las palabras neuf y déjeuner. Recordó la insólita insistencia del primer día, en la recepción del hotel Celtic, para que estuviera en el comedor cada mañana antes de las nueve, comprendió que si no se apuraba perdería el desayuno que de todas maneras ya había pagado, y a esas alturas del viaje no podía darse el lujo de perder ese café, ese gigante pan con mantequilla y mermelada. Al tratar de ponerse de pie comprendió la magnitud de su cansancio: llevaba treinta días de caminatas bestiales por ciudades de España y de Francia, sorbiendo con apetito insaciable los paisajes de esas tierras que quedaban muy lejos de su casa. La última semana se había dedicado a devorar grandes porciones de París ignorando la queja pronunciada paso a paso por sus pies. En cierta forma, su viaje había terminado, ahora sólo le restaba hacer un par de cosas en París, marcharse luego hasta la Gare d'Austerlitz, tomar el tren que iba a Madrid y, de allí, montarse en un avión para mirar la llanura monótona del mar, imaginando las tortuosas peripecias de los primeros viajeros que surcaron esas aguas hace apenas cinco siglos. "Un par de cosas y ya está", pensó. “Las flores deben ser de un amarillo proverbial”. Sonrió al comprender que con sólo una semana ya tenía asuntos y gestiones para hacer, como cualquier otro habitante de París.
* * *
Comenzó, si es que comienzan las cosas de la vida —si no son una larga serpiente de causas y efectos que se muerde la cola—, durante aquellos días en que el hombre de las flores era un muchacho tímido que cumplía sus deberes escolares y tenía disponibles muchas horas en las tardes y los fines de semana. El mundo era pequeño y conocido, empezaba a la orilla de la cama, se extendía por la casa, abarcaba unas seis cuadras y llegaba hasta el lugar donde estudiaba. A veces se le abrían horizontes que acababan en telones luminosos o en estantes donde el joven exploraba en busca de los libros que leía por las tardes y en los fines de semana. El ritual era preciso y agradable. La biblioteca pública era inmensa y el carnet de lector eran las llaves del paraíso. El muchacho caminaba sin rodeos hasta la vasta sección 863 y allí se dedicaba a hojear y sopesar libros y libros. Tardó poco en comprender que el nombre del autor era importante, que unas aguas secretas y comunes se movían a lo largo de los libros de un mismo hombre. El primero fue un abogado de Nantes que escribió mucho, sus libros ocupaban dos filas de un estante y detrás de cada título se abrían enigmas apasionantes, situaciones extremas, problemas insolubles que encontraban soluciones milagrosas y absolutamente razonables. Con él viajó por el espacio en un pedazo de tierra que fue arrastrado por un cometa, con él perdió la vista y volvió a recuperarla en las inhóspitas estepas siberianas, y fue de él que recibió las primeras noticias sobre el mar. Pero como la curiosidad era insaciable, como ningún mundo —por rico que fuera— resultaba suficiente, un día el muchacho decidió alejarse por un tiempo de los libros del abogado de Nantes y buscó por otros lados. Así llegó a sus manos La isla al mediodía, que parecía ser una historia sobre náufragos y el mar, dos temas que ya habían empezado a obsesionarle. Y ese mismo día por la tarde —al leer los extrañísimos relatos del autor que acababa de encontrar— comprendió que también él, que también toda aquella gente que veía en el colegio o en el cine, todos esos rostros que encontraba por las calles o mirando en los estantes, eran náufragos, y que la soledad era su mar.
* * *
La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada. (Julio Cortázar, “La isla al mediodía”)
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Y al primer cuento le siguió otro y al primer libro le siguió otro —una novela, un libro collage— y cada nuevo libro era un hallazgo decisivo, también una admiración más grande e incondicional. Y en los libros de aquel hombre no sólo estaba el mar. Había también casas tomadas y hombres que huyen para siempre y fuegos hermanados en el tiempo y conejitos brotando temblorosos por gargantas, ensuciando con su inocencia la casa en Buenos Aires de una graciosa señorita que está en París. Y también estaba París, con el Club de la Serpiente, con la mujer que murió en el río, con sus hoteles y sus peceras, con callejones por donde un tipo insignificante se escabullía hacia otra vida. París con sus cantantes tristes y sus magas perdidas, con sus paraguas destrozados y sus flores amarillas. Y, cuando quiso saber más del autor de aquellos libros, descubrió que el tal Cortázar —así se llamaba: Julio Cortázar— era argentino y que hacía muchos años vivía y deambulaba por París.
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Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos en una frase de clochard, de una buhardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo. (Julio Cortázar, “Rayuela”)
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Entonces empezó a soñar con ir un día hasta París —París ovillo, París tornillo, París metáfora existencial—, con el único propósito de ver al escritor de aquellos libros, estrechar su mano de gigante viejo y niño, y tratar de decirle en pocas frases lo que significaban para él todos sus libros. Adquirió la costumbre de leer a Cortázar acompañado con un mapa de París. Con el sueño del viaje agazapado, buscaba en el mapa cada calle o plaza que encontraba en sus novelas y relatos, y se movía cada vez con más confianza por aquella ciudad imaginaria.
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“Aquí había sido primero como una sangría, un vapuleo de uso interno, una necesidad de sentir el estúpido pasaporte de tapas azules en el bolsillo del saco, la llave del hotel bien segura en el clavo del tablero. El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así, eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír, más allá de esa calle empieza el Jardin de Plantes. París, una tarjeta postal con un dibujo de Klee, al lado de un espejo sucio. La Maga había aparecido una tarde en la rue du Cherche Midi, cuando subía a mi pieza de las rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque (Julio Cortázar, “Rayuela”)
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Pero el viejo no pudo seguir arrastrando con el niño, Cortázar murió mucho antes de que ese lector agradecido y transformado pudiera viajar hasta París a visitarlo. Y a pesar de que el muchacho llegó a escribir un libro sobre él, la idea de ese viaje empezó a diluirse con los años y el mapa de París terminó por extraviarse entre cajones y mudanzas.
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Sólo al subir por la rampa y alcanzar la superficie de madera sintió que había llegado. Tras su primer gran recorrido por París, el sujeto había decidido que el Pont des Arts sería el lugar donde debía hallarlo la noche. Justamente el Pont des Arts. "¿Encontraría a la Maga?", recitó. "Tantas veces me había bastado asomarme...". Recordaba pocas palabras del comienzo de Rayuela: “la luz de ceniza y olivo”, la “pinaza color borravino” (la primera vez que la leyó tuvo que recurrir al diccionario para hacerse una idea del color borravino), la silueta de la Maga deambulante o detenida, pero finalmente ausente. El Pont des Arts, el puente de la Maga —como lo dijo un día Madame Léonie—, un acogedor pasaje de madera sobre el río Sena, donde Oliveira llegó a cumplir, cuando era tarde, con una cita que no había sido acordada, fue el sitio elegido por ese hombre venido de muy lejos para pensar un poco en las impresiones recibidas durante su primer recorrido por París. El puente estaba de fiesta. En torno a una de las bancas que ocupaban la parte central, había baile y sonido de tambores. Parejas enamoradas y solitarios pensativos contemplaban el cuadro. El sujeto se recostó de lado en el pretil de hierro, a mirar el río y la vida del puente, a dejar pasar, inconsciente y abierto, una ruidosa multitud de sensaciones que sólo entendería con el tiempo: las pinazas de diversos colores, las Lucías y Horacios, Colettes y Bernards, ignorándose, huyéndose o buscándose. Apoyado en el pretil del Pon des Arts, el sujeto recordó una vieja conclusión: los instantes cargados de vida sólo pueden ser comprendidos con el tiempo. El instante pertenece a los sentidos. Cerró sus ojos y sintió la rotación vertiginosa de la tierra. Aspiró fuertemente para oler a París, ese pálido atardecer de tambores. “París huele a cielo”, se dijo y abrió nuevamente los ojos y vio al otro lado del puente, en la misma baranda, a la Maga volando en el cielo.
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¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su cintura delgada y acercarme a la Maga que sonreiría sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. (Rayuela, capítulo primero)
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Esa mañana, al llegar en el tren de Madrid, el sujeto había jugado con la idea de estar en el cielo. Después de despedirse en la estación de la familia árabe, de la maestra de escuela francesa, de la abuela española que estaba inconsolable porque había dejado a sus nietos en Madrid, el sujeto se supo solo y gratamente perdido. Pensó que lo primero sería comprar unos francos y un mapa, pero antes de cumplir esos rituales que terminarían de integrarlo al plasma humano de París, se dejó arrastrar unos minutos por el vértigo inicial, por ese estar mudo y perdido, eufórico, sereno y sin dolor, en una franja impredecible y recién conquistada de mundo.
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Y ahora la Maga volaba aferrada al pretil del Pont des Arts. Al final de ese día, después de haberse instalado en un hotel lo más cerca posible del cementerio de Montparnasse, después de visitar el cementerio, después de torres y arcos y Campos Elíseos, para agotar la novedad, el sujeto había terminado su ceremonia de llegada en el Pont des Arts. Ya entonces había comprendido que recorrer esa ciudad era un juego de reglas impredecibles, de impulsos inexplicables, en el que cada movimiento y cada pensamiento dibujaban el encuentro que la muerte hizo imposible en otro plano. Caminar, recordar lo leído, vivir, transitar por las calles muchas veces imaginadas, como en un juego de pistas para dar con un tesoro, doblando en las esquinas según los dictados del corazón, yendo al encuentro de sitios desconocidos y entrañables, así recorrería aquellos días las calles de París. Jugar a París era mirar los zapatos que tanto habían caminado en los últimos días, verlos seguir las huellas de los pies del gigante, y pensar que algún día serían un recuerdo borroso de un anciano que escarba entre cenizas en busca de objetos y episodios largamente olvidados. Jugar a París era, y fue durante todos esos días, recordar al viejo librero de la rue Verneuil, el cafecito de la rue des Lombards donde Madame Léonie predecía viajes y sorpresas en las líneas de la mano, mirar las ventanas de las habitaciones de la rue de la Tombe Issoire preguntándose en cuál había una postal Klee o Miró junto a una flor marchita y un espejo sucio, o atisbar a los clientes de los cafés de la rue du Cherche Midi creyendo volver a ver a la mujer del Pont des Arts en cada mujer parecida a ella, siempre con ese silencio ensordecedor, esa pausa filosa y cristalina que terminaba por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Jugar a París era entender que todo estaba tan bien escrito, tan sincronizado con los misterios de la vida, que habría alguien en Montparnasse para ayudarle a hallar la tumba de Cortázar, que visitaría a Aurora justo el 26 de agosto, que habría una Maga mirando el río en el Pont des Arts.
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La Maga tenía unas botas oscuras de tela que no despegaba del suelo a pesar de su danza. Miraba hacia el sol que se iba perdiendo más allá del río, detrás de una franja de bruma y viejos edificios. Miraba hacia el sol extasiada y bailaba, ondulaba su cuerpo menudo y traslúcido dentro de la tela que alejaba al aire de su desnudez. Caminó hacia ella unos pasos pero desvió su rumbo cuando estuvo cerca. Fue a sentarse en el suelo del puente, con la espalda apoyada en una maceta de flores, justo detrás de ella, donde era más traslúcida, donde era más intensa su danza con el sol. Por momentos, la danza se ajustaba al ritmo de los tambores que venían del otro extremo del puente. Por momentos, parecía seguir algún melodioso silabeo venido desde el sol. El hombre que venía de muy lejos se preguntó qué hacía ahí, sentado en el piso de madera de un puente de París, a dos metros de una imagen que lo desbordaba, atento a la belleza de esa danza. “Estoy aquí para cuidarla”, se dijo. “Está demasiado ausente y feliz y eso la hace vulnerable”. “La gente que cruza por el puente la mira con sorpresa. No pueden entender su plenitud. No debe ser usual ni aquí ni en ningún lado que alguien contemple el sol con tanta placidez, tan olvidado del mundo, meciéndose al ritmo de sonidos que nadie más escucha. Porque aún cuando los músicos del puente están callados ella danza, a un ritmo distinto, sobrenatural”. Algunos de los que se reúnen en torno a los músicos la miran intrigados, algunos con avidez. El sujeto concluye que debe formar una barrera que la proteja del mundo, así ella nunca se entere. Y, justo en medio de esa ceremonia inconcebible, con la danza eclipsando en su rostro el atardecer amarillo pálido, el sujeto volvió a decirse lo que se había dicho durante todo el día desde el momento en que bajó del tren en la Gare d’Austerlitz: “Estás en París”. Y recordó que, después de dejar el equipaje esa mañana en el hotel, había salido de inmediato a buscar una tumba en Montparnasse.
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Cuando se llega al cementerio de Montparnasse le dan ganas a uno de morirse. Es gris y tranquilo, vegetal y de piedra, una sosegada isla de silencio en la ciudad. Allí sí se descansa. Sus mausoleos le dan una elegancia anticuada y apacible. El vigilante de la entrada de la rue Edgar Quinet le había regalado un mapa para que señalara los muertos que buscaba. Otro mapa, más grande y detallado, pegado a la ventana de su oficina, tenía ubicadas las tumbas de los notables. El sujeto curioseó en busca de los muertos rescatables del lugar y fue anotando la ubicación de los más allegados y queridos: la de Vallejo (más tarde vería esa loza triste y herida por muchos aguaceros), la de Sartre (descansando a puerta cerrada con Simone de Beauvoir), la de Baudelaire (llena de flores, custodiada desde una tumba aledaña por un misterioso gato). Marcó con letra más grande la tumba de Cortázar y antes de alejarse le dio una mirada general al resto del mapa. Sufrió una alegría adicional al descubrir que en aquel sitio también estaba Barklay, pero al volver a mirar la avenida principal del cementerio la muerte se burló de su alegría. Treinta pasos más tarde el sujeto ya estaba perdido. Lo que era muy claro y directo en el mapa se volvía sinuoso y oscuro en la vida. Como muchas otras veces a lo largo de ese viaje, volvió a sentirse una criatura abandonada justo en medio de la nada. Disfrutó del vértigo. Pensó que llegaba tan tarde a la cita que tenía desde niño que ya no tenía prisa. El retraso era de casi quince años. Tardaría en hallar la glorieta y la tumba pero llegaría, y al llegar sentiría una satisfacción inútil, difusa, vacía. Entonces prestó atención a la voz insistente que venía desde las tumbas situadas a la derecha de la avenida principal. Era un hombre delgado, de casi cincuenta años que levantaba un brazo y lo llamaba. El sujeto tardó en entender que era a él a quien llamaban. Le costaba creer que con sólo un par de horas en París (no debía haber pasado más tiempo desde que bajó del tren y tomó el metro y llegó al hotel y salió corriendo hasta el cementerio) ya había gente llamándolo entre las tumbas de un cementerio. Pero era a él a quien llamaban. No había nadie más cerca y el hombre insistía con gestos y palabras. “Es a usted. Venga acá”. El idioma era un lento castellano que olía a mate. El tono era amigable y el apremio tranquilo. Mientras se acercaba, eludiendo sepulcros, el sujeto vio el cabello canoso y lacio del hombre. Su rostro, que parecía de una tristeza permanente, se había permitido una sonrisa que no alcanzaba a borrar por completo su desencanto. “Aquí está”, dijo el hombre cuando el sujeto estuvo cerca. “Cuesta trabajo encontrarla”. “¿Qué es esto?”, se preguntó el sujeto. “¿De dónde aparece este hombre que sabe lo que busco?” Pero no hubo tiempo para más preguntas. A sus cansados pies, una suave llanura de mármol tenía escrito el nombre que buscaba. Julio Cortázar (1914—1984) En una esquina de la llanura había un bosquecito humedecido por la lluvia, con una flor rosada y algunas hojas secas. “Mire”, dijo el hombre. “La gente le deja mensajes”. Sobre el mármol, al lado del bosquecito, debajo de tres piedras había unos papeles mojados. Mensajes amorosos de gente llegada hasta allí desde Chile, Guatemala o Venezuela, peregrinos que acudían a una cita no pactada y sin embargo ineludible. “Alguien escribió aquí la palabra cronopio”. El sujeto se alejó de la tumba y vio la letra roja y ciudadosa, ya un poco borrada. Imaginó el fervor y la cautela de quien escribió esa palabra, su pincel y su tarrito de pintura escondidos en su abrigo, la desolación y el éxtasis : la ce un poco indecisa, la erre temblorosa, el resto de las letras un poco más seguras. Al levantar nuevamente la mirada, vio por primera vez una luna blanca y sonriente al final de la llanura, elevada por círculos de mármol color noche. La luna de Luis, el escultor amigo de Cortázar que estuvo junto a él, con Aurora, hasta el final. Entonces el sujeto recordó ese ya lejano libro que escribió sobre Cortázar: al hablar del instante de su muerte, en el Hospital Saint Lazare, al construir esa escena en la que Aurora y Luis lo vieron alejarse después de que la enfermera parecida a la señorita Cora le aplicó una inyección, el sujeto había comprendido que el resto de su vida escribiría. “Aurora”, se dijo. “Debo encontrar a Aurora”. Sólo entonces reparó en el otro nombre que había en la llanura de mármol. Más allá del nombre de Cortázar, cerca de la luna, estaba Carol Dunlop —muertenauta que zarpó unos meses antes que él—, su amor final, su amor definitivo, su compañera en el último y más largo de los viajes. Aurora en cambio había sido el amor inicial, el de los primeros libros, el de los primeros saltos, el amor que le dio alas para dejar la Argentina a sus 37 años y conquistar el anhelado cielo de París. “París”, volvió a pensar, se volvió a ubicar, a decirse incrédulo estás aquí y el tiempo transcurre y la vida quizá no te alcance para saber y entender todo lo que vivas durante los días que pases aquí. Pensó que tenía que buscar a Aurora, tenía que recorrer todos los rincones de esa ciudad con la voz de Cortázar murmurando en su memoria. Tenía que ir al Pont des Arts, al Jardin de Plantes, al Parc Montsouriss a buscar el paraguas roto, a la rue de la Tombe Issoire, al Boul’Mich’. Tenía que abrir sus ojos aturdidos a los cuadros y esculturas de los museos, sentir una alegría perturbadora frente al escribano egipcio, una viejísima personificación de su tarea y su destino. Tenía. Pero recordó al hombre que estaba a su lado —recordó también que ese instante ya era un recuerdo de un hombre que custodiaba a un ángel en el Pont des Arts— y quiso saber qué cadena de hechos, qué causalidades, qué extrañas figuras habían convertido a ese hombre en su guía en los territorios de la muerte. “Llevo quince años en París”, dijo con su sonrisa insuficiente. “Hace mucho quería visitar la tumba de Cortázar y hoy que pasaba por aquí decidí entrar. En la puerta oí que usted preguntaba por él. Por eso lo llamé. Es una tumba difícil de encontrar, con el mapa uno se pierde”. El sujeto pensó que, como su sonrisa, su explicación también resultaba insuficiente, sospechosamente clara y razonable. “Si yo no hubiera venido hasta París, si a este hombre no le hubiera dado por entrar esta mañana gris de agosto al cementerio, si no hubiera preguntado por Cortázar —¿Pregunté?—, si el tren de Madrid se hubiera retrasado, si el metro, si el hotel...” Pero era inútil encontrarle explicaciones a las cosas que ocurrían, la vida se extinguía a cada instante y había que vivirla y aceptarla a manos llenas, con la remota esperanza de entenderle sus sentidos más profundos algún día.
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“Salomé”. Un hombre cincuentón, de barba entrecana, vestido todo de negro, venía caminando por el Pont des Arts. Un sol débil que le rasguñaba la mejilla terminó de traer al sujeto del recuerdo del cementerio (Recordó que ése también era un recuerdo de alguien que abrió los ojos a su último día en París). “Salomé”, volvió a decir con voz recia el hombre de negro mientras se acercaba. Sus movimientos, a pesar de los años, seguían siendo juveniles. El sujetó se entretuvo con el brillo que el sol pálido del final del verano hacía en sus pestañas entrecerradas, irisadas, embriagadas con el campanilleo de esa luz de tibieza casi imperceptible. Tardó en comprender que el eclipse de Maga había terminado, que donde antes había estado la mujer ahora estaba la gata color de ceniza y olivo —como el gato del cementerio— que el hombre de negro se agachó a acariciar. “Salomé. Tu est là, mon amour, et je n’ai lieu qu’en toi”. Al ponerse de pie con la gata entre los brazos, una sombra volvió a cubrir el rostro del sujeto recostado en la maceta. El hombre de negro lo miró, le sonrió y se alejó. El sujeto decidió regresar a la mañana azul clara de su último día en París, porque el tiempo transcurría, corría el riesgo de perder su desayuno y tenía un par de asuntos que debía resolver.
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Con dificultad, consiguió abrirse paso por entre la fatiga hasta llegar al baño. El rostro en el espejo tenía unas ojeras de ultratumba. Era lunes, esa tarde tomaría el tren que iba a Madrid. Pensó que al volver a su casa dormiría una semana. Humedeció su rostro con el agua del lavamanos, recordó que ya no era el que fue hasta hacía pocos días. La tarde anterior, en el Jardín de Luxemburgo, había sufrido algo que, con un poco de optimismo, habría podido llamar una revelación. Ese domingo había caminado poco. Tras un mes de caminatas demenciales sus piernas se habían negado a obedecerle y el sujeto optó por irse al museo George Pompidou a ver películas experimentales. En la tarde había hecho un esfuerzo sobrehumano para llegar hasta el Jardín de Luxemburgo y decidió sentarse frente a la glorieta principal a tratar de poner al día su diario de viaje, que tenía bastante descuidado. Allí, mientras se armaba de valor para ordenarle a su mano que escribiera, mojado por una llovizna intermitente y casi imperceptible, sintiendo que había alcanzado la cima de una inmensa montaña y que ya lo que seguía era regreso, sus ojos saturados de ver viajaron por el gris de aquella tarde y fueron a posarse en unas flores pequeñas y amarillas que parecían hablarle.
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Una tarde cruzando el Luxemburgo, vio una flor. — Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente era eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y el Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarle irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra... (Julio Cortázar, “Una flor amarilla”)
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¿Dónde ahora? Ligero como esa lluvia que no conseguía mojarlo, el sujeto se dejó invadir por el alivio de haber escrito sus certezas de ese instante. Al final de esa tarde de domingo, mimetizado en el fluir sereno del Jardin de Luxemburgo, había divisado verdades esenciales a través de las palabras que dejó caer en su diario de viaje. Vio, con una claridad inusitada, su soledad de criatura perdida entre miles de millones de criaturas. Supo, como si sólo en ese instante lo hubiera descubierto, que le bastaba una mano y le sobraban dedos para contar las personas en el mundo a las que de verdad su vida le importaba. Comprendió, viendo la efímera eternidad de las flores, que a esa precariedad sensible que era él le quedaba el consuelo de no ser sólo él. Y recordó que, aunque el ruido de sus obras lo esperaba al regresar, su verdadero territorio era el silencio: las palabras que se dan y se reciben en silencio. Estaba invadido por la dicha del presente, por el desapego del instante, cuando sintió que lo miraban. Frente a él, en la baranda de piedra que lo separaba de la glorieta, la gata dejó de mirarlo y siguió caminando sabiéndose mirada. “Salomé”, dijo el hombre con su voz arrugada. Esperó a que la gata lo alcanzara, acarició su lomo erizado —también ese día vestía de negro— y después de sonreírle al sujeto se volvió con la gata en sus brazos y empezó a alejarse. El sujeto se alegró de no sentir ya el impulso de encontrarle explicación a los hallazgos y encuentros que tenía. Ahora sabía que eran el alimento de su oficio de misterios. Antes de que la noche acabara de caer —antes de que los gendarmes llegaran con sus pitos y sus altavoces a desalojar a los visitantes del Jardín— decidió hacer una lista de episodios vividos desde la última vez que había escrito en su diario. Lo más importante, sin duda, había sido su encuentro del día anterior con Aurora Bernárdez.
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Ese sábado el sujeto despertó convencido de que lo único verdaderamente importante que tenía para hacer era buscar a la persona que podía hablarle de Cortázar como si estuviera vivo. Dar con ella fue fácil. Su nombre estaba en la guía de teléfonos y la voz del contestador, a pesar de no dar su nombre, era sin duda la de una mujer argentina, de cierta edad, pero vital. El sujeto dejó un mensaje en el contestador y decidió encaminarse a la dirección que indicaba la guía. Consultando en el mapa, no parecía lejos del hotel: era en la Place du general Beuret y si llegaba hasta allí caminando daría tiempo a que la mujer considerara su mensaje y accediera a recibirlo. “Vení, pero nada de entrevistas”, le dijo la mujer cuando volvió a llamarla desde un teléfono público al lado del edificio. El sujeto atravesó un pasillo en la planta baja y llegó hasta un patio grande con una casa de tres plantas al fondo. La mujer era menuda y elástica, los ojos azules y el rostro vivaz. Durante varias horas le habló de Cortázar con la familiaridad con que se habla de un pariente común: de la Argentina, de los primeros años que vivieron juntos en París, de la forma como las mujeres caían derretidas ante él (“estaba hecho con los ojos”), de sus últimos días de vida y de su muerte, de sus estremecedoras últimas palabras. Casi al final de la visita, recordaron en forma desprevenida la fecha de ese sábado y algo mudo y pesado vino a oprimirles el pecho. “Hoy es 26 de agosto”. “Hoy cumpliría ochenta y uno”. El sujeto pensó que estar allí, justo ese día, era como el final de un juego en el que —después de muchos años y rodeos— por fin podía encontrarse frente a frente con Cortázar. Sintió que lo abrazaba la sombra de unos brazos que venían de muy lejos. Antes de acompañarlo hasta la puerta, la mujer le obsequió un libro con los últimos poemas de Cortázar y le leyó un viejo verso de John Keats sobre la forma trivial, gris e inoportuna como nos despedimos de la vida.
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Aquella tarde de sábado caminó horas y horas buscando más pasos en las huellas. Pero el destino de esa larga caminata que pasó por Montsouriss y el Jardin des Plantes —donde no encontró axolotls, pero sí un camaleón—, era un lugar que sólo aparecía fugazmente en la obra de Cortázar: la Biblioteca de Arsenal. La Biblioteca era un edificio antiguo y de arquitectura pacífica. Estaba cerrado por el verano, o quizá porque era sábado. Tenía una amplia zona de grava al frente y una escultura de Rimbaud. Fue el último lugar que Cortázar visitó. Lo había dicho Aurora horas antes. Fue una mañana de invierno, pero el día —como el doce de febrero— estaba extrañamente soleado. Antes de llegar al Hospital Saint Lazare, Cortázar había pedido que se detuvieran un instante en la Biblioteca. Aurora y Luis estaban con él. Al poner un pie en el primer peldaño, comprendió que las fuerzas no le alcanzarían para llegar hasta arriba. Impotente, pidió a Aurora que subiera a mirar —que fuera sus ojos— y volviera a contarle cómo estaba ese lugar que lo había albergado tantas veces desde hacía más de treinta años. Aferrado al pasamanos, debió recordar la fidelidad obsesiva con que regresaba a ese remanso de libros, su otro hogar al llegar a París. Luego vino el natural distanciamiento. Ahora tenía la certeza final de que allí se quedaban muchísimos momentos que hacían que valiera la pena haber vivido. “Está igual de bonita”, había dicho Aurora al bajar. “Pequeña, acogedora”. Y en medio de un tráfico brumoso llegaron a la casilla final.
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Si no es que alguien te sueña o te imagina, tendrías que contar que llegó el día de marcharte de París y que las flores para Julio y para Barklay debían ser de un amarillo proverbial. Y anotar que finalmente caminaste por la acera que Oliveira recorrió al final de algo. Tú, con tus maceticas plásticas, bordeando el viejísimo muro exterior del cementerio, como un feliz subsidiario de la desgracia. Y él, Quinto Horacio Oliveira, leyendo distraído avisos publicitarios de brujas y quirománticas. Y agregar además que no preguntaste nada a nadie y que llegaste hasta la llanura blanca donde ese día ya no había papelitos con mensajes y que pusiste las flores pegadas al bosquecito y que viste la luna sonriente en el horizonte y que pasaste tus dedos por cada una de las letras de su nombre y que quisiste llorar pero faltaron razones. Y que antes de marcharte volviste a mirar esa tumba que mira las nubes que pasan —una blanca, una gorda, una larga— y que pensaste largamente, mirando esa flor que parecía saludarte, en aquellas palabras sin canto de ruiseñores: “Que me den un calmante”. Y que juraste no olvidar, mientras durara ese dolor que llaman vida, esa flor encendida, ese lago tranquilo, su luna de mármol, ese instante perdido en la vida de un hombre perdido en la vida de un mundo perdido en un amplio universo perdido

Julio se pasea por el Pont des Arts, Fernando Gaspar

Julio se pasea por el Pont des Arts, Fernando Gaspar